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viernes 6 de agosto de 2010
A-Zeta Revista
Garabateado por: María* 3 garabatos
jueves 19 de marzo de 2009
domingo 2 de noviembre de 2008
III
Banalidades cual enjambre de abejas
que vaga a mi alrededor. De nada sirve
mi cazamariposas: una gota de agua
tratando de sosegar mil llamas.
Y a pesar de todo, ¿qué es mi red?
Son sólo palabras, tal vez igual sinsentido.
Imposible acallar su zumbido al pasar.
Incesante revoloteo.
Hoy quemaría el mundo.
Garabateado por: María* 0 garabatos
Escribiendo:
ego
II
Imprime su alma en el papel, pienso,
mientras maldigo la estupidez que atardece
en mi entorno. Escucho conversaciones superfluas.
Hubiera preferido la pena de
muerte, el suicidio, un mendigo.
Hablen de eso. Direcciones de correo
de gente insulsa. Amigos, contactos:
plástico. O callen.
Versos que saben a carne fresca y sinceridad,
discursos que descolocan. Aquí he llegado,
¿cómo ha sido?
Garabateado por: María* 16 garabatos
Escribiendo:
ego
viernes 31 de octubre de 2008
I
Lo que había brillado hacía unos días,
desteñía mohína. Latón envejecido:
su mundo.
Sin embargo ella ardía,
era una canica en un montón de perlas.
Los colores marchitos deslizaban su vida.
Venían aires nuevos,
quién sabe si tal vez más fríos.
Garabateado por: María* 9 garabatos
Escribiendo:
ego
miércoles 29 de octubre de 2008
¿Qué queda?
Canción: Imogen Heap - Hide and Seek
Garabateado por: María* 20 garabatos
Escribiendo:
Reflexiones
jueves 9 de octubre de 2008
Insignificante
Denle al play...
Da igual lo bueno que hayas sido en vida, las muchas abuelitas a las que hayas ayudado con la compra o los céntimos que has dado al mendigo de la esquina, no te vas a librar, chaval. Así que piénsalo: puede que haya un más allá o que tan sólo esté el más aquí, pero indudablemente vas a caer en el olvido. Dudo incluso que, en un arrebato de protagonismo, lograras atraer la atención de este mundo frenético durante mucho tiempo. Pero cualquier intento será inútil. No tienes el poder de cambiar el curso de la historia. Ya no es época de Newtons, Hitlers y Jesucristos. (¿Sabes acaso quién inventó Internet?) Así que desiste, chaval, aférrate a la vida, si te place, pero ten en cuenta que una vez ella te deje ir, serás pasto del olvido.
Ayer dije digo, hoy digo Diego: aquí tienen un nuevo post.
Garabateado por: María* 15 garabatos
Escribiendo:
Imaginando
martes 7 de octubre de 2008
Disculpen las molestias...
Garabateado por: María* 8 garabatos
Escribiendo:
Miscelánea
lunes 22 de septiembre de 2008
Anónimos
Garabateado por: María* 7 garabatos
Escribiendo:
Miscelánea
jueves 4 de septiembre de 2008
Un reloj de bolsillo
Garabateado por: María* 13 garabatos
Escribiendo:
Reflexiones
jueves 31 de julio de 2008
En lugar de mil palabras (XIV)
Intentaré actualizar cuanto antes. Mientras tanto, les dejo unos días con esta canción (cortesía de naco). No hace falta que comenten nada. Sólo escuchen.
Garabateado por: María* 10 garabatos
Escribiendo:
En lugar de mil palabras
jueves 24 de julio de 2008
Primero primera
Pensándolo bien, vivo en un edificio bastante honesto, comparado con los que hay por ahí, en otros barrios, en la otra punta de la ciudad. Aquí no hay cortesía del tipo: "Bienvenido a la finca, te traigo estas galletas caseras". Esto no es Estados Unidos, y mucho menos Hollywood. Aquí nadie saluda a nadie, así que ya puedes contentarte con un gruñido si te cruzas con alguien en las escaleras. Y no, no hay ascensor.
Nuestro edificio un lugar done esperarías que sucediera cualquier cosa, donde se desmantelan negocios ilegales, se detienen asesinos en las novelas policíacas. Lo rutinario, lo que sale en los telediarios, pero muy lejos de tu casa. Un lugar por el que no desearías andar perdido solo una noche cualquiera. Te haces una idea, ¿no? Un edificio donde la mugre es una vecina más a la que gruñir cuando entras, donde las sombras son eternas porque sólo hay ventanucos estrechos y ennegrecidos. Ahí vivo yo.
No es que esté todo el día dándome la lata - mi vecina, digo -, ni que el volumen de su televisión o su aparato de música no me dejen dormir. No es que se queje de cualquier ruido que oiga, ni que me robe el correo. No trata de hacerme la vida imposible, ni de echarme del bloque. No, más bien al contrario.
Lo que hace esta mujer es dejarme notitas anónimas en el buzón, papel perfumado de color de rosa: Te quiero. Y cree que no sé quién es. Te deseo. Está obsesionada conmigo. Tu admiradora secreta que está locamente enamorada. Y no es un secreto. La señora del primero segunda sueña conmigo todas las noches.
Tampoco creáis que es cansina, al menos no al principio. Escribe una o dos notas al mes, y llama a casa un par de veces a casa. Llama, oye mi "¿diga?", y cuelga. A eso se resume su nivel de actuación, así que tampoco podría molestarme. Pero lo hace.
Por eso es más fácil no tener como meta la felicidad. Y yo lo he sustituido: No quiero ser feliz. Al contrario, cuánto más jodido, mejor. No quiero un trabajo, no quiero amigos, quiero estar enamorado y que no me correspondan. Quiero estar deprimido, sentirme un deshecho humano. Para poder quejarme, para odiar a todos y para irme al otro barrio.
Y han pasado las semanas tediosas. Hace ya unas tres semanas que no recibo una de las cartas perfumadas. Hace mucho tiempo que debería haber recibido una llamada, una señal de vida de mi vecina, diciéndome que todavía me quiere. Pero no. Se habrá olvidado, me digo. Sigue queriéndome, sí, seguro. Y vino a por huevos, aunque no tenía.
Garabateado por: María* 19 garabatos
Escribiendo:
Imaginando
viernes 18 de julio de 2008
Mundo absurdo
Garabateado por: María* 9 garabatos
Escribiendo:
Crítica
miércoles 9 de julio de 2008
El reino del Tonto del Haba
- ¿Eh?
- Que sí. ¿No lo ves? En todos sitios: la televisión, el gobierno…la gente en general.
- No sé a qué te refieres...
- A ver, hoy en día, la estupidez se ondea como estandarte. Odio esta forma de actuar de todo el mundo, su egoísmo y el eterno capitalismo. Deberíamos hacer algo, ¿no crees? Luchar contra este sistema que se está imponiendo. Sería lo mejor. Deberíamos pelear, en lugar de resignarnos. Al menos nos sentiríamos útiles.
- Yo no me siento inútil. Para nada.
- Deberías. Ves que todo se va al carajo y no haces nada.
- Hombre, tampoco se va al carajo… Simplemente cambia de forma, la moral y la ética… Los valores cambian. Es normal.
- ¿Pero es que no te importa que la dignidad, el respeto, la sabiduría estén perdiendo valor?
- Todo eso son conceptos vacíos.
- No entiendes nada.
-Sí, sí que entiendo. Eres un idealista. Entiendo tu forma de verlo pero no hay nada que hacer. ¿Qué pretendes? ¿Cómo vas a imponer eso que crees perdido? ¿Vas a volverte un anarquista y volar un edificio de alguna multinacional?
- Podría hacerlo…
- ¡No digas bobadas! Eso no serviría de nada.
- Claro, yo digo bobadas... Pero tu excusa ante esta situación es que no puedes hacer nada para solventarlo.
- Exacto. Tú lo has dicho. No puedo hacer nada. Y prefiero vivir sin atormentarme por algo que yo no puedo solucionar.
- Sabes que no es cierto.
- Mira, yo tengo mi trabajo, contribuyo a la sociedad pagando mis impuestos, ejerzo mis derechos y obligaciones. A partir de ahí, lo demás me resbala.
- Pero no puede darte todo igual… No puedes simplemente evadirte. ¿No ves que…?
- ¿Que qué?
- …¿que si esto se va a la mierda, tú también te hundirás en ella?
- Entonces nadie podrá hacer nada para evitarlo. Y tú tampoco.
Garabateado por: María* 18 garabatos
Escribiendo:
Crítica
lunes 7 de julio de 2008
En lugar de mil palabras (XIII)
Versión original
En español
Garabateado por: María* 10 garabatos
Escribiendo:
En lugar de mil palabras
jueves 26 de junio de 2008
Carta de un libro cualquiera
Los que escribís (no, no todos sois escritores) os limitáis a decir lo que dijeron otros antes pero cambiando las palabras de forma que parezca algo nuevo (también hay algunos que incluso lo decís de la misma forma). Pero lejos de avergonzaros, muchos sois los que queréis tener este oficio, aunque sepáis que no aportaréis nada nuevo al mundo. ¡Es esa voluntad que os nace del egoísmo! Os enorgullece ver vuestro nombre escrito en la portada de alguno de nosotros, por poco talento que hayáis derramado sobre él. Ansiáis que algún lector se tome el tiempo de sumergirse en vuestras palabras y escuche aquello que ansiáis decir.
Aunque lo que queréis en realidad es dejar rastro de vuestra existencia en algo que probablemente sea más longevo: Nosotros. Afirmáis que necesitáis escribir, pero con eso no nos lleváis al equívoco, sabemos que deseáis que se os escuche, sin importar qué o cómo lo digáis. Anheláis que el universo se centre por un mísero instante en un ser ínfimo que tan sólo es más egoísta que los demás. Que tan sólo quiere que admiren su destreza. Pero de lo que no os dais cuenta es que sin nosotros no vivís. Nosotros somos las estrellas de este pequeño cabaret y vosotros tan sólo el que abre y cierra el telón. Nosotros somos quienes os hacemos grandes, o quienes os arruinan esa fama efímera. Somos quienes manejamos los hilos de vuestra carrera y vuestro futuro. Los que atesoraremos vuestras sucias palabras cuando vosotros ya no estéis aquí para ensanchar vuestro ego al releerlas. Estamos hartos de que inundéis con vuestro discurso estúpido nuestras páginas y que creáis que, al deslumbrar al lector, nos embaucáis a nosotros. Sabemos bien que nuestra tarea es convivir con esa verborrea insulsa en nuestro interior y cargar con él sabiendo que en lugar de Virgilio o Quevedo, llevamos a un aprendiz que se creyó maestro. No, por mucho que lo creáis, a nosotros no nos engañáis.
Un libro cualquiera de un autor cualquiera
Garabateado por: María* 17 garabatos
Escribiendo:
Imaginando
lunes 23 de junio de 2008
Esclavos
Me acerqué allí y traté de ojear qué se cocía dentro. Me asomé por una de las grandes arcadas, lejos de las puertas que custodiaban los soldados. Apenas veía la acción, pero podía oler el olor de la sangre derramada sobre la arena y oía el rugir de las fieras, cuando el clamor popular cesaba y todos contenían el aliento.
Tras el solemne saludo Ave Hadrianus, el metálico silbido de las armas al desenvainar. En las primeras filas, los senadores repartían su atención entre el espectáculo y cualquier gesto del emperador Adriano. A éste no podía verlo desde aquel hueco y tan sólo podía contemplar cómo un senador estaba siempre vuelto hacia su izquierda, dando la espalda a otro pobre que trataba también de colmar de gracia al susodicho. Más arriba, la clase alta de la ciudad se agrupaba soberbio y triunfante. Las mujeres, ataviadas con sus mejores galas, agarraban el brazo del hombre que tenían a su lado, exagerando el gesto. Éstos, a su vez, contenían la emoción del espectáculo, mostrándose impasibles y capaces.
Cogí el fardo y me dispuse a continuar mi camino cuando un anciano mendigo se interpuso en mi camino.
- No te compadezcas, esclavo. La vida es una lucha contínua para todos. - dijo mirando hacia el lugar donde se celebraban los juegos.
- No para todo el mundo igual.
- No hay camino fácil de la tierra a las estrellas. Los gladiadores son héroes para el pueblo... ¿Recién llegado a Roma, esclavo? - dijo con desdén. Como única respuesta obtuvo un parpadeo. - Aún así, esclavo, eso que ves no es lo que era. Cuando era joven, se celebraban los juegos durante decenas de días. Los de Trajano duraron cien días.
Debí abrir los ojos de tal manera que esbozó media sonrisa, sabiendo que había conseguido mi atención, y dijo:
- Yo fui gladiador. - dijo con orgullo, y mis ojos aún se abrieron más - Pero el éxito es efímero, ya me ves. A uno la vida le parece corta cuando es afortunado y larga cuando no lo es...
- ¿Era un esclavo?
- Lo fui. En Roma hay oportunidades para todos. Si eres listo, sabrás buscarte la tuya, esclavo.
Ante mi gesto incrédulo, concluyó:
Garabateado por: María* 15 garabatos
Escribiendo:
Imaginando
martes 10 de junio de 2008
En lugar de mil palabras (XII)

Garabateado por: María* 19 garabatos
Escribiendo:
En lugar de mil palabras
lunes 2 de junio de 2008
Nueva casa
Garabateado por: María* 14 garabatos
Escribiendo:
Imaginando
martes 20 de mayo de 2008
Navegando
Garabateado por: María* 25 garabatos
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Reflexiones
sábado 17 de mayo de 2008
En rojo
El Azar, gran dios de los que no creen en el destino, le abordó caprichoso aquella mañana. Desafiándola la miraba. ¿Serás capaz de burlarme? Nadie lo es y lo sabes. Contuvo el aliento y él entornó a su vez los ojos. Y entonces, ella echó a correr. Iba a conseguir burlarlo, nada iba a detenerla, se dijo. Pero escabulléndose sólo encontró la senda de la que pretendía huir. Aquello no era un teatro y en su escena tragicómica no podía simplemente esconderse entre bambalinas. Sabía qué camino debía tomar pero no quería hacerlo, y tenía sus motivos, fuesen cuales fueran; a pesar de que retrasarlo no iba a cambiar su destino, o azar, llámalo como quieras que al final todo se resume en formas de verlo.Era tan sólo un cruce en el que ella se había detenido. Con el pelo agitado y el pulso acelerado, miraba fijamente el semáforo en rojo. Que estuviese en rojo no quería decir que la luz verde no fuese a aparecer. Ella lo sabía. En aquella fracción de segundo en que ambas luces estaban apagadas, lo comprendió. Comprendió cuál era su propósito y por qué debía bajar de aquella acera y simplemente avanzar. Todo cambiaba en aquel instante, no se sabía por qué ni cómo, pero ya no trataba de huir, se sabía incapaz. Ella no había tenido la misma suerte que Medea, y ningún dios iba a bajar a ayudarla. Pesarosa, sabiendo que los deus ex machina no sucedían en el teatro de la vida real, cruzó la calle y, como una heroina de las tragedias griegas, aceptó su destino.
Garabateado por: María* 10 garabatos
Escribiendo:
Reflexiones
martes 13 de mayo de 2008
Viernes Santo
Mi padre era un asesino común, que no seguía ningún tipo de ritual, ni tenía un estilo personal. Tampoco se creía artífice de un juego que la policía debía descifrar, ni inspiraba esa admiración oculta que provocan algunos maestros del rebuscado arte de la aniquilación. Tan sólo mataba. De una forma tosca y ruda, sin la destreza de un carnicero o la minuciosidad de un ajedrecista.
Aunque jamás indeciso, era vulgar en el planteamiento y torpe en la ejecución.
No sé muy bien qué fue lo que le llevó a empuñar un cuchillo, ni quién fue su primera víctima. Fue precisamente su instinto animal lo que lo condenó, pues nunca se molestó en encubrirse. Sospecho que nunca le importó lo más mínimo. Incluso el día que lo detuvieron no se mostró contrariado ni sorprendido. Se dejó maniatar resignadamente y desfiló delante de mí por última vez, con la mirada perdida en algún mundo lejano que tan sólo él conocía.
Su vida era completamente normal, salpicada por algunas muertes, pero monótona y aburrida como todas. Era jardinero y acudía a una de las mansiones del Barrio Grande. Era aquella una casa de jardines regios, con altos cipreses y rosales, que mi padre cuidaba con la desmesurada atención de quien disfruta de su oficio.
No destacaba tampoco por su agresividad, más bien era un enclenque silencioso y sin carácter que dejaba pasar la vida sin más sobresaltos que los estrictamente necesarios. No era maniático, ni tenía ninguna extraña afición. Tampoco leía demasiado y, si lo hacía, solía recurrir a banales novelas de segunda.
Aún así, todos sospechaban de él. Había habido dos asesinatos – la quiosquera Jacinta y, poco tiempo después, Luis, hijo del cartero – y, como en todos los pueblos, se sabía de su culpabilidad, a pesar de no tener con qué justificarla. Se hablaba de ello constantemente en cada esquina y en cada rincón. Mi padre siempre fue alguien distante, por lo que siguió con su vida, podando cipreses, regando gardenias y matando a alguien de vez en cuando. Mi madre lo sobrellevaba con tanta dignidad como su vergüenza le permitía. Yo todavía no era plenamente consciente de ello, pues poco me importaban los cuchicheos y las risotadas al fresco de la noche, cuando las señoras sacaban sus sillas a la acera.
Se lo llevaron apenas unos días después del Viernes Santo de hace quince años, tras la muerte del señor Blas. Mi padre nunca nos acompañaba a la iglesia; su ateísmo era prácticamente una obligación, dadas las circunstancias. Volvíamos de misa y, tal y como mandaba la tradición, madre lucía velo negro. Mientras regresábamos, yo iba recordando el sermón del párroco. En él, el cura había descrito la agonía de Jesucristo y su crucifixión detalladamente. Me fascinaba aquel fragmento de las Escrituras y era aquel el único día que acudía a la iglesia sin el mal gesto que acostumbraba.
Vivíamos en un edificio destartalado de dos pisos que ocupaba un triste rincón de una plaza en las afueras. Se alzaba cansado de soportar los años, amenazando con no resistir los años que se reflejaban en cada grieta. Parecía haber estado allí mucho antes que la propia iglesia del pueblo.
En el piso de abajo, vivía un anciano viudo, el señor Blas, que no había salido de casa desde que murió su mujer. Los sábados, madre me obligaba a bajarle un plato de lentejas que preparaba de más para él. Me asqueaba tener que llevárselo pues entreabría la puerta, cogía el plato y dejaba escapar, con el esfuerzo de quien no suele hablar, un gracias que removía mis entrañas. El señor Blas era tan sólo una sombra que había ido disminuyendo con los años con la misma rapidez con la que crecía yo. Al abrir la puerta, el ambiente se oscurecía y el hedor me producía náuseas.
Subíamos madre y yo las escaleras en silencio, y seguía yo pensando en el sermón cuando, al llegar al rellano de su casa, tropecé con el primero de los escalones que llevaban a nuestro piso.
- Madre, ¿ha visto qué sale de la puerta del señor Blas?
Giró la cabeza y contempló, como había hecho yo, cómo la sangre iba empapando el rellano del primer piso, deslizante y viscosa. Su rostro se descompuso.
- Hijo, vamos.
- ¿Y qué hay de la sangre que…?
- Yo no he visto nada. – dijo tajante mientras subía atropellada las escaleras.
Se apresuró por meter la llave en la cerradura de casa, me hizo entrar y una vez cerró la puerta tras de sí, respiró hondo tratando de controlar la tensión.
- Vete a hacer tus tareas.
- Pero yo no…
- He dicho que vayas.
- Madre… ¿cree que al infierno van todos los que matan?
Fue aquella una de las muchas preguntas a las que mi madre nunca dio respuesta. Fue también el último día que volvimos a la iglesia.
Se rumoreaba más que nunca que había un asesino en el pueblo, y todo apuntaba a que era mi padre quien lo había matado pues, parecía obvio, que él era quien más facilidad tenía para acceder a casa del señor Blas. Mi padre hacía caso omiso del asunto y aquel tipo blandengue y callado seguía regando las plantas de casa con la misma parsimonia que de costumbre. Desde su detención, mi padre se desvaneció de mi vida.
Mi madre siempre dice con orgullo que yo soy un hombre de oficio, que soy carnicero. Pero sé, que en ese mismo instante, una punzada de temor le invade. Teme que pueda llegar a ser como era mi padre, y no la culpo. Aunque sé, que lo que verdaderamente le aterra es ser objeto de chisme. Otra vez.
Empleo todos mis esfuerzos y mi tiempo en reprimir mis impulsos. Adoro seccionar un costillar de cordero, o cercenar una pierna de cerdo, y ver la sangre resbalar lentamente por entre mis dedos hasta que forma una pequeña mancha en el puño de mi jersey. Trabajando es el único lugar donde encuentro una tranquilidad feroz y absoluta, mientras la ira cual yugo que llevo al cuello se afloja con cada golpe que da el cuchillo contra la carne inerte. Cada día trabajo más, el afán de rebanar me sosiega y salir de allí sólo me causa una cólera que puedo contener unas horas hasta que vuelvo feliz a reencontrarme con el olor a sangre y la carne animal.
La cuaresma es la época del año más tensa, especialmente al acercarse la Semana Santa. La carnicería está más vacía que nunca, y me paseo de un lado a otro, como animal enjaulado, sin trozos de carne que convertir en filetes. Hay días, como hoy, en los que creo que no seré capaz de controlarme y, cual bestia hambrienta, me lanzaré a la calle, con sed de venganza.
Y entonces, recuerdo. Recuerdo la sangre del señor Blas resbalando por el rellano del primer piso y también la estampa que había detrás de aquella puerta. El pobre anciano balbuceando estúpidas palabras sin sentido. Y aquel plato de lentejas, el último, el que no probó, esperando a su lado. Aquel día no hubo el aterrador gracias de rigor. Serás como tu padre. Y la cólera me obcecó.
Mato el tiempo como puedo. Mañana es Viernes Santo y la carne está prohibida. No sé si podré resistir la tentación.
Garabateado por: María* 12 garabatos
Escribiendo:
Imaginando
domingo 4 de mayo de 2008
Azul, verde y gris
Garabateado por: María* 12 garabatos
Escribiendo:
Imaginando
domingo 20 de abril de 2008
¡Hasta luego!
Garabateado por: María* 5 garabatos
Escribiendo:
Miscelánea
miércoles 26 de marzo de 2008
Marrakech
Cascadas de Ouzud
Garabateado por: María* 8 garabatos
Escribiendo:
En lugar de mil palabras
martes 26 de febrero de 2008
De poesía y latín
su cabellera; cambia
de modos la tierra y los ríos decrecen corriendo de nuevo
por los cauces de siempre;
la Gracia y las Ninfas, hermanas gemelas, desnudas se atreven
a dirigir sus coros.
'No esperes nada inmortal' aconsejan el año y las horas
que al nuevo día raptan.
Expulsan el frío los Zéfiros*; la primavera al verano
cede, que, por su parte,
morirá al traer su fruto el pomífero otoño; y al punto la inerte
bruma vendrá. Pero ágil
repara la luna en el cielo sus menguas; nosotros, en cambio
allí una vez caídos
donde Eneas** el padre se encuentra con Tulo el dichoso y con Anco,
polvo y sombra ya somos.
¿Quién sabe si van a agregar un mañana a la edad transcurrida
los dioses de allá arriba? "
Garabateado por: María* 6 garabatos
Escribiendo:
Literatura
sábado 16 de febrero de 2008
"Mientras hablamos, el tiempo celoso huyó. Ves la vida escondido tras el reflejo de cristal del enésimo trago, manchado del poso de ayer. Hueles a humo y a fracaso; y crees enterrar tus penas tras la desgana de la indiferencia. Arrastras tus pies por la vida, cabeza gacha y rostro marchito, dejando escapar de entre tus dedos las sonrisas y el gesto amigo.
Captura el día, que dicen, atrapa las riendas del desbocado caballo que robó tu vida. Porque, tal vez mañana, se apague el sol.
______________________
Versión del tópico Carpe diem de Horacio
Garabateado por: María* 6 garabatos
Escribiendo:
Imaginando
jueves 7 de febrero de 2008
Sola conmigo misma
Garabateado por: María* 10 garabatos
Escribiendo:
En lugar de mil palabras
martes 22 de enero de 2008
Soga
Quizás, la diferencia con cualquier otro niño empezó más tarde. Hasta hace poco no me di cuenta de lo que realmente me afectaba esa faceta un tanto extraña de mi padre. Cuando lo encerraron, mi padre se desvaneció de mi vida y nunca eché de menos a aquel tipo blandengue que regaba las plantas de casa con tanta parsimonia. De hecho, creía que lo de asesino lo decía mi madre para redecorar su aburrida vida.
Empecé a hablar más de mi padre al ver el efecto que hacía en mis amigos. Vi que les infundía respeto, incluso miedo, y aquello me gustó. Hasta que se enteraron sus madres y el profesor me impidió volver a aquel colegio porque, según él, yo era un niño problemático.
Ahora me he dado cuenta cuán jodido es que todo el mundo sepa de tu padre. Sé que mi futuro estará estrechamente ligado a aquel hecho. No porque lo esté para mí, sino porque la gente no olvida algo así. Pongamos que logro ser un escritorzucho de medio pelo de novelitas de terror. ¿Qué diría la gente? Que me vi influenciado por la doble vida de mi padre. Si fuese de novelas de amor, que vivir en un entorno tan hostil desarrolló mi lado más sensible. Imagínense qué deben decir de mi verdadero oficio.
En realidad, aquel hecho no condicionó mi vida porque yo no fui consciente. Pero ahora sí, ahora me ahoga como si fuese una soga que va, poco a poco, amoratando mi cuello y restringiéndome las bocanadas de aire. Sé que creerán que me siento culpable, o que fui víctima de aquello. Me compadecerán o me culparán, y será el fin. Mis manos tratarán de cortar la soga, manchando de sangre todo lo que me rodea.
Garabateado por: María* 9 garabatos
Escribiendo:
Imaginando
domingo 13 de enero de 2008
¡Viva México!
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Garabateado por: María* 7 garabatos
Escribiendo:
En lugar de mil palabras
jueves 20 de diciembre de 2007
7 deseos
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Mi regalo de Navidad: Maestro de Hans Zimmer
Garabateado por: María* 15 garabatos
Escribiendo:
Miscelánea
miércoles 12 de diciembre de 2007
En lugar de mil palabras (VII)
Garabateado por: María* 15 garabatos
Escribiendo:
En lugar de mil palabras
lunes 10 de diciembre de 2007
Clase de lengua
Garabateado por: María* 4 garabatos
Escribiendo:
Saco de retales
martes 4 de diciembre de 2007
La leyenda de Carlota
Carlota era la única que danzaba por aquellos parajes a sus anchas. Fuese cual fuese la época del año, vagaba entre los árboles. Hacía muñecos de nieve alrededor de su casa y se tiraba en trineo ladera abajo; llenaba de flores silvestres todos los jarrones de su casa; saltaba charcos con sus botas de agua o acudía alborozada a mojarse los pies en alguno de los arroyos que ella conocía tan bien.
Un día de finales de verano, se estiró en una roca lisa que se encontraba bajo un claro. Carlota, con los ojos cerrados, oía el ruido del agua del riachuelo deslizarse montaña abajo mientras sentía los rayos de sol en su piel. No se sabe muy bien cuánto tiempo debió pasar en aquella posición pero, cuando abrió los ojos, ya había bajado el sol y pudo ver, descendiendo lentamente hacia ella leves motas doradas. Se frotó los ojos y parpadeó, luego volvió a mirar. Aquellas motas, ahora más cerca, eran pequeñas mariposas. Cuando las tuvo prácticamente ante ella, pudo comprobar que tenían silueta humana, además de alas. La boca de Carlota fue entreabriéndose mientras revoloteaban a su alrededor, dejando un rastro brillante tras de sí. Aquel día, todo Urús supo de la historia de Carlota y el Monte de las Hadas.
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Garabateado por: María* 11 garabatos
Escribiendo:
Imaginando
jueves 29 de noviembre de 2007
Negro con pintas rojas
Garabateado por: María* 8 garabatos
Escribiendo:
Imaginando
domingo 18 de noviembre de 2007
Nunca jamás

- ¿Y qué hay allí?
- De todo, Naeem.
- ¿Hay jirafas?
- Sí. Todos los animales que puedas imaginar.
- ¿Y camellos como aquí?
- Supongo...
- ¿Y niños?
- Pues claro.
- ¿Como yo?
- Bueno... Serán casi igual que tú pero hablarán sólo en francés.
- Bah, yo hablo francés... ¿Y qué haremos allí?
- Pues viviremos en una casa grande y bonita. Y papá tendrá un buen trabajo.
- ¿Y yo qué haré?
- Tú irás a una escuela preciosa, donde te enseñarán a leer y a escribir, y también matemáticas.
- ¿Tú sabes leer y escribir?
- No, hijo no.
- Pues cuando aprenda yo, te enseñaré. Te enseñaré a leer y a escribir, ¿vale?
- Sí, todo será distinto en Europa.
- ¿Y cómo iremos?
- Pues en barco. Es muy caro viajar a Europa, seguro que son unos barcos grandes y lujosos.
- ¿Y está muy lejos?
- No, ¡qué va! Papá ha hablado con unos señores y dicen que tardaremos sólo un día. Hemos estado ahorrando mucho tiempo, ya lo sabes Naeem.
- ¿Está más lejos que Kife?
- Sí, claro, pero Kife está muy cerca. Si es donde vive la abuela.
- ¿Y ella vendrá?
- ¿La abuela? No... Ella es mayor para viajar y... Y no teníamos dinero para que viniese. Cuando yo tenga un taller, nos traeremos a la abuela, ¿te parece bien?
- Sí, pero... Mamá, el tío de Keon fue a Eur...Euro...
- Europa.
- Sí, el tío de Keon fue también y Keon dice que no saben nada de él. Y se fue hace muchos, muchos días.
- Naeem, tú sabes que aquí en Kaédi también hay ricos. Muchos ricos que antes eran pobres se olvidan de los demás como él. Seguro que al tío de Keon le pasó lo mismo.
- A nosotros no nos pasará, ¿verdad mamá? Nosotros no podríamos olvidarnos de la abuela. ¿A que no?
- ¡Claro que no!
- ¿Tienes miedo, mamá?
- No, Naeem, no. Europa es un lugar donde seremos felices. No hay injusticias, ni pobres. Es un pueblo donde todo el mundo puede trabajar y ganar dinero sin importar su tribu. Tendremos una casa y todo lo que puedas imaginar.
- Vale, mamá, ahora ya sí que quiero ir. Lo pasaremos muy bien en Europa, ¿verdad, mamá?
Garabateado por: María* 8 garabatos
Escribiendo:
Imaginando
viernes 9 de noviembre de 2007
Verde desesperanza
Hacía años que esperaba que llegara su oportunidad, esa que dicen que viene en un tren, a toda velocidad, para llevarte a través de la niebla, más allá de las nubes. Ya te tocará algún día; le decían la mayoría como por inercia, suponiendo que era aquello lo que debían decir. Entre humo, alcohol y la medianoche en algún tugurio, era donde conseguía algunos resquicios de sinceridad. Era la sinceridad de los perdedores, de los que sabían qué era esa mentira de ganarte la suerte, a los que estaban abonados los de siempre. Garabateado por: María* 9 garabatos
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Reflexiones
domingo 4 de noviembre de 2007
Pide un deseo
Cierra los ojos. Ciérralos, venga, venga. No los abras, que te veo, mamá. Así... ¡Te he dicho que no los abras! Si no te los cierro yo, ¿eh, mamá? Ahora desea algo con todas tus fuerzas. Pide un deseo. Y no me digas qué has deseado, ¡no se puede decir! ¡que sino no se cumple! Sopla, sopla, ahora. Yo te ayudo a soplarlas, mamá. Yo te ayudo. Puedo, ¿verdad? ¿Puedo? ¿Puedo? El deseo se cumplirá igual, ¿no? Es que yo quiero soplarlas... Por favor....Garabateado por: María* 9 garabatos
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Imaginando
lunes 29 de octubre de 2007
En lugar de mil palabras (VI)
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En lugar de mil palabras
viernes 26 de octubre de 2007
Cual montaña rusa
Se está desconchando. Poco a poco va oxidándose todo que, por otra parte, nunca llegó a funcionar. Porque cada vez hay más socavones. Como ya ha pasado otras veces, se está desplomando. Y quizás sólo nos demos cuenta cuando miramos el telediario. Y puede que esto sea el principio del fin, como una montaña rusa que se detiene segundos antes de caer en picado. Y para colmo, no queremos votar. Porque es obvio, unos son malos y los otros, peores. Y para eso se nos pone Ciudadanía. Y, ¿qué hacemos? Porque quedarnos sentados y abstenernos de votar no creo que sea la solución. Dicen que somos una juventud que no tiene nada por lo que luchar. Eso dicen; pero yo discrepo.
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Crítica
jueves 18 de octubre de 2007
Angola
Puse el pie en el peldaño de la escalera, contuve el aire y salí. Ya estaba allí y no había vuelta atrás. Todo lo que me rodeaba era de un verde que jamás había contemplado, el de los bosques frondosos del África subsahariana. La hélice de la avioneta cesó y mi pulso se aceleró. Al caminar, la cámara golpeaba contra mi barriga. Tal como me dijeron, no me sentía capaz. Yo no había tenido la muerte frente a frente, nunca había visto morir a nadie y si se cruzaba en mi camino, ahora debería fotografiarla.
A las afueras de un poblado, sentado en el suelo árido jugaba un niño con dos piedras, babeando y metiéndoselas en la boca. Su piel oscura brillaba con el sol. Hice una fotografía a aquel niño que jugaba, ajeno a todo lo que pasaba su familia, su país. Nunca había visto aquello de una forma tan cercana y ahora me parecía irreal. Por fin había conseguido mi sueño: que me destinaran para cubrir las noticias de un lugar como aquel para denunciar todo lo que hacía a mi país desarrollado y a África miserable.
Mientras tanto, la madre del niño pedía algo de comer a unos periodistas que iban conmigo y que, a diferencia de mí, ya habían manchado de sangre y polvo el objetivo de su cámara. Le dieron algo de lo que llevaban encima para evitar que siguiese contándoles su historia. Huía de su marido para que su hijo no tuviese tan mala vida como la que le había tocado vivir a ella.
Pensándolo bien, aquel niño tenía suerte, estaba vivo y tenía familia, una madre que lo dejaba todo por su hijo. Con suerte aprendería a leer y tendría, en el futuro, algún oficio. Se casaría joven y tendría hijos que se parecerían a él. Ya no viviría tanto sufrimiento porque la guerra había terminado. Aquello me hizo sonreír. Al menos aquel niño podría tener momentos felices. Hice otra fotografía de la madre cogiendo en brazos al niño y mirándome. Lo enrolló contra sí con una tela y se marchó caminando. Los vi alejarse, recortándose su pequeña silueta en la lejanía. Sonreí y cerré los ojos para sentir el aire caliente en su piel, el olor áspero de Angola.
Al abrir los ojos, el humo cubría el lugar que segundos antes ocupaban aquellas dos personas. La explosión me había cogido desprevenida y tardé unos segundos en reaccionar. Cuando me di cuenta, los periodistas que habían dado de comer a la madre, con sus cámaras, la fotografiaban llorando mientras sangraba, sin soltar a su niño inmóvil.
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