jueves 19 de marzo de 2009


(4 de mayo 2006 - 2 de noviembre de 2008)

domingo 2 de noviembre de 2008

II

Imprime su alma en el papel, pienso,
mientras maldigo la estupidez que atardece
en mi entorno. Escucho conversaciones superfluas.
Hubiera preferido la pena de
muerte, el suicidio, un mendigo.
Hablen de eso. Direcciones de correo
de gente insulsa. Amigos, contactos:
plástico. O callen.
Versos que saben a carne fresca y sinceridad,
discursos que descolocan. Aquí he llegado,
¿cómo ha sido?

viernes 31 de octubre de 2008

I

Lo que había brillado hacía unos días,
desteñía mohína. Latón envejecido:
su mundo.
Sin embargo ella ardía,
era una canica en un montón de perlas.
Los colores marchitos deslizaban su vida.
Venían aires nuevos,
quién sabe si tal vez más fríos.

miércoles 29 de octubre de 2008

¿Qué queda?



- Supon por un instante que no existe dios, que nada de lo que te contaron es cierto. Supon incluso que es un cuento que quisimos creer hace mucho tiempo, cuando la hambruna consumía nuestras almas. Supon que jamás existió institución que abanderando nuestra salvación se hiciera con el poder. Que nunca se luchó con una cruz en el pecho. Supon que nadie se escudara ya en la fe, que aceptaran su sino y no creyesen en un mañana después de la muerte. Supon que en lugar de creer en el paraíso, creyeran en la vida, en lo que existe, lo tangible, lo real. Supon que la gente se aceptara y se supiera como persona finita. Eh, ¿qué opinas? ¿qué mundo nos queda?

- No sería mucho mejor... Sería el mismo jodido mundo de siempre: guerras, asesinatos y abusos, ignorancia, injusticia y ambición, sensacionalismo, incultura y violaciones.
- Dime pues, ¿de qué sirve entonces la religión?



Canción: Imogen Heap - Hide and Seek

jueves 9 de octubre de 2008

Insignificante

"Polvo somos y en polvo nos convertiremos."


Denle al play...
Kiss From A Rose (Piano) - Seal



Lo más probable es que tu nombre no trascienda más allá de la esquela el día que tu mueras. Tal vez, pudriéndose en alguna hemeroteca de la ciudad esté tu nombre junto a una cruz y el cariño marchito de tus familiares durante algunas décadas. Piénsalo bien. Lo más trascendente que habrás logrado hacer en tu mísera vida habrá sido morir, y eso si tus familiares tienen la amabilidad de informar del hecho. Si no, jamás habrás existido. Jamás más allá de los pocos conocidos a los que les suene tu cara, los menos que recuerden tu nombre y los cuatro o cinco que te echen de menos. Fundido en negro. Fin.

Da igual lo bueno que hayas sido en vida, las muchas abuelitas a las que hayas ayudado con la compra o los céntimos que has dado al mendigo de la esquina, no te vas a librar, chaval. Así que piénsalo: puede que haya un más allá o que tan sólo esté el más aquí, pero indudablemente vas a caer en el olvido. Dudo incluso que, en un arrebato de protagonismo, lograras atraer la atención de este mundo frenético durante mucho tiempo. Pero cualquier intento será inútil. No tienes el poder de cambiar el curso de la historia. Ya no es época de Newtons, Hitlers y Jesucristos. (¿Sabes acaso quién inventó Internet?) Así que desiste, chaval, aférrate a la vida, si te place, pero ten en cuenta que una vez ella te deje ir, serás pasto del olvido.
________________

Ayer dije digo, hoy digo Diego: aquí tienen un nuevo post.
Hasta cuando la musa vuelva...

martes 7 de octubre de 2008

Disculpen las molestias...

Fotografía: Patrick Demarchelier
Siento que últimamente el blog ha estado goteando posts muy de vez en cuando. Además, no he podido pasar por vuestros blogs tan a menudo como quisiera. En cuanto pueda actualizaré.

lunes 22 de septiembre de 2008

Anónimos


Lejos del romanticismo de los versos de Bécquer. No fue breve y bueno, como decía Gracián. No fue en una cárcel de Argel, ni en una villa a las afueras de Florencia. Ni yo era Dido, ni tú Eneas. Lejos de querer zarpar a bordo del Espaniola, lejos de viajar ochenta largos días. Ni protagonistas de un enredo de Poncela, ni secundarios del drama de Shakespeare. Ni infancias truncadas de Dickens, ni trastadas de adolescente a lo Tom Sawyer. Nadie ha escrito sobre nosotros. Reconozcámoslo: Nadie lo hará.

jueves 4 de septiembre de 2008

Un reloj de bolsillo

A Alejandro.
- Antiguamente no había tanto afán por el dinero, hijo. Imagínate un mundo sin prisas, donde el ser humano era lo más importante, sin que ello significase que debíamos poseer el mundo. El dinero era el medio, no el fin. Y usábamos el reloj para no llegar tarde, no para controlar el tiempo... Acércate, niño. Este reloj de bolsillo perteneció a tu tatarabuelo y a tu bisabuelo. Ahora es tuyo. - dijo y mis ojos se abrieron. Tenía entre mis manos el reloj de bolsillo que siempre había visto en el bolsillo del pantalón de mi abuelo. Estaba grabado por una cara con mis iniciales, es decir, con todas las de mis antepasados. En la otra cara, las florecillas se enredaban formando la filigrana grabada en la plata.
- Gracias, abuelo...
- Atiende, niño, que esto es importante. No es un simple regalo. Este reloj marca la hora de antaño - dijo en un susurro y, ante mi cara de perplejidad, añadió -: Quiero decir que debes permacer fiel a tus antepasados. Ser un hombre como Dios manda.

No entendía qué era lo que mi abuelo me estaba pidiendo.

- ¿Cómo era el mundo entonces, abuelo?
- Palabras como dignidad, honor y honradez eran las mejores cualidades de un hombre, y bueno todavía no significaba imbécil. - dijo. Absorto en sus cavilaciones, parecía haber iniciado un monólogo, pues ni me miraba. -La educación y la cortesía eran ostentados por aquellos que las poseían, y fingidos por quienes carecían de ellas. La ignorancia se escondía por los rincones. ¡Aquello era decencia!
Mi abuelo leyó en mi cara el desconcierto.
- ¿Entiendes lo que te digo, Alejandro? Que no seas tonto. Lee, niño, y aprende. Eso es importante. Y sé bueno, pero no demasiado. ¿Oyes? Y si un día llega que te das cuenta que sí eres un ignorante, calla. El silencio es el mejor maestro. ¿Has entendido?

Callé.
______________________
Sonando: Fall - KT Tunstall

jueves 31 de julio de 2008

En lugar de mil palabras (XIV)

Intentaré actualizar cuanto antes. Mientras tanto, les dejo unos días con esta canción (cortesía de naco). No hace falta que comenten nada. Sólo escuchen.

The Queen Symphony (III) Adagio - Royal Philharmonic Orchestra

jueves 24 de julio de 2008

Primero primera


Compartimos rellano. Yo vivo en el primero primera y ella en el primero segunda. Cuando me vine aquí a vivir, esperaba encontrarme a la típica vecinita, tópico de cierto tipo de películas. Rubia, alta, guapa. En fin, tú y yo ya tenemos la imagen perfecta, no hay que tener mucha imaginación para ello, ¿verdad? No, claro. Y borra esa sonrisa de tu cara porque mi vecina no es así, cosa que tampoco es de extrañar porque en este edificio no iba a vivir una chica así. De hecho, no hay casi nada vivo. Todo lo que hay aquí tiene una fecha de caducidad muy próxima. Todo son ancianos, o enfermos, o gente que un día u otro saldrá en la prensa porque se ha suicidado. Y a nadie de la finca le extrañará. Y tampoco iremos a su entierro. Y tampoco vendrían al mío. Cada uno tiene sus problemas, y allá se pudra.

Pensándolo bien, vivo en un edificio bastante honesto, comparado con los que hay por ahí, en otros barrios, en la otra punta de la ciudad. Aquí no hay cortesía del tipo: "Bienvenido a la finca, te traigo estas galletas caseras". Esto no es Estados Unidos, y mucho menos Hollywood. Aquí nadie saluda a nadie, así que ya puedes contentarte con un gruñido si te cruzas con alguien en las escaleras. Y no, no hay ascensor.

Nuestro edificio un lugar done esperarías que sucediera cualquier cosa, donde se desmantelan negocios ilegales, se detienen asesinos en las novelas policíacas. Lo rutinario, lo que sale en los telediarios, pero muy lejos de tu casa. Un lugar por el que no desearías andar perdido solo una noche cualquiera. Te haces una idea, ¿no? Un edificio donde la mugre es una vecina más a la que gruñir cuando entras, donde las sombras son eternas porque sólo hay ventanucos estrechos y ennegrecidos. Ahí vivo yo.
Y mi vecina. Comparto rellano con ella. Ella vive en el primero segunda y yo en el primero primera. Querría matarla. Sí, querría, pero no lo haré. No soy un maníaco, ni estoy dispuesto a salir esposado tapándome la cara en el telediario. Porque eso es lo que se esperaría de mí, ¿no? En un barrio así, gente así, ya sabes. Pues no. Porque esto no es Estados Unidos. Si piensas que va a ir por ahí la cosa, mejor déjalo correr.

No es que esté todo el día dándome la lata - mi vecina, digo -, ni que el volumen de su televisión o su aparato de música no me dejen dormir. No es que se queje de cualquier ruido que oiga, ni que me robe el correo. No trata de hacerme la vida imposible, ni de echarme del bloque. No, más bien al contrario.

Lo que hace esta mujer es dejarme notitas anónimas en el buzón, papel perfumado de color de rosa: Te quiero. Y cree que no sé quién es. Te deseo. Está obsesionada conmigo. Tu admiradora secreta que está locamente enamorada. Y no es un secreto. La señora del primero segunda sueña conmigo todas las noches.

Tampoco creáis que es cansina, al menos no al principio. Escribe una o dos notas al mes, y llama a casa un par de veces a casa. Llama, oye mi "¿diga?", y cuelga. A eso se resume su nivel de actuación, así que tampoco podría molestarme. Pero lo hace.
Sentirse deprimido y hundido en la mierda no es fácil. Todo tiene que ir mal, no tienes que tener éxito en ningún campo de tu vida, no debes sentirte querido. Eso conduciría fácilmente al suicidio. No tengo trabajo, ese es un buen primer punto. Pero el problema es que no lo tengo porque no quiero, porque los he dejado. Y no porque me explotaran, ni me pagaran mal, sino porque cada uno tiene su misión en el mundo. Y yo debo ser infeliz. La infelicidad facilita las cosas, te ahorra años de sufrimiento si decides suicidarte. Así que sí, quiero ser infeliz. Me aterra mucho más el hecho de poder llegar a ser feliz, saber qué es eso, probarlo, para perderlo todo después. Mi plan consiste en no ser feliz para no sufrir nada. Nunca he tenido dinero, así que es mejor no tenerlo nunca.
Una vez sí fui feliz, una vez conseguí el trabajo perfecto. Era vigilante nocturno en una empresa. Sólo tenía que limitarme a pasear por aquel gran edificio, y caminar cientos de veces por aquellos pasillos, sin nada más que hacer. O quedarme en el garito donde había cámaras de seguridad y ver la televisión. La gloria, me pagaban lo suficiente y empecé a hacer planes. Iba a ahorrar para comprarme un coche, para luego viajar y conocer todos los bares y moteles de unos cientos de kilómetros a la redonda. Empecé a soñar. Y me echaron: recorte de plantilla.
Y ahí empezó a torcerse todo. No quise volver a sentirme afortunado, porque cuando gira otra vez la ruleta, y te toca perder, es más chungo. El casino de la vida en el que no quiero jugar. Por si acaso.

Por eso es más fácil no tener como meta la felicidad. Y yo lo he sustituido: No quiero ser feliz. Al contrario, cuánto más jodido, mejor. No quiero un trabajo, no quiero amigos, quiero estar enamorado y que no me correspondan. Quiero estar deprimido, sentirme un deshecho humano. Para poder quejarme, para odiar a todos y para irme al otro barrio.
Pero eso tampoco es fácil. El hecho de que esta mujer me adule, me cabrea. No he hecho nada para atraerla. Lo cierto es que yo la he visto apenas un par de veces y por la mirilla, cuando viene a dejarme una de sus cartitas quincenales. No sé cómo me conoce, pero sabe mucho de mí. Y me cabrea.
Sentirme querido hace que me sienta incómodo. Me repugna y a la vez hace que no esté a gusto con mi banal y estúpida vida. No puedo odiar al mundo si alguien me quiere. No quiero que lloren en mi entierro, ni que esta mujer llame a la policia porque hace días que no me ve entrar y salir. No quiero atención. Quiero ser alguien al que el mundo ha dado la espalda. Y así, cuando rindan cuentas en el juicio final, yo seré un atenuante. "Pecados: Lujuria, Soberbia, Estupidez, Egoísmo. ¡Ah! Y mató a aquel tío. ¡Al infierno!"
Esa estúpida mujer, cándida e ingenua, estropea mi plan y no me deja vivir. O morir, mejor dicho. Y por eso querría matarla. ¡Si tan sólo dejase de enviarme esas infantiles declaraciones de amor! Estoy en mi piso mugriento, oliendo a podredumbre, ideando cómo deshacerme de ella. Podría mudarme de piso, y así la perdería de vista, aunque eso es mucho trabajo. O encargar a alguien que hiciese el trabajo sucio por mí. Pero también puedo simplemente esperar a que muera. Y esa es la mejor opción: su fecha de caducidad.
Llaman a la puerta. Por la mirilla se ve a la mujer rechoncha. Bata verde a rayas con machas por toda la pechera. Pelo rizado en un moño. Se ha pintado. Para verme. Para que la vea. Le gruño sin abrir la puerta.
- Abre, por favor.
Abro la puerta y me la encuentro, a la mujer que no se parece ni de lejos a la idea que tenía yo de vecinita. Ni de lejos. No es alta, ni rubia, ni guapa. Ni siquiera es joven.
- Eeeeh... Esto... Samuel...
- ¿Qué quieres?
- ¿Tienes un par de huevos?
- ¿Qué dices?
- Eeeh, no me malinterpretes. Quiero decir, esto... ¿tienes un poco de sal?
- ¿Quieres sal o huevos?
- Lo que tengas. No, quiero decir. ¿Tienes algo de eso? Que... Bueno...
- A ver...
- Sí... Necesito... Bueno, necesito huevos. Dos huevos. Un pastel. Estoy haciendo un pastel.
- ¿Y la sal?
- ¿Qué? No, no. Sólo un par de huevos. Dos. Dos huevos.
Patética. Qué asco. Pero lo peor de todo es que me resulta tierna. No, tal vez no sea esa la palabra. Me repugna, pero la compadezco. Sí, es compasión.
- No tengo huevos.
- Aaah, eh, bueno, esto... Pues, vale, gracias. Y, eh, lo siento. Por molestar, y eso...
- Adiós.
Y cierro la puerta. Es cierto que no tengo huevos. De ningún tipo. Ni de los que piensas tampoco. Si no, ya me hubiese suicidado hace tiempo. Pero el hecho de no sentirme ninguneado, hace que lo evite. No soy infeliz. Probablemente sea sólo una excusa. Pero es eso, no me puedo suicidar, porque la mujer que me repugna, me quiere. O eso dice. Pero no me puedo suicidar.
Por hache o por be, no me voy a suicidar, de la misma forma que no voy a matar a mi vecina. A la vecina que está en una edad del pavo demasiado tardía. Y así vivo: esperando a que suceda algo que justifique mi suicidio. Sería estúpido suicidarse así, con una sola persona, mi vecina, llorando en mi tumba.
____________________

Y han pasado las semanas tediosas. Hace ya unas tres semanas que no recibo una de las cartas perfumadas. Hace mucho tiempo que debería haber recibido una llamada, una señal de vida de mi vecina, diciéndome que todavía me quiere. Pero no. Se habrá olvidado, me digo. Sigue queriéndome, sí, seguro. Y vino a por huevos, aunque no tenía.
Ahora soy yo quien no deja de mirar por la mirilla cuando oigo ruido. Sé que me observaba, de vez en cuando. Porque me quiere, y me manda notas rosas. La he visto pasar, como de costumbre, a comprar, a recoger el correo. Y no hay notitas en mi buzón.
Si - por fin - ha dejado de quererme, podré ser feliz. Feliz en mi infelicidad, quiero decir. Podré suicidarme y ser víctima del mundo asqueroso y conseguiré lo que quiero. Así que debería estar contento, o deprimido. No sé muy bien cómo debería sentirme, pero sé que no me siento como debería. Supongo que me encontraré en el buzón la carta. Mañana, seguro. Porque suicidarme sería una tontería. Ella vendría a mi tumba y sería penoso.
Entonces oigo ruidos, una conversación. Y miro por la mirilla. La vecina, mi vecina, va del brazo de un abuelo. Ya no me quiere. Entonces soy libre, ¿no? Ya soy libre y puedo suicidarme. Supongo que debo suicidarme. Ella no vendrá a mi tumba porque no está enamorada de mí. Debería usar ya la cuerda que tenía desde hacía tiempo en el cajón de la mesa de la entrada.
No estoy convencido del todo, pero estoy montando todo el espectáculo, tal y como lo tenía pensado. Pongo una de las sillas de madera y tela ajadas en medio del salón. ¿Y si mañana aparece la carta? Me subo a ella y ato la cuerda a la lámpara. ¿Y si sigue siendo estúpido que me suicide? He comprobado que con mi peso no caería. Sería idiota que intentase suicidarme y se rompiese la lámpara. Y no quiero ser idiota. ¿Me voy a suicidar? Ya lo decidí. Soy infeliz y no tengo a nadie. Y me suicidaré, porque la vida es una mierda, y es el único sentido que tiene todo esto. He colocado alta la cuerda, así que no me costará. ¿Quiero suicidarme?
Estoy subido a la silla de puntillas, con la cuerda en el cuello. Es más aterrador de lo que creía. Sólo tengo que tirar la silla. Pero no quiero, creo. ¿Quiero? Me siento totalmente estúpido. Pero así es cómo debía ser. No tengo a nadie, me repito. Estoy solo, me digo. Todo es una mierda. Qué sentido tiene vivir: ninguno. Morir es la solución, ¿no? Estoy de cara a la ventana, con la soga alrededor del cuello. A un paso de la muerte. Si yo quiero, claro está. Voy a hacerlo, sí, es lo coherente. Tampoco pierdo nada, ¿no? Empiezo a notar la cuerda en el cuello. Me canso de estar de puntillas. No echaré de menos nada, porque no tengo nada. Por mala que sea la muerte… Aunque tampoco vivo tan mal. Soy infeliz, pero no estoy tan mal, ¿no? ¡Soy tan estúpido! Me siento imbécil.
Llaman a la puerta. Oigo ruido. Y ruido de papel. ¿Será una carta? Si es una carta, no podré suicidarme. Me giro lentamente, sin poder liberarme de la soga. He tenido que subirme a la mesa para entrar la cabeza en el lazo. La silla empieza a tambalearse, pero seguro que no me caigo. Porque no voy a morir. Y eso es una carta rosa perfumada de la vecina. Seguro. Se tambalea y pierdo el equilibrio. La silla cae. Pero eso es una carta rosa perfumada, lo es y ahora la veo. No podré leerla pero era una carta. Y sí, voy morir. Involuntariamente. Quedarán segundos... Y soy penoso. Vendrá a verme a la tumba y soy estúpido. Estoy a punto de morir. Por accidente. Me quiere. Y eso es una carta rosa perfu…

viernes 18 de julio de 2008

Mundo absurdo


- Mire, le voy a hacer a usted una oferta. ¿Qué le parece?
- ¿A mí? ¡Magnífico, señor!
- Sí, ¿quiere usted dinero?
- ¡Hasta el más tonto lo quiere!
- Sí, eso es cierto. Una vez, el doctor Charles Bovary, que es uno de los zopencos más distinguidos de mi tierra, me dijo...
- ¿El doctor Bovary? ¿El de Rouen?
- En efecto. Ese hombre, que no tiene muchas luces, estaba en mi casa aquel día...
- ¡Oh! ¡Yo le conozco!
- Me alegro. En el alma. Pero yo estaba a punto de relatarle un episodio anecdótico que aconteció hará poco más de un año.
- Señor, pero es que yo que quería que me diese algo de dinero. Si no me va a decir que me lo va a dar, hágamelo saber. No puedo pasarme todo el día de cháchara. De lo contrario, cuando llegue a casa - una casucha de mala muerte, no crea usted - mi mujerzuela me recibirá con los brazos abiertos.
- Eso es bueno. El cariño de una mujer...
- No estaría yo tan seguro de que usted quisiera un abrazo de mi señora mujer. Aún así, no me recibiría con los brazos llenos de amor. Solamente de avaricia.
- ¡Oh! Pues la avaricia rompe el saco.
- Y la paciencia de uno, señor, y la paciencia de uno.
- Pues hablando de avaricia: Un día me encontraba yo con el señor Scrooge...
- ¡Íntimo de mi mujer! Le conozco.
- ¡Yo también!
- Me lo acaba de decir, señor.
- Ya. Usted también me dice a todos los que conoce.
- Pero no dos veces.
- En eso no le llevo la contraria...
- Pero yo no soy avaro.
- ¿De qué me habla?
- Del dinero que me va a dar. Digo, que yo no soy avaro.
- Lo sé, es usted un pobre hombre.
- Yo más bien diría que soy un hombre pobre.
- Pues yo le daré a usted dinero.
- ¡Oh! ¡Qué fantástico!
- Aunque tal vez luego no lo haga.
- ¿Porque no tiene el dinero?
- No, porque no quiero gastarlo en ello.
-¡Ah! Pero usted lo promete. La intención es lo que cuenta.
- ¿Sí?
- En efecto.
- Pues también voy a decir que mejoraré su calidad de vida. ¡Le voy a hacer a usted millonario!
- ¡Pero qué bueno es usted! ¡Cuántas promesas! ¡Le honra!
- ¿Y si luego no soy capaz de cumplirlo?
- ¡Oh, eso no importa! Aquí, en el reino del Tonto del Haba, lo importante es prometer.
- ¿De veras?
- Sin lugar a dudas.
- ¡Espléndido! Puede que haga de este reino mi hogar.
- Me alegro. Va a estar como pez en el agua. La estulticia hace naciones.
- ¿En el agua?
- No.
- ¡Ah! ¿Qué quiere usted decir?
- Que a un señor de su talla y potencial...
- Sí, soy un gran señor. En mayúsculas.
- No lo dudo.
- Pero, ¿qué estaba diciendo? ¿Iba usted a halagarme?
- Decía, que a un hombre...
- Gran señor.
- Que a un gran señor de su talla y potencial le puedo prometer que aquí todo le irá maravillosamente.
- ¿Puedo fiarme de su palabra?
- ¡Claro!
- ¿Está seguro?
- ¡Tan seguro como que usted va a darme todo el oro del mundo!

miércoles 9 de julio de 2008

El reino del Tonto del Haba


- Me enerva la situación actual. Vivimos en el reino del Tonto del Haba, donde la ignorancia es la norma suprema.
- ¿Eh?
- Que sí. ¿No lo ves? En todos sitios: la televisión, el gobierno…la gente en general.
- No sé a qué te refieres...
- A ver, hoy en día, la estupidez se ondea como estandarte. Odio esta forma de actuar de todo el mundo, su egoísmo y el eterno capitalismo. Deberíamos hacer algo, ¿no crees? Luchar contra este sistema que se está imponiendo. Sería lo mejor. Deberíamos pelear, en lugar de resignarnos. Al menos nos sentiríamos útiles.
- Yo no me siento inútil. Para nada.
- Deberías. Ves que todo se va al carajo y no haces nada.
- Hombre, tampoco se va al carajo… Simplemente cambia de forma, la moral y la ética… Los valores cambian. Es normal.
- ¿Pero es que no te importa que la dignidad, el respeto, la sabiduría estén perdiendo valor?
- Todo eso son conceptos vacíos.
- Perdona, ¿he oído "conceptos vacíos"? ¿Estás diciendo que el saber, por ejemplo, es un concepto vacío?
- Sí. Es un concepto vacío porque eso no te va a dar más dinero, ni te va a conseguir un mejor empleo, ni te va a ser útil - al menos, no demasiado - en esta sociedad. ¿Crees que son los más sabios los que gobiernan el mundo?
- Obviamente no.
- Entonces, por lo que a mí respecta, son conceptos vacíos. Que ya no sirven. Yo no arriesgo lo mío por valores insulsos.
- No entiendes nada.
-Sí, sí que entiendo. Eres un idealista. Entiendo tu forma de verlo pero no hay nada que hacer. ¿Qué pretendes? ¿Cómo vas a imponer eso que crees perdido? ¿Vas a volverte un anarquista y volar un edificio de alguna multinacional?
- Podría hacerlo…
- ¡No digas bobadas! Eso no serviría de nada.
- Claro, yo digo bobadas... Pero tu excusa ante esta situación es que no puedes hacer nada para solventarlo.
- Exacto. Tú lo has dicho. No puedo hacer nada. Y prefiero vivir sin atormentarme por algo que yo no puedo solucionar.
- Sabes que no es cierto.
- Mira, yo tengo mi trabajo, contribuyo a la sociedad pagando mis impuestos, ejerzo mis derechos y obligaciones. A partir de ahí, lo demás me resbala.
- Pero no puede darte todo igual… No puedes simplemente evadirte. ¿No ves que…?
- ¿Que qué?
- …¿que si esto se va a la mierda, tú también te hundirás en ella?
- Entonces nadie podrá hacer nada para evitarlo. Y tú tampoco.

lunes 7 de julio de 2008

En lugar de mil palabras (XIII)

Había pretendido comentar el vídeo que cuelgo y la película de la cual proviene (American Beauty), pero creo que es mejor que no diga nada - que para eso esta entrada lleva el título que lleva -. A los que ya la han visto - que serán la mayoría -, para que refresquen. A los demás, corran a un videoclub y alquílenla.



Versión original


En español

jueves 26 de junio de 2008

Carta de un libro cualquiera


Queridos lectores (en este momento tengo el placer de llamaros así, por una vez):

Los que escribís (no, no todos sois escritores) os limitáis a decir lo que dijeron otros antes pero cambiando las palabras de forma que parezca algo nuevo (también hay algunos que incluso lo decís de la misma forma). Pero lejos de avergonzaros, muchos sois los que queréis tener este oficio, aunque sepáis que no aportaréis nada nuevo al mundo. ¡Es esa voluntad que os nace del egoísmo! Os enorgullece ver vuestro nombre escrito en la portada de alguno de nosotros, por poco talento que hayáis derramado sobre él. Ansiáis que algún lector se tome el tiempo de sumergirse en vuestras palabras y escuche aquello que ansiáis decir.
Aunque lo que queréis en realidad es dejar rastro de vuestra existencia en algo que probablemente sea más longevo: Nosotros. Afirmáis que necesitáis escribir, pero con eso no nos lleváis al equívoco, sabemos que deseáis que se os escuche, sin importar qué o cómo lo digáis. Anheláis que el universo se centre por un mísero instante en un ser ínfimo que tan sólo es más egoísta que los demás. Que tan sólo quiere que admiren su destreza. Pero de lo que no os dais cuenta es que sin nosotros no vivís. Nosotros somos las estrellas de este pequeño cabaret y vosotros tan sólo el que abre y cierra el telón. Nosotros somos quienes os hacemos grandes, o quienes os arruinan esa fama efímera. Somos quienes manejamos los hilos de vuestra carrera y vuestro futuro. Los que atesoraremos vuestras sucias palabras cuando vosotros ya no estéis aquí para ensanchar vuestro ego al releerlas. Estamos hartos de que inundéis con vuestro discurso estúpido nuestras páginas y que creáis que, al deslumbrar al lector, nos embaucáis a nosotros. Sabemos bien que nuestra tarea es convivir con esa verborrea insulsa en nuestro interior y cargar con él sabiendo que en lugar de Virgilio o Quevedo, llevamos a un aprendiz que se creyó maestro. No, por mucho que lo creáis, a nosotros no nos engañáis.


Un libro cualquiera de un autor cualquiera

lunes 23 de junio de 2008

Esclavos

De camino al mercado, no pude evitar curiosear. Llevábamos dos días de fiesta ya y yo apenas había visto cómo era el gran anfiteatro del que todos me habían hablado. Era enorme, como jamás había habido otro, con tres pisos de arcos que se sucedían formando un óvalo. Colosal.

Me acerqué allí y traté de ojear qué se cocía dentro. Me asomé por una de las grandes arcadas, lejos de las puertas que custodiaban los soldados. Apenas veía la acción, pero podía oler el olor de la sangre derramada sobre la arena y oía el rugir de las fieras, cuando el clamor popular cesaba y todos contenían el aliento.

Tras el solemne saludo Ave Hadrianus, el metálico silbido de las armas al desenvainar. En las primeras filas, los senadores repartían su atención entre el espectáculo y cualquier gesto del emperador Adriano. A éste no podía verlo desde aquel hueco y tan sólo podía contemplar cómo un senador estaba siempre vuelto hacia su izquierda, dando la espalda a otro pobre que trataba también de colmar de gracia al susodicho. Más arriba, la clase alta de la ciudad se agrupaba soberbio y triunfante. Las mujeres, ataviadas con sus mejores galas, agarraban el brazo del hombre que tenían a su lado, exagerando el gesto. Éstos, a su vez, contenían la emoción del espectáculo, mostrándose impasibles y capaces.

- Quita de ahí, esclavo. - dijo un soldado, propinándome un golpe, ya que me había visto husmear.

Cogí el fardo y me dispuse a continuar mi camino cuando un anciano mendigo se interpuso en mi camino.

- No te compadezcas, esclavo. La vida es una lucha contínua para todos. - dijo mirando hacia el lugar donde se celebraban los juegos.
- No para todo el mundo igual.
- No hay camino fácil de la tierra a las estrellas. Los gladiadores son héroes para el pueblo... ¿Recién llegado a Roma, esclavo? - dijo con desdén. Como única respuesta obtuvo un parpadeo. - Aún así, esclavo, eso que ves no es lo que era. Cuando era joven, se celebraban los juegos durante decenas de días. Los de Trajano duraron cien días.

Debí abrir los ojos de tal manera que esbozó media sonrisa, sabiendo que había conseguido mi atención, y dijo:

- Yo fui gladiador. - dijo con orgullo, y mis ojos aún se abrieron más - Pero el éxito es efímero, ya me ves. A uno la vida le parece corta cuando es afortunado y larga cuando no lo es...

- ¿Era un esclavo?

- Lo fui. En Roma hay oportunidades para todos. Si eres listo, sabrás buscarte la tuya, esclavo.

Ante mi gesto incrédulo, concluyó:

- Muchacho, ¡no sabes cuán grande es Roma!

martes 10 de junio de 2008

En lugar de mil palabras (XII)

Desembarco en Ostia de Paula Romana - Claude Lorrain
Museo del Prado, Madrid
Algo tiene este paisajista barroco que me encanta. La foto pequeña de arriba, es la misma pero en grande (Los colores son más difusos que en la realidad, pero es lo mejor que he encontrado). Es uno de mis cuadros preferidos. ¿Qué les parece?
___________________
Claudio de Lorena, nombre por el que se conoce en España al gran paisajista del Barroco francés Claude Gellée, apodado Le Lorrain, nació en el castillo de Chamagne, cerca de Nancy, en 1600. Dicen que trabajó como pastelero de niño, pero a los trece años se trasladó a Italia, trabajando para el Cavaliere d´Arpino en Roma, el mismo que protegió a Caravaggio. Después se marchó a Nápoles, regresando a Roma a los dos años para convertirse en el ayudante del paisajista Agostino Tassi. Al finalizar la década de 1630, Lorena tenía una excelente reputación, realizando unos paisajes muy románticos, inspirados en los manieristas italianos y nórdicos como Elsheimer.
Los paisajes de Lorena consiguen unos maravillosos efectos poéticos gracias a la atmósfera con dorada niebla producida por la luz solar. Normalmente, son muy similares, siguiendo una composición predispuesta, muy idealizada. Sus composiciones resultan sumamente equilibradas, y sientan el modelo que se tomará durante todo el paisajismo posterior, especialmente en la pintura inglesa y alemana. Su estructura es la de un horizonte bajo, a un tercio, con dos tercios de cielo, lo cual le permite grandiosos efectos atmosféricos de luz y agua (nubes, reflejos, mar). Para dotar de simetría y equilibrio a las imágenes colocaba en el centro geométrico del lienzo un claro de luz, provocado por el sol o el mar, al cual rodeaba de masas oscuras: nubes, masas vegetales a los lados, y tierra abajo. Su obra tendrá mucha influencia en Turner. Su fama mundial provocó la aparición de múltiples falsificaciones de sus obras, por lo que el propio Lorena inició una carpeta de dibujos en la cual recogía todas sus composiciones. Esta carpeta se conoce como el Liber Veritatis, y no se publicó hasta 1777.

lunes 2 de junio de 2008

Nueva casa


Laura iba en busca del arcoiris. Aquel día lloviznaba levemente, hecho poco frecuente en aquella ciudad burguesa de tintes góticos. Las nubes era pocas y de un blanco puro. Coronando el cielo, el sol brillante hubiese quemado la piel de no ser por la lluvia. En la ciudad no podía alcanzar a ver más que un pedazo de la bóveda azul que tenía sobre su cabeza. A pesar de que las calles que se alzaban a su alrededor le impedían verlo, Laura sabía que en algún lugar del cielo debía haber un tímido arcoiris.

- ¿Dónde está?
- Ya llegamos, Laura.
- No. Que dónde está el arcoiris.
- ¿Qué arcoiris, Laura?
- El que debería haber. Llueve y hace sol. ¿Dónde está el arcoiris?
- Pues no lo sé, la verdad. Quizás no llueva lo suficiente...

Laura torció el gesto, enfadada. Hoy tampoco iba a poder ver un arcoiris. Ahora ya no miraba al cielo y, cabizbaja arrastraba los pies por aquellas calles señoriales de edificios bajos y ajardinados. A pesar de que trataba ocultarlo, estaba nerviosa.

- ¿No te gusta el barrio? Es precioso, ¿no crees?
- Me da igual.

La niña caminaba cada vez más lento, con la mirada fija en el suelo. La señora que la acompañaba siguió mirando la ficha que había sacado de su carpetilla negra sin prestarle mucha atención.

- Es aquí, Laura. Calle Freixà, número 40. ¡Qué casa más encantadora!
En efecto, aquella era una casa especial. En medio de todos aquellos bloques de pisos, se alzaba aquella casa, con enredaderas envolviendo toda la fachada posterior. A través de una celosía verde de madera, podía entreverse un columpio hecho de cuerdas, atado a dos árboles. Pintada de ocre, con tejas rojas en la cubierta a dos aguas, aquella casa prometía ser refugio de los juegos más misteriosos y fascinantes que aquella niña jamás hubiera imaginado. Algunos adornos florales decoraban las esquinas de las paredes.

- ¿Qué te parece, Laura?
- Normal. - dijo la niña sin una pizca de entusiasmo.
- Pero, Laura, deberías estar contenta. Vas a vivir aquí... No podría existir casa mejor para...
- ¿Cuanto tiempo estaré en esta?
- Eeh... Pues si todo va bien, Laura, un año. Es bastante, ¿no?
- A Daniela la quisieron para siempre.
- Sí, Laura. Hay veces en las que la familia adopta al niño... Pero no siempre es así, Laura. Piensa que...bueno... Que las familias sólo pueden... ¿Qué miras?
-Quiero ver un arcoiris. No debería ser tan difícil.

En sus ojos, la inocencia desteñía amargura. La madurez iba apoderándose de ella antes de lo previsto.
____________________
Niños en acogida
Si tienen ocasión, pasen por la calle Freixà en Barcelona...

martes 20 de mayo de 2008

Navegando

"Sólo sé que no se nada" Sócrates
Tejía el destino, enredando en el mañana sus sueños, prendiendo cuidadosamente con alfileres cada ilusión. Tras de sí, cual navío surcando el mar, dejaba tan sólo una estela de vivencias olvidadas, que retendría débilmente en su memoria en forma de recuerdos cada vez menos vívidos. No se preguntaba qué le reservaban los hados, y ni siquiera miraba de reojo la estela de su velero. Mantenía la vista al frente, contemplando erguida la línea fina del horizonte sin tratar de comprender por qué seguía aquel rumbo, en qué dirección soplaría el viento o si lograría cruzar aquel mar. Los miedos no atenazaban su estómago. Era valiente, aunque jamás temeraria. Ignorante para muchos, era más sabia que los que así la consideraban. Al menos, ella conocía los lindes de su saber.

sábado 17 de mayo de 2008

En rojo

El Azar, gran dios de los que no creen en el destino, le abordó caprichoso aquella mañana. Desafiándola la miraba. ¿Serás capaz de burlarme? Nadie lo es y lo sabes. Contuvo el aliento y él entornó a su vez los ojos. Y entonces, ella echó a correr. Iba a conseguir burlarlo, nada iba a detenerla, se dijo. Pero escabulléndose sólo encontró la senda de la que pretendía huir. Aquello no era un teatro y en su escena tragicómica no podía simplemente esconderse entre bambalinas. Sabía qué camino debía tomar pero no quería hacerlo, y tenía sus motivos, fuesen cuales fueran; a pesar de que retrasarlo no iba a cambiar su destino, o azar, llámalo como quieras que al final todo se resume en formas de verlo.

Era tan sólo un cruce en el que ella se había detenido. Con el pelo agitado y el pulso acelerado, miraba fijamente el semáforo en rojo. Que estuviese en rojo no quería decir que la luz verde no fuese a aparecer. Ella lo sabía. En aquella fracción de segundo en que ambas luces estaban apagadas, lo comprendió. Comprendió cuál era su propósito y por qué debía bajar de aquella acera y simplemente avanzar. Todo cambiaba en aquel instante, no se sabía por qué ni cómo, pero ya no trataba de huir, se sabía incapaz. Ella no había tenido la misma suerte que Medea, y ningún dios iba a bajar a ayudarla. Pesarosa, sabiendo que los deus ex machina no sucedían en el teatro de la vida real, cruzó la calle y, como una heroina de las tragedias griegas, aceptó su destino.

martes 13 de mayo de 2008

Viernes Santo

(relato también conocido como: "La extraordinaria aventura del hijo de un asesino que sabe que podría acabar adoptando las costumbres malsanas de su polémico y peligroso padre" por Jordi)


Mi padre era un asesino. Puede que parezca demasiado contundente y fácil resultaría, para un psiquiatra, elucubrar que tuve una infancia traumática. Pero no fue realmente así. Crecí como cualquier otro niño, con las rodillas peladas y canicas en el bolsillo, soñando con pelear contra piratas. Como todos, iba al colegio a regañadientes y del mismo modo acompañaba a mi madre a la iglesia los domingos.

Mi padre era un asesino común, que no seguía ningún tipo de ritual, ni tenía un estilo personal. Tampoco se creía artífice de un juego que la policía debía descifrar, ni inspiraba esa admiración oculta que provocan algunos maestros del rebuscado arte de la aniquilación. Tan sólo mataba. De una forma tosca y ruda, sin la destreza de un carnicero o la minuciosidad de un ajedrecista.

Aunque jamás indeciso, era vulgar en el planteamiento y torpe en la ejecución.
No sé muy bien qué fue lo que le llevó a empuñar un cuchillo, ni quién fue su primera víctima. Fue precisamente su instinto animal lo que lo condenó, pues nunca se molestó en encubrirse. Sospecho que nunca le importó lo más mínimo. Incluso el día que lo detuvieron no se mostró contrariado ni sorprendido. Se dejó maniatar resignadamente y desfiló delante de mí por última vez, con la mirada perdida en algún mundo lejano que tan sólo él conocía.

Su vida era completamente normal, salpicada por algunas muertes, pero monótona y aburrida como todas. Era jardinero y acudía a una de las mansiones del Barrio Grande. Era aquella una casa de jardines regios, con altos cipreses y rosales, que mi padre cuidaba con la desmesurada atención de quien disfruta de su oficio.

No destacaba tampoco por su agresividad, más bien era un enclenque silencioso y sin carácter que dejaba pasar la vida sin más sobresaltos que los estrictamente necesarios. No era maniático, ni tenía ninguna extraña afición. Tampoco leía demasiado y, si lo hacía, solía recurrir a banales novelas de segunda.

Aún así, todos sospechaban de él. Había habido dos asesinatos – la quiosquera Jacinta y, poco tiempo después, Luis, hijo del cartero – y, como en todos los pueblos, se sabía de su culpabilidad, a pesar de no tener con qué justificarla. Se hablaba de ello constantemente en cada esquina y en cada rincón. Mi padre siempre fue alguien distante, por lo que siguió con su vida, podando cipreses, regando gardenias y matando a alguien de vez en cuando. Mi madre lo sobrellevaba con tanta dignidad como su vergüenza le permitía. Yo todavía no era plenamente consciente de ello, pues poco me importaban los cuchicheos y las risotadas al fresco de la noche, cuando las señoras sacaban sus sillas a la acera.

Se lo llevaron apenas unos días después del Viernes Santo de hace quince años, tras la muerte del señor Blas. Mi padre nunca nos acompañaba a la iglesia; su ateísmo era prácticamente una obligación, dadas las circunstancias. Volvíamos de misa y, tal y como mandaba la tradición, madre lucía velo negro. Mientras regresábamos, yo iba recordando el sermón del párroco. En él, el cura había descrito la agonía de Jesucristo y su crucifixión detalladamente. Me fascinaba aquel fragmento de las Escrituras y era aquel el único día que acudía a la iglesia sin el mal gesto que acostumbraba.

Vivíamos en un edificio destartalado de dos pisos que ocupaba un triste rincón de una plaza en las afueras. Se alzaba cansado de soportar los años, amenazando con no resistir los años que se reflejaban en cada grieta. Parecía haber estado allí mucho antes que la propia iglesia del pueblo.

En el piso de abajo, vivía un anciano viudo, el señor Blas, que no había salido de casa desde que murió su mujer. Los sábados, madre me obligaba a bajarle un plato de lentejas que preparaba de más para él. Me asqueaba tener que llevárselo pues entreabría la puerta, cogía el plato y dejaba escapar, con el esfuerzo de quien no suele hablar, un gracias que removía mis entrañas. El señor Blas era tan sólo una sombra que había ido disminuyendo con los años con la misma rapidez con la que crecía yo. Al abrir la puerta, el ambiente se oscurecía y el hedor me producía náuseas.

Subíamos madre y yo las escaleras en silencio, y seguía yo pensando en el sermón cuando, al llegar al rellano de su casa, tropecé con el primero de los escalones que llevaban a nuestro piso.

- Madre, ¿ha visto qué sale de la puerta del señor Blas?

Giró la cabeza y contempló, como había hecho yo, cómo la sangre iba empapando el rellano del primer piso, deslizante y viscosa. Su rostro se descompuso.

- Hijo, vamos.
- ¿Y qué hay de la sangre que…?
- Yo no he visto nada. – dijo tajante mientras subía atropellada las escaleras.

Se apresuró por meter la llave en la cerradura de casa, me hizo entrar y una vez cerró la puerta tras de sí, respiró hondo tratando de controlar la tensión.

- Vete a hacer tus tareas.
- Pero yo no…
- He dicho que vayas.
- Madre… ¿cree que al infierno van todos los que matan?

Fue aquella una de las muchas preguntas a las que mi madre nunca dio respuesta. Fue también el último día que volvimos a la iglesia.

Se rumoreaba más que nunca que había un asesino en el pueblo, y todo apuntaba a que era mi padre quien lo había matado pues, parecía obvio, que él era quien más facilidad tenía para acceder a casa del señor Blas. Mi padre hacía caso omiso del asunto y aquel tipo blandengue y callado seguía regando las plantas de casa con la misma parsimonia que de costumbre. Desde su detención, mi padre se desvaneció de mi vida.
_______________

Mucho ha pasado desde entonces. Lo que realmente diferencia un pueblo de una ciudad es la rapidez con la que se extienden las habladurías. Me admiran por haber superado aquella terrible infancia y porque creen sentir en mí un halo de vergüenza y culpabilidad hacia lo que fue mi padre. Creen que un par de palmaditas en la espalda y un “no te preocupes, chaval” ya es suficiente. Entonces, sus corazones antes compungidos vuelven a bombear sangre a su frívolo y hueco cerebro. En parte, tienen razón. Me avergüenzo de mi padre. Estaba sin duda demasiado atado a sus instintos.

Mi madre siempre dice con orgullo que yo soy un hombre de oficio, que soy carnicero. Pero sé, que en ese mismo instante, una punzada de temor le invade. Teme que pueda llegar a ser como era mi padre, y no la culpo. Aunque sé, que lo que verdaderamente le aterra es ser objeto de chisme. Otra vez.

Empleo todos mis esfuerzos y mi tiempo en reprimir mis impulsos. Adoro seccionar un costillar de cordero, o cercenar una pierna de cerdo, y ver la sangre resbalar lentamente por entre mis dedos hasta que forma una pequeña mancha en el puño de mi jersey. Trabajando es el único lugar donde encuentro una tranquilidad feroz y absoluta, mientras la ira cual yugo que llevo al cuello se afloja con cada golpe que da el cuchillo contra la carne inerte. Cada día trabajo más, el afán de rebanar me sosiega y salir de allí sólo me causa una cólera que puedo contener unas horas hasta que vuelvo feliz a reencontrarme con el olor a sangre y la carne animal.

La cuaresma es la época del año más tensa, especialmente al acercarse la Semana Santa. La carnicería está más vacía que nunca, y me paseo de un lado a otro, como animal enjaulado, sin trozos de carne que convertir en filetes. Hay días, como hoy, en los que creo que no seré capaz de controlarme y, cual bestia hambrienta, me lanzaré a la calle, con sed de venganza.

Y entonces, recuerdo. Recuerdo la sangre del señor Blas resbalando por el rellano del primer piso y también la estampa que había detrás de aquella puerta. El pobre anciano balbuceando estúpidas palabras sin sentido. Y aquel plato de lentejas, el último, el que no probó, esperando a su lado. Aquel día no hubo el aterrador gracias de rigor. Serás como tu padre. Y la cólera me obcecó.

Mato el tiempo como puedo. Mañana es Viernes Santo y la carne está prohibida. No sé si podré resistir la tentación.

domingo 4 de mayo de 2008

Azul, verde y gris


Los dioses, al nacer, pintaron su mundo de otros colores. Fueron a buscar aquellos más vistosos que encontraran. Sus bosques no eran del color verde que acostumbraban. Para ella, escogieron el verde de la esmeralda más radiante del lugar donde jamás nadie había osado ir. Sus montes no eran del color de la piedra caliza que los formaba, ese color tosco y mate. Para ella, escogieron un marrón atornasolado, con reflejos dorados, como el cabello de las ninfas al relucir el sol. El mar no era grisáceo en los días nublados, ni verdoso cuando estaba revuelto. Bajaron el azul intenso que posee tan sólo el cielo segundos antes de que amanezca y tiñieron sus mares de tal color. Tornaron las luciérnagas brillantes como mil estrellas, y la luna nácar, para que así, en la noche su reflejo sobre el mar cristalino deslumbrase a las sirenas.

Veía el mundo que los dioses le habían regalado, que se reflejaba en aquellos ojos marrones como la piedra caliza, verdosos como el mar revuelto y grisáceos como el agua nublada.

domingo 20 de abril de 2008

¡Hasta luego!


No quería admitirlo, esperando que me llegase la inspiración, o un poquillo de tiempo para escribir, y publicar. Pero no, no tengo ni lo uno ni lo otro. Para los pocos que sigan pasando por aquí esperando que les comente o postee, aparco el blog unas semanas, hasta que tenga tiempo de retomarlo.

miércoles 26 de marzo de 2008

Marrakech

La primera impresión tal vez no fue buena. Tuve que acostumbrarme a las calles estrechas abarrotadas de gente, con mobilettes que las atravesaban a golpe de bocina a 20 km/h y las carretas tiradas por burros que se hacían hueco entre los tenderetes y la gente que circulaba. Tuve que acostumbrarme para poder ver de otra manera aquel lugar tan diferente al nuestro. Es una ciudad interesante, que destila un aroma propio - no en sentido literal, aunque también -, llena de gente amable que te indica por dónde ir al verte tan perdido en aquel mar de gentes que es el zoco. Regatear y pedir una propina es el pan de cada día de los vendedores de vasijas, bolsos de esparto, blusas bordadas de colores y mil especias.
Lo que más me gusta de viajar es la gente. En Marrakech, podía apreciarse perfectamente un enfrentamiento de tradiciones. Mientras las jóvenes vestían a la occidental, tal vez con shador, las mujeres más mayores tan sólo mostraban sus ojos oscuros.
Es una ciudad genial a la que hay que ir con la mente abierta, con ganas de conocer otra cultura diferente a la tuya, amoldándote a las costumbres de ese país. Con esta mentalidad, es imposible volverte con una mala impresión de esta maravillosa ciudad.

El Palmeral



Cascadas de Ouzud

Koutubia y tenderetes con souvenirs


Plaza Jemma el-Fna (arriba y abajo)



















martes 26 de febrero de 2008

De poesía y latín

No acostumbro a publicar textos que no haya escrito yo pero, dado que no escribo poesía y que nos estamos refiriendo a Horacio, creo que me puedo permitir este lujo. Es el locus amoenus, el tópico literario que describe un lugar idílico y efímero. Si tienen un minuto, léanlo, Horacio es uno de los genios y base de la literatura.
"Se fueron las nieves, ya vuelve la yerba a los campos y al árbol,
su cabellera; cambia
de modos la tierra y los ríos decrecen corriendo de nuevo
por los cauces de siempre;
la Gracia y las Ninfas, hermanas gemelas, desnudas se atreven
a dirigir sus coros.
'No esperes nada inmortal' aconsejan el año y las horas
que al nuevo día raptan.
Expulsan el frío los Zéfiros*; la primavera al verano
cede, que, por su parte,
morirá al traer su fruto el pomífero otoño; y al punto la inerte
bruma vendrá. Pero ágil
repara la luna en el cielo sus menguas; nosotros, en cambio
allí una vez caídos
donde Eneas** el padre se encuentra con Tulo el dichoso y con Anco,
polvo y sombra ya somos.
¿Quién sabe si van a agregar un mañana a la edad transcurrida
los dioses de allá arriba? "
Quinto Horacio Flaco
(65 aC - 8 aC)
Oda IV, 7
(*) Zéfiro: el viento del oeste que da paso a la primavera.
(**) Eneas: héroe de la guerra de Troya y fundador de Roma (Eneida de Virgilio) en las leyendas griegas y romanas.

sábado 16 de febrero de 2008

"Mientras hablamos, el tiempo celoso huyó.
Atiende al día presente, y no te fíes lo más mínimo del porvenir."
Horacio, Carmina I, 11

Ves la vida escondido tras el reflejo de cristal del enésimo trago, manchado del poso de ayer. Hueles a humo y a fracaso; y crees enterrar tus penas tras la desgana de la indiferencia. Arrastras tus pies por la vida, cabeza gacha y rostro marchito, dejando escapar de entre tus dedos las sonrisas y el gesto amigo.

Captura el día, que dicen, atrapa las riendas del desbocado caballo que robó tu vida. Porque, tal vez mañana, se apague el sol.

______________________

Versión del tópico Carpe diem de Horacio

jueves 7 de febrero de 2008

Sola conmigo misma


Hay momentos en los que te invade una felicidad instantánea de usar y tirar, cuando sientes que serás capaz de cambiar el mundo y olvidas la maldad. No sé si les pasará, pero cuando me ocurre es cuando toma vida propia aquella frase de "Aquellas pequeñas cosas" de Serrat. Sientes realmente que vale la pena vivir. Momentos en los que deseas estar a solas contemplando aquello que te emociona, en silencio, con demasiados sentimientos se arremolinan para transcribirlos a un folio o siquiera contarlo.

martes 22 de enero de 2008

Soga

Es ardua tarea el asumir que la mitad de tu ser proviene de alguien que es capaz de degollar y despedazar a cualquiera que se interponga en su camino. Es cierto que yo soy completamente inocente pero mi historia y mi existencia estarán siempre teñidas de escarlata.
Mi padre no seguía ningún tipo de ritual, ni tenía un estilo personal. Tampoco se creía artífice de un juego que la policía debía descifrar, ni inspiraba esa admiración oculta que provocan algunos maestros del rebuscado arte de la aniquilación. Tan sólo mataba. De una forma tosca y ruda, sin la destreza de un carnicero ni la minuciosidad de un ajedrecista. No sé tampoco muy bien qué fue lo que le llevó a empuñar un cuchillo, ni por qué mató a aquel anciano que vivía en el piso de abajo.
Su vida era completamente normal, salpicada por algunas muertes, pero monótona y aburrida como todas. No destacaba por su agresividad, más bien era un enclenque sin carácter que dejaba pasar la vida sin más sobresaltos que los estrictamente necesarios. No era maniático, ni tenía ninguna extraña afición. Tampoco leía demasiado y, si lo hacía, solía recurrir a banales novelas de segunda.
Decía que es una ardua tarea reconocer que tu padre es un asesino. Dicho así suena demasiado contundente y fácil sería, para un psiquiatra, elucubrar que tuve una infancia difícil. Pero no es así. Crecí como cualquier otro niño, con las rodillas peladas y canicas en el bolsillo.
Quizás, la diferencia con cualquier otro niño empezó más tarde. Hasta hace poco no me di cuenta de lo que realmente me afectaba esa faceta un tanto extraña de mi padre. Cuando lo encerraron, mi padre se desvaneció de mi vida y nunca eché de menos a aquel tipo blandengue que regaba las plantas de casa con tanta parsimonia. De hecho, creía que lo de asesino lo decía mi madre para redecorar su aburrida vida.
Empecé a hablar más de mi padre al ver el efecto que hacía en mis amigos. Vi que les infundía respeto, incluso miedo, y aquello me gustó. Hasta que se enteraron sus madres y el profesor me impidió volver a aquel colegio porque, según él, yo era un niño problemático.
Ahora me he dado cuenta cuán jodido es que todo el mundo sepa de tu padre. Sé que mi futuro estará estrechamente ligado a aquel hecho. No porque lo esté para mí, sino porque la gente no olvida algo así. Pongamos que logro ser un escritorzucho de medio pelo de novelitas de terror. ¿Qué diría la gente? Que me vi influenciado por la doble vida de mi padre. Si fuese de novelas de amor, que vivir en un entorno tan hostil desarrolló mi lado más sensible. Imagínense qué deben decir de mi verdadero oficio.
En realidad, aquel hecho no condicionó mi vida porque yo no fui consciente. Pero ahora sí, ahora me ahoga como si fuese una soga que va, poco a poco, amoratando mi cuello y restringiéndome las bocanadas de aire. Sé que creerán que me siento culpable, o que fui víctima de aquello. Me compadecerán o me culparán, y será el fin. Mis manos tratarán de cortar la soga, manchando de sangre todo lo que me rodea.
Soy carnicero, soy un hombre con oficio, muy lejos del asesino que era mi padre; o al menos eso afirma mi madre. Pero lo cierto es que me gusta seccionar un costillar de cordero, o una pierna de cerdo, y ver la sangre resbalar por entre mis dedos hasta que forma una pequeña mancha en el puño de mi jersey. Trabajando es el único lugar donde alivio mis tensiones y la soga cual yugo que llevo al cuello se afloja con cada golpe que da el cuchillo contra la carne inerte. Cada día trabajo más, el afán de rebanar me sosiega y salir de allí sólo me causa una furia que puedo contener unas horas hasta que vuelvo feliz a reencontrarme con el olor a sangre y la carne animal.

domingo 13 de enero de 2008

¡Viva México!

Punta Allen, Sian Ka'án

Observatorio de Chichén Itzá

Playa del Carmen
________________________________________
En Punta Allen están las playas más paradisíacas de la Riviera Maya. En cuanto al observatorio, he decidido colgarlo porque es menos conocido que el templo. Chichén Itzá, considerada una de las Nuevas Maravillas del Mundo fue una población maya con más de 5.000 m2. El bar de Playa del Carmen es simplemente para que vean cómo vive la gente en esa ciudad tan turística.

jueves 20 de diciembre de 2007

7 deseos

Fuerza a los emprendedores para cumplir sus sueños.
Sueños a los desesperanzados.
Segundas oportunidades.
Honestidad.
Humildad.
Dignidad.
Justicia.

_________________________________
Mi regalo de Navidad: Maestro de Hans Zimmer

miércoles 12 de diciembre de 2007

En lugar de mil palabras (VII)


Porque hay veces en las que en lugar
de letras, salen trazos.
Por cierto, a ver si encontráis la palabra "oculta"
(no está muy oculta...)

lunes 10 de diciembre de 2007

Clase de lengua

De niña, asistía a clase resignada a pasar esos diez años de mi vida, hasta que me fuese posible abandonar aquel lugar para ir a donde quiera que fuesen los que terminaban COU. Unas clases eran más amenas que otras porque pronto empezaron a gustarme más las lenguas y a aburrir otras, como las matemáticas. En sexto de primaria, la asignatura de lengua castellana empezó a gustarme más. La impartía una monja, Merche, venía de Madrid, creo. La primera redacción que nos mandó fue describir rasgo a rasgo a un amigo. Mi redacción fue algo así : "Es moreno, alto, de pelo negro, ojos marrones y pequeños, y todo lo demás es normal". Y como yo, el resto de la clase. Fue la primera que me hizo entender la variedad del léxico. Recuerdo incluso, que me dejó ayudarla a corregir exámenes. Más tarde, me los quitó porque empecé a amenazar con suspensos a mis compañeros de clase.
Aunque sin duda, el mejor profesor que tuve fue Mark. Era neoyorquino, o eso me gustaba a mí decir. Nació allí y vivió los primeros años de su vida, por circunstancias que desconozco. Llegamos al colegio el mismo día, los dos nos mudamos de ciudad. Yo venía de las afueras y él, no lo sé.

Entró en clase y dio un portazo. Inmediatamente nos sentamos en nuestras sillas y sacamos el libro de castellano.

- Buenos días. - dijo con una voz firme.

Ahora, con el tiempo, me atrevo a decir que era una voz férrea para reafirmarse a sí mismo, para intimidar. Nos pidió que le habláramos de usted porque no íbamos a ser compañeros.

Nos hizo escribir historias de miedo, separar lexemas y analizar sintácticamente una oración. Contrariamente a la educación que se imparte hoy en día, nos separó en tres grupos, según nuestra capacidad: A, B y C. El grupo A tenía exámenes más difíciles, con más temario y, al final de curso, se le subía un punto la nota final, ya que había tenido que estudiar más. Aquel hecho causó revuelo y, al mes y poco, tuvo que hacer un sólo grupo de clases.
Fue él quien me hizo apreciar el poder del arte y, en especial, la literatura, leyéndonos poemas de Rubén Darío las tardes de verano. En invierno, los jueves tormentosos nos sentaba en el suelo de la clase y con las luces apagadas nos narraba las leyendas de Bécquer. Debió ser el momento en el que me di cuenta de que las matemáticas se quedaban rezagadas en la carrera de fondo que debiera ser luego mi futuro.

martes 4 de diciembre de 2007

La leyenda de Carlota

Para Paula

Aunque los jóvenes no lo recuerden y los mayores no quieran hacerlo, siempre se cernirá la sombra de la leyenda de Carlota en aquel bosque. Se dice que las encontró un día de otoño, en un claro del monte. Carlota vivía en la falda de la montaña. Su casa estaba situada al final del estrecho camino que unía el monte con el pueblo de Urús. Estaba custodiado a ambos lados por esbeltas hayas que intimidaban al curioso y mantenían lejos sus ganas de adentrarse en el bosque.

Carlota era la única que danzaba por aquellos parajes a sus anchas. Fuese cual fuese la época del año, vagaba entre los árboles. Hacía muñecos de nieve alrededor de su casa y se tiraba en trineo ladera abajo; llenaba de flores silvestres todos los jarrones de su casa; saltaba charcos con sus botas de agua o acudía alborozada a mojarse los pies en alguno de los arroyos que ella conocía tan bien.

Un día de finales de verano, se estiró en una roca lisa que se encontraba bajo un claro. Carlota, con los ojos cerrados, oía el ruido del agua del riachuelo deslizarse montaña abajo mientras sentía los rayos de sol en su piel. No se sabe muy bien cuánto tiempo debió pasar en aquella posición pero, cuando abrió los ojos, ya había bajado el sol y pudo ver, descendiendo lentamente hacia ella leves motas doradas. Se frotó los ojos y parpadeó, luego volvió a mirar. Aquellas motas, ahora más cerca, eran pequeñas mariposas. Cuando las tuvo prácticamente ante ella, pudo comprobar que tenían silueta humana, además de alas. La boca de Carlota fue entreabriéndose mientras revoloteaban a su alrededor, dejando un rastro brillante tras de sí. Aquel día, todo Urús supo de la historia de Carlota y el Monte de las Hadas.
A raíz de aquello, muchos niños lo visitaban con la esperanza de verlas e incluso varios aseguraban haberlas visto. Pero hace algún tiempo, un niño desapareció. Había entrado en el bosque con cuatro amigos pero nunca salió de allí. Los otros niños dicen que unas motas doradas empezaron a rodearlo. Entonces, empezó a correr hacia las profundidades del bosque. Nunca lo encontraron.
Y desde entonces, la leyenda de Carlota no se le cuenta a los niños. Nadie excepto algún viajero fisgón se atreve a cruzar el límite del bosque. Las malas lenguas acusan de aquella desaparición a la brujería y la magia negra.
Ahora, se le llama el Monte de las Hayas.

_______________________


1918 en Inglaterra

jueves 29 de noviembre de 2007

Negro con pintas rojas


- Sí, esto... Quisiera hacerle una pregunta, usted sabe... No sabría yo cómo empezar.
- Vaya al grano, caballero, sin tapujos.
- De acuerdo, entonces. ¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?
- No estoy muy seguro... Quizás blanco.
- En efecto, era blanco pero... ¿Sabe usted de qué color eran las riendas?
- ¿Cómo iba a saberlo yo?
- Debería, señor, debería.
- Pues... No lo sé, supongo que de piel. De piel... ¿negra tal vez?
- Ni idea, señor. Yo nunca vi ese caballo. De hecho, ni siquiera sabía que Santiago tuviese un caballo.
- Claro que lo tenía. Era negro y con pintas rojas.
- ¿No es blanco? ¡Qué gran quimera! ¡Oh, tragedia!
- Pues sí.
- Qué curioso... Nunca he visto un caballo con pintas rojas.
- Pues debería verlo, señor, debería. Son muy apuestos y como muy... coquetos. Dibujárselas cada día... Imagínese.
- Me figuro que sí. ¿Me enseña alguno?
- Pues no se dónde están. Nunca vi caballo tal.
__________________________________
Leyendo 3 sombreros de copa.

domingo 18 de noviembre de 2007

Nunca jamás


- ¿Y qué hay allí?
- De todo, Naeem.
- ¿Hay jirafas?
- Sí. Todos los animales que puedas imaginar.
- ¿Y camellos como aquí?
- Supongo...
- ¿Y niños?
- Pues claro.
- ¿Como yo?
- Bueno... Serán casi igual que tú pero hablarán sólo en francés.
- Bah, yo hablo francés... ¿Y qué haremos allí?
- Pues viviremos en una casa grande y bonita. Y papá tendrá un buen trabajo.
- ¿Y yo qué haré?
- Tú irás a una escuela preciosa, donde te enseñarán a leer y a escribir, y también matemáticas.
- ¿Tú sabes leer y escribir?
- No, hijo no.
- Pues cuando aprenda yo, te enseñaré. Te enseñaré a leer y a escribir, ¿vale?
- Sí, todo será distinto en Europa.
- ¿Y cómo iremos?
- Pues en barco. Es muy caro viajar a Europa, seguro que son unos barcos grandes y lujosos.
- ¿Y está muy lejos?
- No, ¡qué va! Papá ha hablado con unos señores y dicen que tardaremos sólo un día. Hemos estado ahorrando mucho tiempo, ya lo sabes Naeem.
- ¿Está más lejos que Kife?
- Sí, claro, pero Kife está muy cerca. Si es donde vive la abuela.
- ¿Y ella vendrá?
- ¿La abuela? No... Ella es mayor para viajar y... Y no teníamos dinero para que viniese. Cuando yo tenga un taller, nos traeremos a la abuela, ¿te parece bien?
- Sí, pero... Mamá, el tío de Keon fue a Eur...Euro...
- Europa.
- Sí, el tío de Keon fue también y Keon dice que no saben nada de él. Y se fue hace muchos, muchos días.
- Naeem, tú sabes que aquí en Kaédi también hay ricos. Muchos ricos que antes eran pobres se olvidan de los demás como él. Seguro que al tío de Keon le pasó lo mismo.
- A nosotros no nos pasará, ¿verdad mamá? Nosotros no podríamos olvidarnos de la abuela. ¿A que no?
- ¡Claro que no!
- ¿Tienes miedo, mamá?
- No, Naeem, no. Europa es un lugar donde seremos felices. No hay injusticias, ni pobres. Es un pueblo donde todo el mundo puede trabajar y ganar dinero sin importar su tribu. Tendremos una casa y todo lo que puedas imaginar.
- Vale, mamá, ahora ya sí que quiero ir. Lo pasaremos muy bien en Europa, ¿verdad, mamá?

viernes 9 de noviembre de 2007

Verde desesperanza

Hacía años que esperaba que llegara su oportunidad, esa que dicen que viene en un tren, a toda velocidad, para llevarte a través de la niebla, más allá de las nubes. Ya te tocará algún día; le decían la mayoría como por inercia, suponiendo que era aquello lo que debían decir. Entre humo, alcohol y la medianoche en algún tugurio, era donde conseguía algunos resquicios de sinceridad. Era la sinceridad de los perdedores, de los que sabían qué era esa mentira de ganarte la suerte, a los que estaban abonados los de siempre.
Esos miserables le decían que se subiese en cualquier tren, antes de que fuese tarde. Porque, al fin y al cabo, en eso consistía la vida, en arriesgarse, en no ser de aquellas personas sin color, que ve la vida pasar y la deja escaparse entre sus dedos, rozándola, casi poseyéndola pero sin lograrlo.
Y él seguía en la estación, igual que los perdedores. Su sueño era olvidar el pasado, tener una novia, o tal vez saber quién era. Coleccionaba sueños, esperanzas y proyectos. Y todos por cumplir. Porque quizás era demasiado joven. Quizás no estaba preparado. Quizás no era su momento, y decidió que debía serlo. Y quiso subir alto, muy alto, para cruzar la niebla, atrapar su vida y oler las nubes de una maldita vez.

Pero supongo que hay veces en las que la vida te deja sentado en el banco verde de la estación, porque ese es tu cometido, esperar junto a los otros, sin que nunca llegue tu tren. Convirtiéndote en un eterno soñador, espectador de otras vidas que no fueron escritas para ti.

domingo 4 de noviembre de 2007

Pide un deseo

Cierra los ojos. Ciérralos, venga, venga. No los abras, que te veo, mamá. Así... ¡Te he dicho que no los abras! Si no te los cierro yo, ¿eh, mamá? Ahora desea algo con todas tus fuerzas. Pide un deseo. Y no me digas qué has deseado, ¡no se puede decir! ¡que sino no se cumple! Sopla, sopla, ahora. Yo te ayudo a soplarlas, mamá. Yo te ayudo. Puedo, ¿verdad? ¿Puedo? ¿Puedo? El deseo se cumplirá igual, ¿no? Es que yo quiero soplarlas... Por favor....

Cuando termina de ayudar a su madre a soplar las velas, por la mejilla de ésta resbala una lágrima. ¿Por qué lloras, mamá? ¿No se cumple? Y ella le cala más la gorra que lleva el niño para cubrir su cabeza pelona mientras el niño le sonríe. Pero no llores, mamá.


________________________________
¿Un deseo? Que nunca haya cumpleaños así.

Gracias a todos por leer Garabatos durante estos meses.
Año y medio del blog.

lunes 29 de octubre de 2007

En lugar de mil palabras (VI)

No suele gustarme publicar imágenes o vídeos en el blog - de hecho, es la primera vez que cuelgo uno - , pero creo que vale la pena. Es una selección de imágenes de la película TIERRA. Hace unos días se pidió que se publicaran posts incentivando el desarrollo sostenible. Este no es mi propósito. Si tienen un rato, veánlo y saquen sus propias conclusiones.
También os dejo el vínculo con el artículo de Pérez Reverte de esta semana que casualmente tiene que ver.

viernes 26 de octubre de 2007

Cual montaña rusa

Se está desconchando. Poco a poco va oxidándose todo que, por otra parte, nunca llegó a funcionar. Porque cada vez hay más socavones. Como ya ha pasado otras veces, se está desplomando. Y quizás sólo nos demos cuenta cuando miramos el telediario. Y puede que esto sea el principio del fin, como una montaña rusa que se detiene segundos antes de caer en picado.

Y esos segundos antes son que Barcelona parece un queso gruyère, la educación va en caída libre y puede que estemos al borde de una crisis económica. Y a nivel mundial, hace tiempo que nos estamos cargando el planeta: viviremos sin árboles, sin agua, sin oxígeno... Y sólo mencionarlo dan ganas de vomitar de lo aburrido que lo tenemos. Reciclar, reusar, ahorrar. Bla, bla, bla. Cómo cuesta impactarnos hoy en día. Qué fácil es vivir dentro de la caverna, viendo sombras de la realidad.

Y para colmo, no queremos votar. Porque es obvio, unos son malos y los otros, peores. Y para eso se nos pone Ciudadanía. Y, ¿qué hacemos? Porque quedarnos sentados y abstenernos de votar no creo que sea la solución. Dicen que somos una juventud que no tiene nada por lo que luchar. Eso dicen; pero yo discrepo.

jueves 18 de octubre de 2007

Angola



Puse el pie en el peldaño de la escalera, contuve el aire y salí. Ya estaba allí y no había vuelta atrás. Todo lo que me rodeaba era de un verde que jamás había contemplado, el de los bosques frondosos del África subsahariana. La hélice de la avioneta cesó y mi pulso se aceleró. Al caminar, la cámara golpeaba contra mi barriga. Tal como me dijeron, no me sentía capaz. Yo no había tenido la muerte frente a frente, nunca había visto morir a nadie y si se cruzaba en mi camino, ahora debería fotografiarla.

A las afueras de un poblado, sentado en el suelo árido jugaba un niño con dos piedras, babeando y metiéndoselas en la boca. Su piel oscura brillaba con el sol. Hice una fotografía a aquel niño que jugaba, ajeno a todo lo que pasaba su familia, su país. Nunca había visto aquello de una forma tan cercana y ahora me parecía irreal. Por fin había conseguido mi sueño: que me destinaran para cubrir las noticias de un lugar como aquel para denunciar todo lo que hacía a mi país desarrollado y a África miserable.

Mientras tanto, la madre del niño pedía algo de comer a unos periodistas que iban conmigo y que, a diferencia de mí, ya habían manchado de sangre y polvo el objetivo de su cámara. Le dieron algo de lo que llevaban encima para evitar que siguiese contándoles su historia. Huía de su marido para que su hijo no tuviese tan mala vida como la que le había tocado vivir a ella.

Pensándolo bien, aquel niño tenía suerte, estaba vivo y tenía familia, una madre que lo dejaba todo por su hijo. Con suerte aprendería a leer y tendría, en el futuro, algún oficio. Se casaría joven y tendría hijos que se parecerían a él. Ya no viviría tanto sufrimiento porque la guerra había terminado. Aquello me hizo sonreír. Al menos aquel niño podría tener momentos felices. Hice otra fotografía de la madre cogiendo en brazos al niño y mirándome. Lo enrolló contra sí con una tela y se marchó caminando. Los vi alejarse, recortándose su pequeña silueta en la lejanía. Sonreí y cerré los ojos para sentir el aire caliente en su piel, el olor áspero de Angola.

Al abrir los ojos, el humo cubría el lugar que segundos antes ocupaban aquellas dos personas. La explosión me había cogido desprevenida y tardé unos segundos en reaccionar. Cuando me di cuenta, los periodistas que habían dado de comer a la madre, con sus cámaras, la fotografiaban llorando mientras sangraba, sin soltar a su niño inmóvil.
______________________

viernes 5 de octubre de 2007

Sueña



Juzgaríamos con mucha más certeza
a un hombre por lo que sueña
que por lo que piensa

Victor Hugo


Ya de niño, Samuel se colaba cada noche, linterna en mano y bajo el edredón, en un mundo distinto. Buscaba entre las páginas de cualquier libro que hubiese caído en sus manos una historia que hacer realidad: un aprendiz de marinero que llega a una isla tras un amotinamiento, un chico que recibe una carta para ir a una escuela algo diferente, una niño que es llevado a un internado... Todas las historias le fascinaban.

Aunque los que más le gustaban - y le gustan - eran aquellos libros de tapas amarilleadas por el tiempo y el polvo, deslomados y que olían a sabiduría. Eran los que sabían contar historias, los que habían compartido estantería con muchos otros libros que nadie sabía dónde estaban ahora. Esos eran sus favoritos, los que heredaba de sus tíos: cinco hermanos que jugaban a ser los Cinco, viviendo veranos más parecidos a la búsqueda de un tesoro que a los suyos en la ciudad.

Ahora, que ha llovido algo desde entonces, sigue leyendo, quizás un poco menos pero de la misma forma. Recorre los clásicos con admiración y respeto y acude, ya más crítico, a los best-sellers. Sueña con empuñar una pluma de la misma forma que García Márquez y con manchar con sus letras miles de páginas.

El otro día, Samuel encontró un libro, ajado y maltrecho, que rezaba en su primera página: "Publicado en 1817". Aquel cuadernito, que no llegaba ni a libro, había pertenecido a su familia desde el siglo XIX. Creyó ver a sus tatarabuelos leyendo aquel cuaderno. Soñó que una historia suya permanecía durante dos siglos. Sacudió la cabeza y desvaneció de su mente aquello.

martes 2 de octubre de 2007

Mejor gris que negro

¡Pip! ¡Pip! Alargas la mano para apagar el despertador, aún con los ojos cerrados. La persiana está bajada concienzudamente para que ningún rayo de luz atraviesen los muros de tu sueño. Como si eso pudiese lograr que volvieras a concebir el sueño, a dormir profundamente. Como si consiguieses despertar sin un ápice de remordimiento, salir a la calle, sin pensar en ello.

Porque en ocasiones soñabas con despertar de la pesadilla a la que llaman rutina. Deseabas que tu vida diese un vuelco, fuese cual fuese. Te imaginabas ganando la lotería, trabajando de directora, pero no. Cuando despiertas te das cuenta de que aquello era el sueño. Preferirías seguir como antes, cuando todo era monótono y gris.

Aquel día no hubieses querido aparcar en doble fila pero ¿acaso tenías otra opción? Esperabas alguna plaza para poder aparcar tu Mini azul. Cuando la espera se hacía ya eterna, saliste a comprar el periódico. Pero tu coche no debería haber estado en aquel lugar cuando entraste en el quiosco porque así aquel camión no hubiese cerrado por completo la calle, al intentar cruzar esa callecita, ocupando la otra mitad de la calzada. Fue cuestión de casualidad que justo la ambulancia que llevaba a un niño que se había caído quisiera cruzar también esa calle. Justo en esta fracción de segundo. Y no, no podría ser otra calle, otra hora, otro día...

Con el camión y tu coche obstruyendo la calle, el conductor de la ambulancia decide que debe tirar marcha atrás pues nadie oye su bocina. Néstor conduce nervioso marcha atrás toda la calle, con la profesora del niño gritándole que se apresure. El enfermero copiloto intenta calmar a la mujer pero no surte efecto. Mientras el vehículo blanco retrocede, todos los coches de la calle se apartan como pueden al oír la sirena de la ambulancia. De repente, se oye un golpe seco contra los cristales pintados de la ambulancia. Y Néstor supo qué había sido.

Porque hay veces en las que quieres y no puedes. Porque cuando suena el despertador no quieres levantarte. Porque no somos capaces de decidir cómo vivir. Porque Néstor lloró. Porque podrías culparte del accidente. Porque hay días grises. Porque a veces es mejor un día gris que uno negro.

jueves 20 de septiembre de 2007

Juguemos


"Es un juego, abuela. Mira, cierra los ojos y viaja donde tú quieras. Siempre funciona y así el tiempo pasa deprisa."

La anciana cierra los ojos y vuelve a abrirlos. Siente el frío en su nariz, es la única parte que sobresale de la manta. Será un día frío, lo dijo mamá. Se levanta y corre las cortinas. El sol brilla tímidamente mientras la nieve cae lentamente sobre el jardín. Los abetos en la montaña están cubiertos de escarcha y los arbustos del camino que lleva al pueblo ya no se ven. La casa está delante del sendero, en medio de prados. Nadie se esperaba que nevara tan pronto. Nunca nieva por Santa Clara, nunca. La niña se pone unas botas y el abrigo granate sobre el camisón y se aleja corriendo, dejando huellas en el camino. Salta una valla y sigue corriendo montaña arriba. Pronto se ve tan sólo una mota burdeos en la inmensidad blanca.

Cuando se adentra en el bosque, aminora el paso, jadeando. Mira a ambos lados, reconociendo cada árbol, cada milímetro de la tierra. Los abetos cada vez están más juntos y las hojas espinadas le arañan las manos blancas pero no deja de andar hasta llegar a un claro. Ya no nieva y el suelo no tiene escarcha sino una alfombra de hojas rojizas. Se quita el abrigo y se estira sobre ellas, mirando el sol. En aquel lugar, la palabra tiempo perdía su significado.
Abre los ojos. En efecto, el tiempo parecía haber pasado deprisa, tal como le dijo su nieta cuando la vio por primera vez en aquella silla de ruedas. Aunque del bosque de hojas burdeos nada queda, todo lo que le rodea es blanco. Un abrigo gris le desafía a salir de la calle desde el perchero. Se levanta despacio, doliéndole todos sus huesos y apenas rozar el abrigo, la enfermera irrumpe en la habitación, frustrando su deseo.

- Señora Aurora, no puede usted salir a la calle.
- Puedo hacer lo que yo quiera - responde ausente la anciana.

Y Aurora cierra los ojos y sonríe.

martes 11 de septiembre de 2007

¿Qué tendrá Italia?

ROMA

martes 4 de septiembre de 2007

¡Vencedores!

La mayoría volvían exultantes, radiantes de felicidad. Se creían vencedores, sí, aquella primavera del año mil ochocientos nueve. Franz exhibía una de sus mejores sonrisas ondeando la gloriosa bandera del Tirol, mientras desfilaba cantando por las calles. Su primera batalla y su primera victoria. Le enorgullecía haber servido a su patria y se sabía un héroe para los ancianos, las mujeres y los niños que les contemplaban desde los portales de sus casas. Volvía más rudo, más valiente y más admirable para las muchachas. Qué éxito tendría ahora, les contaría sus hazañas, las adornaría o haría suyas las de otros mientras sus amantes suspirarían entre sus brazos ante tanto coraje y valor. Sería conocido en todo el Tirol como uno de los que lucharon contra Napoleón.
Todos los soldados marchaban al ritmo del tambor de Wilhelm, aquel tambor que había contemplado morir a tantos, tantos hombres, de indistinto bando. Lo había tenido que limpiar de sangre, ajena y propia; de soldados caídos suplicando el perdón o un último golpe que les evitara sufrir, encomendándose a quién le escuchara. Aún podía oír la música de la guerra, los alaridos y los disparos; estos pensamientos lo tenían absorto mientras caminaba, golpeando monótonamente el instrumento.
A la cabeza iba el capitán Gottfried, con el semblante sombrío. Ésta no era la primera vez que Gottfried se calzaba las botas y empuñaba la espada, y sospechaba que todo aquello aún no había terminado. Él era un veterano que había visto morir a amigos y enemigos y no distinguía ya una batalla de otra. En otra época también él había creído en la Revolución, en el honor y la justicia pero la vida habíale dado otros valores, distintos de los de antes, aunque no menos valiosos. "Aunque vayamos a perder, luchemos, hagámosle sangrar la nariz al enemigo" dijo a sus soldados, en una ocasión, cuando creyeron haberlo perdido todo - . Lo único que esperaba Gottfried era poder estar ahí, en la próxima batalla, para esquivar - o tal vez no - el certero golpe de un soldado enfrentado.
_________________________________
3 personajes de la pintura de Franz von Defregger:
Heimkehr der Sieger. Museumsinsel, Berlin

domingo 26 de agosto de 2007

Otra tarde de domingo

La luz de aquel bar era del mismo naranja de la araña del techo de casa de mi abuela, esas lámparas barrocas con cientos de cristales minúsculos que se multiplican en destellos. De pequeña, solía mirarla adormilada en esas tardes de domingo, después de haberme empachado con una merienda deslavazada que consistía en: una cuajada - sabía que no me gustaban pero, aún así, siempre volvía a probarlas-, una tostada con nocilla, otra con jamón y leche al final. Eran tardes extrañas, donde nunca parecía pasar el tiempo en aquella casa, con Espinete en la pantalla y los pobres abuelos intentando entretenerte. Las tardes de domingo son un fenómeno extraño que deberían estudiar. Todo el mundo sabe de ese sentimiento: haberse pasado el día encerrado en casa, con dolor de barriga por haber matado el aburrimiento comiendo, con los ojos fijos en el televisor y el aburrimiento ejerciendo su poder más aturdidor.

Decía que el bar tenía una luz naranja. Era como cualquier otro bar: con una barra, taburetes altos y redondos, de los de madera que giran. Ese bar de tapas estaba en la calle Balmes, tocando a la plaza Kennedy. Era un sitio pequeño y rectangular, como un pasillo. Aparentemente, las personas que había allí eran normales y corrientes, de la que ves por la calle y no te fijas. Pero aquellas personas, un domingo por la tarde, en aquel bar, las hacía diferentes.

Dos estudiantes con sus carpetas de la universidad en el enorme bolso de tela, con botas planas de punta redonda y falda por la rodilla estaban sentadas en la mesa más cercana a la puerta. Reían y gesticulaban, bolígrafo en mano, sobre algo que había escrito en sus libretas. La camarera altiva, con su delantal azul mecánico, retiraba tranquilamente lo que debía haber sido la comida tardía de un hombre delgaducho de barba cana que leía un periódico deportivo. Hablaba con él otro tipo muy alto y corpulento, bien afeitada toda su cabeza, con un abrigo de piel negra como la suya propia, que sólo dejaba ver los zapatos enlustrados del mismo color. Lo único que sobresalía en aquel hombre de luto era el cuello de la camisa y sus dientes. Hablaban de temas banales, como si no se conociesen. En la mesa del fondo, dos tipos trajeados, uno extranjero y otro de aquí, hablaban en inglés de asuntos de su empresa.

Y yo me aburría. Sentía en mi estómago la misma sensación que en casa de mi abuela. Sentada en aquel bar, empecé a divagar muy lejos de allí, como cuando era pequeña. La realidad que veía era demasiado común. ¿Cómo debía de ser las vidas de aquellas personas? En el aeropuerto solía - o suelo, realmente sigo haciéndolo - inventarme la razón por la cual la gente se encuentra allí: ir a recoger a su mujer, viaje de trabajo, etc. Así que, recordando aquello, sáqué de mi bolso un bolígrafo y empecé a escribir en el mantel blanco de papel del bar, a dibujar sus vidas, darles color y quitarles la aburrida y normal imagen que daban:
La más menuda de las estudiantes era adoptada. Como tantas otras, desconocería toda la complicada vida de sus progenitores: su madre biológica había muerto al dar a luz en algún antro infame de Vietnam, después de ser repudiada por su familia a causa del padre de la niña, un soldado americano que vio en su madre un desahogo. A los pocos meses, volvió a su país prometido con la hija de un capitán.
La otra estudiante era de origen irlandés. Su abuela se había exiliado en España, cruzando toda Europa con sus doce hijos, después de ver morir a su marido a manos de la guerrilla irlandesa. Aquella historia se la había contado su abuela alguna vez, sin lograr la atención de la pequeña. La chica no era consciente de cuánto había vivido aquella anciana que descansaba muda en el butacón de la sala común del hospital.
La camarera de aquel lugar había sido, en otro tiempo, monja clarisa, benedictina o de cualquier otra orden. Fue el deseo de su madre desde que nació ella, la octava de doce hermanos. Al morir su madre, ingresó en el convento aunque poco tardó en salir pues vio que, en un mundo como este, encerrarse a rezar no era la solución. Ahora trabajaba de camarera con la esperanza de encontrar un mejor empleo que nunca llegaba y, a final de mes, enviaba casi todo su suelo a unos familiares lejanos de Bolivia. Los días que libraba en el bar, iba a ayudar a unos comedores públicos, sirviendo comida a mendigos. La mayor voluntad de la camarera del delantal azul era ganarse el cielo, costase lo que costase, con resignación y abnegación. No era una buena persona, tan sólo quería cumplir su objetivo, como cualquier otro trabajador que pisa a quien sea con tal de ascender. Aquella mujer debía esforzarse en hacer cosas buenas. Le sonaba extraño a la gente cuando lo contaba, por eso acabó escondiendo a los demás los años en el convento y su propósito en la vida y por ello mismo, cada vez que le preguntaban la edad, restaba seis, el número de años que había sido desterrado al lugar más recóndito de su memoria.

El hombre de negro andaba en Barcelona investigando un asunto de fraude fiscal en la Costa Blanca que había salpicado la ciudad condal. Odiaba las cenas de trabajo y se refugiaba en cualquier bar a charlar con algún desconocido, con los que no se sentía obligado a ser sincero. Rico ejecutivo, hastiado contable o presentador de televisión en su país. Según el día inventaba un personaje distinto y, aquel día, era un valiente ex-marine. Lo que no sabía el hombre de negro era que estaba sentado, hablando con un antiguo miembro del CESID que creyó apostar a caballo ganador en un caso y ahora escondía su anterior oficio y aquel fracaso tras el mostrador del colmado de la esquina. El ex-agente del CESID, el hombre de barba cana, supo desde el primer momento que aquel marine no era aquello que decía. Pero, ¿qué importaba? Él tampoco era sincero. Quizás así, era más divertido. Ninguno de los dos sabría nunca de la vida del otro.

Los dos tipos trajeados de la última mesa habían dejado de hablar en inglés para entablar una charla susurrando en algún idioma lejano que bien podría haber sido finlandés o swahili. Eran altos ejecutivos que habían escogido un bar como aquel para hablar sobre un nuevo programa informático que patentarían al día siguiente y que, esperaban, les hiciese multimillonarios. Habían quedado en un lugar como aquel, pues no se fiaban ni de su sombra. Ninguno de los dos residía en Barcelona pero se habían encontrado aquí para firmar los contratos que los hacían dueños de aquel software. Realmente no confiaban en el otro pero sí lo hacían en aquel programa. Lo venderían a algún gobierno o alguna gran empresa que quisiese esconder asuntos turbios. No era un invento moral, ni ayudaría a detener el hambre en el mundo pero, sin duda, les iba a hacer muy ricos. Se miraban con recelo, llenos de avaricia y leyendo bien todo aquello que tendrían que firmar. Cada vez, medían más sus palabras y las del otro, no querían dar un paso en falso.

"La lenta mirada del ejecutivo de cabello ralo observaba al otro incomodándolo." Fueron las últimas frases que escribí antes de darme cuenta que había usado casi todo el mantel dibujando y escribiendo y la camarera me miraba desde lejos con cara de circunstancias. Al mirar alrededor, la gente se había marchado y sólo quedaba yo, "garabateando" aquel mantel observada por la dura mirada de la - para mí - monja-camarera. Sonrojada, me levanté y fui al baño. Allí me di cuenta que había dejado todas aquellas historias escritas en el mantel que recogería la camarera. Salí del baño escopeteada. La camarera se había marchado y sólo se oían ruidos de platos en la cocina. Cuando fui a recortar el pedazo de mantel que contenía las historias, descubrí que no estaba. En su lugar, otro mantel blanco y limpio descansaba para el día siguiente. Desilusionada, me quedé contemplando el trozo donde debía estar mi letra. Cuando salí de mi ensimismamiento, me di cuenta de que sí había unas letras sobre el nuevo mantel que rezaban: "¿Y cuál es tu historia?"

Quince minutos

Siempre le hacías esperar unos minutos, quince o tal vez más. Aquellos minutos se le hacían eternos. Te gustaba verle desde lejos mientras ibas avanzando firmemente hacia donde estaba, hasta que levantaba la mirada para verte llegar tan elegante como siempre, con la sonrisa puesta. Tus ojos clavados fijamente en los suyos, sin un ápice de vergüenza, obligándole a bajar la vista.
Te gustaba hacerle esperar. Quince minutos, o más. ¿Y si no vienes? ¿Y si estoy aquí esperando y no vienes? Vendrás, seguro, tienes que venir. Y acababas llegando, cuando ya empezaba a mirar su reloj como si fuese a decirle cuánto más ibas a tardar. Siempre llegabas en aquel momento, haciendo olvidar su enfado con aquella mirada fija.
Por eso aquel día no se sorprendío, tan sólo eran unos minutos más. Vendrías, con tu andar elegante, clavarías tus ojos en los suyos y le sonreirías haciéndole apartar la vista. Vendrías. Unos minutos más y tendría allí tu sonrisa y la brisa que le haría olvidar su espera. Allí estarías. Tan sólo un minuto más. Uno sólo.
___________________________

martes 21 de agosto de 2007

Seis cuerdas

Sé que en el fondo lo sabes. Estás cansada de esperar a que me digne a mirarte. Sacar lo mejor de ti también depende de mi habilidad, y es justo reconocer que no la tengo. En otras manos serías maravillosa y con tus dotes deleitarías a pobres y a ricos. Pero el nefasto azar te puso bajo las órdenes de un burdo aprendiz rudo y tosco, más acostumbrado al arado que al arte. Yo no ensayaré largas horas hasta que una dulce melodía nazca de tus cuerdas, ni te tendré entre mis manos como mi más preciada posesión. Mi pasión está en el buen comer, en la taberna y el juego y tú sólo eres mi capricho, mi signo de distinción.
Tan sólo te queda la resignación y soñar; soñar con que un día caigas en las finas y habilidosas manos de un trovador y que te escuchen unas bellas princesas, engalanadas de seda y oro, en la más grande estancia de palacio. Porque, al fin y al cabo, eres mía aunque no te merezca.

sábado 18 de agosto de 2007

Ciudad de huellas

Berlín, agosto 'o7





_________________________________________________
Biblioteca del Estado, Catedral y Gerdarmenplatz.
No podía escoger una sola. ¿Cuál les gusta más?

martes 31 de julio de 2007

Una última página


Una última página de un libro. Oír el ruido de la gruesa contraportada cerrarse para no volver a abrirse, de aquella forma, con aquella ilusión. Hechizo que se desvaneció a medianoche, roto. Novedad que es ya recuerdo. Nostalgia de una pasión que no tornará.
Ser capaz de crear una sensación así, rozar el cielo.
___________________________________
Podría ser el Verdadero primer post de mi blog.



sábado 21 de julio de 2007

Veranos en el pueblo




Un pueblo de misa de domingo, de llonganisses, de naranjas, viñas y arroz.

Se llega por una carreterita estrecha bordeando árboles frutales que ocultan el refugio de aquellas gentes. Edificios nuevos de tres plantas a ambos lados del Paseo dan la bienvenida al recién llegado; es la zona nueva, donde apenas queda un regusto de la esencia de lo que fue. El siglo XXI trajo consigo una invasión de chaleteros y domingueros resueltos a construirse un casoplón como si aquello fuese Palm Beach.

Adentrándote en las calles viejas, la mitad norte del pueblo, es donde aún residen los fantasmas de otras generaciones, historias de tus antepasados que todo el mundo recuerda, comparte y comenta al pasar por tu lado. Un escarceo de tu tatarabuela con el carnicero, un abuelo que siempre tiene frío, cualquier escusa es buena para sacarte un mote o ser objeto de susurros - o más bien, exclamaciones a voz en grito -. Allí aguarda la identidad castiza del lugar, donde nadie quiere estar en boca de todos pero tampoco fuera de ellas, donde todos se conocen y lugar no hay para forasters.

Recuerdo pasar tardes de hastiado poniente ardiéndote el gaznate y exprimiéndote las ganas y la voluntad. Tardes en las que desenterrar juguetes de nuestros padres en el altillo era la única opción para luchar contra el reloj, pues los columpios del parque quemaban a grados cercanos a la fundición. Jugábamos a ser piratas berberiscos, apuestas dueñas de tiendas de moda o sabios del lejano oriente.

Una vez mi abuela y yo, en una de mis largas estancias veraniegas allí, compramos una sandía, la vacíamos e hicimos dibujos quitando la piel más verde y metimos dentro una vela. "Això és un sereno, filla" Era un sereno, sí, ya me lo había dicho, pero no sabía muy bien para qué servía pues estaba acostumbrada a las muñecas rubias con vestidos de color fucsia. "En això te'n has d'anar cantant la cançó del sereno, en els altres xiquets". Y, recelosa, así lo hice: fui con la sandía/luz/sereno al jardín y todos los niños empezaron a cantar la canción.

El sereno tiene un perro
que se llama Capitán
y a la una de la noche
se ha comido todo el pan.
Chicho morral tancat en el corral.

"Al fin y al cabo, pensé, esta especie de juguete sirve para hacer amigos."

El pueblo es un lugar tranquilo, donde casi nunca pasa nada. Excepto en fiestas. En primavera, los barrios se inundan de cartón yeso de colores, de procesiones y de mascletàs. En cambio, en agosto, la plaza de la iglesia se torna la Maestranza, por donde desfilan: toricos al amanecer, vaquillas al medio día y bous embolats de madrugada.

Ahora que volver es más difícil, lo voy a echar de menos. Desayunar caracolas de chocolate, comer las paelles de carn o llonganisses y cenar bocadillos en el pub de la costereta. No volver a subir en bici al Castellet, ni usar velas de colores deshecha como comida para muñecas, ni oír emocionada las travesuras que años atrás habían hecho mis tíos. Nostalgia del pueblo, nostalgia de ya no ser una niña.
__________________________________
Imagen: Bien podría ser del pueblo en cuestión pero no encontré ninguna
foto en Internet. Buscaré en algún álbum.

miércoles 18 de julio de 2007

Città eterna

Roma es una ciudad bonita, muy bonita. Quizá es de las imágenes más feas que podrías conservar de la ciudad. La fontana di Trevi, el Colosseo, cualquier otro lugar sería más bonito. Y tengo esas fotografías típicas de todo turista - sí, incluido la que salgo tirando una moneda a la fuente -. Pero ésta no. Ésta es única. Escogí un buen día para visitar Roma. ¿Cada cuánto graniza allá? ¿Mala pata? Según como se mire. Fue el mejor cumpleaños que he tenido, sin duda.

viernes 29 de junio de 2007

Atardecer en el mar


Y me zambullí aquel atardecer. Habíamos atracado en aquella pequeña cala. Con el frío acolchado en el cuerpo, abrí los ojos tras las viejas gafas de buceo. Al mirar al fondo, todo lo que pude ver fueron cientos de melenas ondeando. Las sirenas se reunían en aquel lugar y yo era testigo. Estaban quietas y no se movían; sólo sus cabelleras se balanceaban con las olas, sin dejarme ver sus caras o sus colas; eran sirenas, de eso estaba segura. Quedé maravillada y apenas me di cuenta cuando se me acabó el aire. Volví a la superficie, procurando no echar burbujas e interrumpir su canto. Boqueé un par de veces, tratando de retener todo el aire de aquella isla en mis pulmones y volví a sumergirme. Las sirenas seguían sin moverse y de golpe, cientos, cientos y cientos de peces me rodearon. Todos de la misma especie pero de mil tamaños. Como un espejismo, intenté tocarlos pero fue en vano. Estaba en medio de un millar de peces y apenas podía rozarlos. Nunca había imaginado una sensación como aquella. La humedad calada, las manos arrugadas y exhausta, pero inmóvil ante aquello tan sublime. Cuando ya no pude más, saqué la cabeza del agua. Estaba oscuro. Volví a mirar hacia el fondo y no había rastro de los peces, ni siquiera de las sirenas. Sólo un triste pez gris vagaba a mi lado sobre matas de alga. La imaginación me había vuelto a traicionar.

___________________________________
Menorca. Agosto 'o6
Imagen: Los peces no eran así pero no tengo foto de aquel momento.

Quisiera poder


Vivir miles de años sin haber perdido la inocencia.
Abarcar el mar con las manos, sin llenarlas de sal.
Comprobar que Dios existe, sin tener que sacrificar mi fe.
Conocer cada rincón del universo, sabiendo que aún me quedan mil lugares por descubrir.
Decidir, sin cargar con las consecuencias.
Saber todo lo que han sabido nunca los hombres, sin sentir el grueso peso del conocimiento.
Saber el porqué de todos los misterios, teniendo la ilusión de no saberlo todo.
Poder ver el otro lado de la luna y tocar el sol sin quemarme.
Quisiera tener poder, pero me conformaré jugando a que lo tengo.



miércoles 20 de junio de 2007

Noche de verano

"Es una hermosa noche de verano.[...]

En el cénit, la luna, y en la torre,
la esfera del reloj iluminada.
Yo en este viejo pueblo paseando
solo, como un fantasma."

Antonio Machado
___________________________________

Cerró el libro de golpe. Se levanto y descorrió las cortinas. Era, en efecto, una hermosa noche de verano. Y el mar se removía inquieto ante sus ojos. La sombra de lo que pudo haber sido aún vagaba por la casa, entre las cajas de cartón sin abrir con el logo de la agencia de mudanzas. Tras dejar el libro tirado sobre la mesa, abrió la puerta de aquella casucha, y salió. Aún no sabía dónde pero no iba a quedarse allí esperando. Tenía todo un verano por delante.

miércoles 13 de junio de 2007

Escalofrío


Me desperté sobresaltado en mitad de la noche y entonces escuché el ruido metálico de algo que se deslizaba por el pasillo. La luz de la luna se colaba en mi habitación, dibujando figuras espantosas. Estiré las sábanas hasta que me cubrieron la nariz. Aquel gemido metálico se iba acercando a mi habitación y las sombras, cada vez más grandes, impedían que la luz llegara a mi rincón. Pam, pam, pam. Estaban más cerca. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Alargué la mano para notar su presencia al otro lado de la cama. No estaba.
De repente, se hizo la luz.
- Ay, Antonio, el baño cada vez está más lejos. - dijo mi mujer agarrada al nuevo andador.
__________________________________
Imagen: Pasillo

lunes 4 de junio de 2007

Bop

Sopla sin miedo, con esperanza porque se sabe capaz de conseguirlo. Un grácil reflejo de sol, recuerdo serpenteante de un arco iris que se hincha y oscila, temeroso por su corta vida. El niño admira satisfecho su obra, viéndola precipitarse elegantemente hacia abajo. Se agarra la camiseta. Ojalá pudiese tocarla, llevársela del hado inminente. Entorna los ojos, no quiere verlo. Al abrirlos, el rastro de jabón en el suelo desdibuja de su rostro el sueño. Tira al suelo el bote y se va corriendo a por la pelota. No volverá a confiar en algo tan efímero y etéreo.

_________________________________________
Reto: Encuentren un título, yo no he sido capaz... Quién sí ha sido capaz
Imagen: La encontré por ahí. Me encanta.

domingo 3 de junio de 2007

Por mirar hacia otro lado...


Porque hay días en los que te sientes más culpable que otros: por no hacer nada para cambiar el mundo, por no inmutarse al ver las desgracias y por no querer ver el telediario para no sentir la punzada de culpabilidad por no acordarse de ello dos minutos después.
________________________________
Fotografía: E. Morenatti. Fotógrafo jerezano que fue secuestrado (y puesto en libertad días después) en Gaza en 2006. ¿Lo recordáis? ¿No? Pues supongo que ya sabéis a qué me refiero .

sábado 26 de mayo de 2007

Un lugar donde perderse...

Verano 'o6. Rodas, Grecia.
(Hacer click para ampliar)

No creo a pies juntillas que "una imagen valga más que mil palabras" pero en esta ocasión creo que no es necesario tratar de llenar espacio innecesariamente.

sábado 19 de mayo de 2007

Retales de la viuda del Conde de Trillo (Parte II)

(Parte II de II)

Ahora desvaría en el hospital. Yo sé que está cuerda, aunque no quiera decirlo. Me llama Teresa. Yo me llamo Ángela. Pero ella me llama Teresa. Porque es así. De hecho, nos llama a todas Teresa, da igual a qué enfermera le toque el turno, ella pronunciará su propio nombre para llamarnos.

Todo lo que sé lo he oído de boca de su hija. Con el corazón compungido y a escondidas, escucho a una señora de setenta y tantos discutiendo con su madre de casi cien años. Discutiendo como si ellas no hubiesen sufrido el paso del tiempo, la madre le riñe diciéndole que no va nunca a verla mientras la hija suspira cansada de una vida a su lado. Cambian las situaciones, el motivo de las discusiones y la apariencia pero siguen igual que antaño. No se ha separado de su madre desde que llegó de la luna de miel.
"¡No me casé con una, no, me casé con dos!" exclama siempre el marido de ésta cuando se enfada.
No sé por qué me interesa esta historia. Aquí, en el hospital, hay miles de historias cada día pero esta me atrae especialmente. Será porque me siento identificada con su hija. Es como una enfermera que trabaja por obligación. En vez de cobrar por ello está pagando una deuda. Le paga a la viuda que le diera la vida. Este ha sido un precio elevado...
La afición favorita de la condesa es jugar con su vista. El otro día vinieron su nieta Amparo, de unos cuarenta, y su bisnieta Laura, de diecisiete. En aquella sala, había nada menos que cuatro generaciones de aquella familia, de la estirpe de la condesa.

- ¡Hola Carmen! ¿Cómo estás, hija?
- Yaya, soy Amparo...
- ¡Estás muy guapa!
- ¿Sí?
- ¡Yo es que ya no veo nada, hija!
- ...
- ¡Qué vestido más bonito llevas, Carmen!
- Soy Amparo, te he dicho...
- Y qué tela más bonita con estas florecillas tan pequeñas...
- Sí, eso sí que lo ves, ¿eh, yaya?
- ¿Ver? Qué va... Yo nada de nada, pobrecita de mí.

Alguna vez he hablado con su hija. Es una mujer afable, de pelo blanco, tez arrugada pero muy moderna, siempre viene con sus tejanos, su camiseta y su bolso de piel. Ella y su marido viven más tranquilos desde que su madre está ingresada aquí. Me contó que antes de ingresar aquí, a la condesa le dolía la pierna y ésta le decía al marido de la hija que sus dolencias eran por su culpa, que se lo estaba contagiando. Todo porque él tiene una parálisis en la pierna. La verdad es que la hija tiene un espectáculo en casa. Me ha contado alguna vez que, cuando ella los deja solos, se enfadan y uno va corriendo, bastón en mano, persiguiéndo a la otra, como dos críos pequeños.

Para la condesa Teresa, aunque nunca vayas a leerlo.

Echaré de menos tus historias.

miércoles 16 de mayo de 2007

La viuda del Conde de Trillo


(Biografía)


Diría que la viuda del Conde de Trillo es una de las personas más peculiares que he conocido. Yo no tenía conciencia aún cuando las arrugas se regocijaban en cada centímetro de su piel. Es la persona más más anciana que nunca he conocido, una privilegiada. Ha vivido el siglo XX y siete años del XXI. Y ya veremos lo que le queda. Tenía cinco años cuando el Titanic se hundió y noventa y cinco cuando se cayeron las Torres Gemelas. Entre medio ha vivido sucesos tan importantes como la III Revolución Industrial, las dos Guerras Mundiales, la civil, la descolonización, la revolución bolchevique. En fin, ha vivido la mayor parte de mi libro de historia.


Valenciana de nacimiento, la única chica de siete hermanos, con lo que siempre fue la preferida. En Madrid, se enamoró de un señorito andaluz, de educación exquisita y de una familia rica venida a menos. Coincidían - porque él lo hacía coincidir - en el tranvía. Él fue su gran amor y su gran conquista. Todo un conde para una chica guapa de pueblo. En realidad, el señorito andaluz no era conde sino el padre de éste, pero ella siempre adornaba las historias que me contaba de su difunto marido.


Su vida no fue fácil, aún casada con un muchacho bien, tres hijos, porque su madre murió en un accidente doméstico preparando unas natillas a su nieta. Dicen que las desgracias vienen de tres en tres, a ella se le murió la madre, el marido y su padre enloqueció. Y todo esto en plena posguerra. Ella siempre quiso tener a su padre en casa, a pesar de sus ataques, muy luchadora como siempre fue.

Pasaron unos años malos. Prácticamente, nunca trabajó y se dedicó a vender sus objetos de valor hasta que el hijo mayor tuvo edad para trabajar. Más tarde, se casó su hija y ella vivió en su casa, ayudando a cuidar a sus nietos.
____________________________
Lejos de ser ejemplar, fue una abuela que estuvo ahí, cuando se la necesitaba. A sus nietos, los reñía, les hacía la merienda y les tejía jerseys. Y ellos a ella, pues le daban disgustos. Una vez los niños crecieron y se fueron de casa, la viuda se trasladó a una casa sola hasta bien entrados los noventa. Le encantaba gozar de libertad para hacer lo que quisiera, aunque por teléfono contase lo mal que estaba. Cuando ya no pudo, fue viviendo una temporada con cada uno de sus tres hijos. Murió un día de agosto bochornoso a los 100 años y unos días cuando me encontraba en Berlín.
Quiso cumplir los cien, creo que fue su último propósito. Recuerdo decírselo de pequeña, cuando ella tenía ochenta y tantos. Siempre exclamaba: "Ai, mante, als cent, no arribaré no!" Pero entonces sus ojos brillaban sonrientes.

domingo 13 de mayo de 2007

Consejo de guerra


Porque las horas se vistieron de frío,
Mientras el vaho empañaba las huecas palabras
Rompiéndolas, sin dar pie a rasgar el silencio.
Los cuerpos a un centímetro en el espacio.
A mil años en el tiempo.
El vacío desterraba las emociones.

El sofá quería el armisticio
Pero ni tú ni yo estábamos ya en aquella guerra.
El frente había desertado,
y causa no había por la que luchar.

Es cierto, mea culpa. Acúsame.
Entiérrame años luz de tus recuerdos.
Piensa, si te place, que yo fui el detonante,
que antes del delito, no hubo bombardeos.

jueves 10 de mayo de 2007

Se vende

Se vende piso en barrio residencial y moderno de Barcelona, a diez minutos del centro en metro. Setenta metros cuadrados. Sesenta millones de las antiguas. Teléfono de contacto.

Un joven marca el número en su móvil. Un pitido, dos, tres, cuatro. Va a colgar cuando:

- ¿Quién es? – escupe una voz anciana con malas pulgas.
- Mmm – dice el joven, amedrentado y con la voz titubeante – Sí, hola. Llamo por el anuncio del periódico.
- ¿A qué número llama, hijo?
- Al novecientos treinta y dos, ciento veinticua…
- Atienda, dígamelo uno por uno, más alto y más lento, que el sonotone funciona pero no hace milagros.
- Veamos, nueve…
- Sí…
- Tres…
- ¿Tres? ¿Está seguro?
- ¡Pero si eso es el prefijo, señor!
- ¿Qué prefijo?
- El de Barcelona.
- ¿Así que usted es de Barcelona?
- ¡No, yo no, usted! Y yo quiero comprar su piso.
- ¿Y cómo dice que sabe que yo soy de Barcelona?

“¡Menudo idiota! Los viejos no se enteran de nada. Y encima me toca un sordo.” piensa el joven. Suspira.

- Sí, a ver, le llamo por el anuncio del periódico.
- ¿Periódico? Mire, hijo. No me interesa. ¡No quiero publicidad! Con la pensión que cobro, no me llega apenas para unos cigarritos. ¡Y de vez en cuando! Porque mira, me compré un paquete en enero y me dura hasta ahora… Ya ve.
- ¿Qué me está usted contando? ¡Le digo que le llamo por el anuncio! ¿Vende un piso?
- ¿Yo?
- Sí, usted. ¿Cree que estoy para jueguecitos? Estoy interesado en su piso.
- En efecto…
- ¡Eh! ¿Lo puedo ir a ver o no?
- No se lo recomiendo. Usted sabe, está lleno de cuervos. Son una plaga…
- Mire, que le cunda. Muy buenas.

El joven cuelga enfurecido.

- Papá, ¿querían comprar el piso? – le pregunta su hija al anciano nada más colgar.
- No, hija, no. Se habían equivocado.
- ¡Parece mentira! Y luego dicen que suben los precios de los pisos como la espuma porque hay mucha demanda… Es una pena que no podamos pagar ya la residencia y tengas que esperar a que se venda el piso.

El anciano se va hacia el baño cojeando y murmura:

- Malnacida… A una residencia yo… Cría cuervos…

domingo 6 de mayo de 2007

Una estrella para ti


Uhm… Esto, ¡hola! No sé muy bien qué hacer ni cómo. Ni tampoco cómo he llegado hasta aquí, supongo que mis pasos... Ya sabes. Sólo había estado en un lugar de estos un par de veces antes y de pequeño. Vengo por Marisa – se supone que ya la conoces – y tengo que hablar contigo. Ella me decía que debía venir y tratar de hablar contigo porque, de lo contrario, llegaría un día, cuando fuese anciano, que me arrepentiría. Y aquí me tienes, como un palurdo, hablando contigo sin creer nada. Es o era - como cuesta ¡joder! - una chica espontánea y guapa, no de esas bellezas conquistadoras que llaman la atención pero era guapa, desde luego. Tenía el pelo de color bronce ondulado y siempre lo llevaba recogido en un moño alto y deshecho. Su cara pálida llevaba tatuada permanentemente una sonrisa que hacía imposible enfadarse con ella. Lo que más me llamaba la atención, lo que me enamoró de ella, fue su inocencia. Nunca hizo nada con maldad. No creo que la llevara en sus genes siquiera. Angelical. Y siempre cantaba. No le daba ningún tipo de verguenza y solía ir cantando - casi a voz en grito - por la calle.

La verdad es que a menudo me pregunto cómo pudimos acabar juntos. Aquel día, un trece de abril, si no me equivoco, me lancé. No estaba previsto, ni siquiera fui dueño de mis actos y, si hubiese sido consciente de lo que hacía, jamás lo hubiese hecho. Estábamos sentados en el portal de su casa, que la había acompañado porque me iba – prácticamente – de camino. Estaba embriagado de ella y, en cuanto me di cuenta de lo que hacía, pensé que se echaría hacia atrás, pero no lo hizo. Después, sonrió y, sin mediar palabra, desapareció tras el cristal. Y así pasaron los meses. Unos meses inolvidables, de los que apenas recuerdo su risa y sus canciones. Unos meses con estrella. Yo nunca había sido un tipo con suerte y ella lo cambió todo. Empecé a contagiarme de sus sueños y de su alegría. Es todo cuanto queda ahora: sueños por cumplir y recuerdos a los que me aferro para no naufragar.

En realidad, no sé porque te cuento todo esto si eres un cotilla y lo sabes todo. Aunque, de todas formas, tal y como es Marisa, seguro que te lo contó. No me resulta tan raro hablar contigo, aunque este compadreo no sea digno ni propio. Pero no me sale tratarte con más respeto. Te guardo algo de rencor. Por todo lo que has hecho y lo que no has hecho. Al fin y al cabo, en parte, tienes algo de culpa. Era demasiado angelical para envejecer y te la llevaste. A mi estrella, sr. Dios.
A Mery.

lunes 23 de abril de 2007

La niña caprichosa

Personajes

LUISA Hija
ANGUSTIAS Madre
MARTÍN Hijo
PACO Padre
TOMASA Mujer de Martín
Escena I

(Se abre el telón. Se ve el interior de una casa rural. A la derecha, ANGUSTIAS está sentada en una mesa de madera pelando patatas. En la otra, LUISA, pincel en mano, estirada sobre una cama. Todo el escenario en penumbra excepto un foco que ilumina a ANGUSTIAS o a LUISA dependiendo quien hable.)

ANGUSTIAS Yo soy una buena mujer y sólo deseo que mi hija sea una más, que se preocupe de buscar marido, el que sea, que la mantenga y que ella se dedique a tener hijos. Como la esposa de su hermano mayor. Mi Martín es un chico que sí tiene las ideas claras. Ya se ha casado y su mujer está embarazada. Ella no es suficiente para mi hijo, no creáis, pero al menos se casaron. Eso es lo que yo quiero para Luisa. No hace falta que el chico sea un portento, sólo que la aguante y que tenga algunas tierras que heredar cuando su padre muera. Que la enderece y la tenga ocupada criando hijos. ¡Eso necesita!
Porque yo quiero ser abuela y tener nietos regordetes y de mofletes rosas a los que malcriar y tener, pero sólo cuando yo quiera, un ratito nada más. Mucho rato, los niños son un incordio. (Suspira) Quiero llevarlos a misa, para que las demás del pueblo vean que lo guapos que son y hacerles pasteles. Muchos pasteles, para que estén bien gordos. Porque mis pasteles son buenísimos. ¡Los mejores del pueblo! Mis nietos estarán ¡gorditos, gorditos! Y no como mi hija que tiene cara de enferma, toda pálida y delgaducha. ¡Es mi angustia esta chiquilla! Lo último es - porque la jodida parece querer matarme de un jamacuco - que ahora, ¡quiere ser artista! Pintora nada menos. ¡Y "astracta" de esas! Que pintan cuatro rayas negras y se quedan tan anchos. No hay peor profesión. ¡Vivir del cuento! ¡Ya podría ser pescadera! Al menos, cobraría por hacer algo de provecho. Esa niña quiere mi desgracia. (Mirando al cielo) ¿Por qué Dios me haces pasar este calvario?
Y el otro día, Josefa, la mujer de Pepe el carnicero, me preguntó con retintín que cómo era que la chica me había salido artista. Ya está en boca de todos. ¡Lo sabía! ¡Si hiciese lo que debe!

LUISA Yo no soy como las otras chicas del pueblo. Casarse y tener hijos ¡qué aburrido! Yo quiero hacer lo que nadie del pueblo ha hecho. Quiero dedicarme a algo que no tenga nada que ver con lo que mi familia ha hecho desde siempre. La vida va como va y la tradición no tiene más valor que el que le dé la gente. Y yo no le doy ningún valor. ¿Para qué? ¿De qué nos sirve? En el pueblo, nacemos todos con la vida planeada. Todo tiene que seguir como ha sido hace años. Pues no, yo quiero ser artista. En el pueblo, la gente es roca, ladrillo y azada, pero yo no, yo soy lluvia y viento. Si no me he ido ya de aquí es porque sé que ellos me necesitan y no podrían soportar que yo me fuese. Sería demasiado para ellos porque soy la Niña. Papá lo comprendería, sabe el talento que tengo, pero mamá y Martín no, estoy segura, demasiado me quieren. No me lo dicen nunca, siempre dicen que debería casarme y todo eso que están repitiéndome todo el día pero yo lo sé. Soy la niña de sus ojos.

ANGUSTIAS Ojalá la chica se marchara y nos dejara en paz. Siempre está pensando en ella misma y no en el bien de la familia. Y para nosotros es sólo un lastre. Su padre la malcría demasiado. Siempre cediendo a sus caprichos, el muy zopenco. ¡Tiene que saber que la vida es dura! A mí sí me hizo ayudarle en el campo cuando éramos jóvenes. Ya chochea y por eso ya no tiene mano dura.
¡Si al menos alguien quisiera casarse con ella! Esta vez, yo no sería tan tonta como la última vez. Ya no volvería a engañarme. Tito estaba enamorado de Luisa. Porque Luisa, antes de quedarse en ná como está ahora, se parecía mucho a mí de joven; era muy guapa.
Y Tito Aguilar quería casarse con ella. Fue el único día que la chica me hizo feliz. ¡El hijo del alcalde quería casarse con mi niña! Al final, la niña caprichosa, no quiso y le dijo al muchacho que ella era demasiado para él y que se buscara otra que ella iba a irse a París para ser pintora. Le crucé la cara y le dije que había arruinado su vida y que no volvería a tener ningún pretendiente. Yo tenía toda la razón pero entonces me acordé. La noche antes de mi boda la pasé llorando sin parar porque estaba enamorada de otro que me quería más pero tenía menos tierras… Además, padre y el señor Díaz ya lo habían hablado y yo no tenía nada que decir. Fue entonces cuando me ablandé. La comprendí y pensé que quizás el próximo no le desagradaría tanto. Y lo que más me sorprende es que la niña ni cuenta se da. Vive en su mundo de pinturas astractas y cree que todos los que estamos a su alrededor la adoramos pero, en realidad, no podemos más. ¡Si al menos hiciese algo! Porque ni aún así. No quiere ayudarnos nunca en la parada de la plaza y muchos días necesitaríamos dos personas más. Cuando viene, encima, empieza a tirarlo todo, a confundir encargos, cobrando mal. Es una inútil.

LUISA Mamá siempre me dice que como me quede soltera, tendré que meterme a monja. ¡Soltera! Siempre me hace reír con sus tonterías. La pobre no me dice nunca lo que valgo pero no la culpo. ¡Pobre Martín! Se sentiría mal si viera todo lo que me quiere y me aprecia mamá. Hace un tiempo, Tito, el hijo mayor de Roberto Aguilar el Alcalde, vino a hablar con papá para pedir mi mano. ¡Aquel idiota pretencioso no iba a ser mi marido! Se creía que podía tener cuanto quisiera y yo no puedo conformarme con eso. Mamá me dio una bofetada injusta, porque la pobrecita no es muy lista y siempre actúa sin pensar, se arrepintió y me dio un abrazo y me besó. Sabía que yo podía tener más. Papá, como siempre, no dijo nada. Dejó que mamá viera por ella misma que se había equivocado. Cuando Martín la vio dándome un beso, dio un portazo y se fue. Desde entonces, ya no me da más besos cuando está Martín. Porque es muy celoso.

Escena II

ANGUSTIAS (Muy enfadada) ¡Luisa! ¡Luisa! ¡Haz el favor de venir!
LUISA (Fuera de escena se oye su voz) ¿Qué quieres, mamá? ¡Estoy ocupada!
ANGUSTIAS (Cada vez más irritada) ¡La mato, te juro que la mato!
PACO (Sin alterarse un ápice) Haz el favor, Angustias, haz el favor.
ANGUSTIAS ¡Calla! ¡Calla! No puedo más con esta niña. ¡Luisa!
LUISA (Desde fuera) ¿Pero qué quieres? ¡No ves que estoy pintando!
ANGUSTIAS ¡Pintando! ¡Ah! ¡Que me da un ataque! ¡Pintando, dice! ¡Lo que me faltaba! Sólo te lo digo, Paco, si no se marcha pronto, me dará algo. Que yo tengo el corazón delicado. (PACO asiente distraído) ¡Paco! ¡Hazla venir!
PACO Pero si está pintando… Ya te lo ha dicho.
ANGUSTIAS ¡Ah! ¡Me da algo! ¡Ya me esta viniendo! Noto algo aquí en el pecho. (Se sienta en una silla)
PACO ¿No será el estómago? Con la de estofado que has engullido, no me extrañaría.
ANGUSTIAS ¡Oh! Me duele. Paco que me muero, que me muero. Llama a la niña.
PACO (Con un tono de voz bajo y sin emoción, sin que LUISA pueda oírle) Luisa, ven. Tu madre se muere.

(Entra LUISA, como si nada.)

LUISA ¿Decíais algo? ¿No veis que cuando estoy pintando no se me puede molestar?
PACO Que tu madre se muere.
LUISA (Se ríe) ¡Ah! Mamá siempre con sus cosas… Si te pasa algo, ves al médico. Eres una exagerada.
ANGUSTIAS ¡Encima! ¡Exagerada! (Se levanta de golpe. Intenta pegar a LUISA pero PACO la retiene y la vuelve a sentar en la silla)
PACO Venga, Angus, que estás mala… No te alteres…
ANGUSTIAS Bien, pues díselo tú a la niña.
PACO ¿Decirle el qué?
ANGUSTIAS (gritando) ¡Que es una ladrona!
(Entra MARTÍN en la escena)
MARTÍN y LUISA (A coro) ¿¡Qué!?
MARTÍN Luisa, desembucha.
LUISA No he hecho nada.
MARTÍN De provecho, no. ¡Eso seguro!
LUISA (Haciendo pucheros) Martín, ¡eso no es justo! (Empieza a sollozar)
ANGUSTIAS ¡Basta! ¡No toleraré una lágrima! ¡No puedo más!
MARTÍN ¿¡Qué has hecho!?
LUISA ¡Yo, nada!
ANGUSTIAS ¿Nada? ¿Nada? ¿¡Nada!? ¡Tendrá morro! ¡Si coge el dinero de la cartilla azul!
MARTÍN ¿¡Nuestra herencia!? ¿Cuánto ha cogido?
LUISA ¡Bah! Sólo compré un billete de tren.

(PACO lleva todo el rato mirando la situación, como si aquello no fuese con él.)

ANGUSTIAS (sonriendo) ¿Te vas, hija mía? (Aparte) Me parece que ya no estoy tan enfadada.
LUISA Pues no lo sé. Depende de Jean-Pierre.
ANGUSTIAS ¡Ah! ¡El músico francés! ¡Maldito flautista!
PACO (ríendose, ajeno a todo) ¡El flautista de Hamelín!
MARTÍN ¿Por qué no te casas con él esta noche y os vais a París? ¡Harías feliz a mamá!
LUISA ¡Casarme! ¡Ja! ¡Vosotros siempre con vuestras tonterías! Por cierto, papá, ¿me puedes dar algo de dinero para cuando me vaya a París?
ANGUSTIAS ¡Ni hablar! ¡No, no, no!
(LUISA, de espaldas a ANGUSTIAS, le hace un gesto de súplica a PACO. Éste asiente y le guiña el ojo.)
ANGUSTIAS Me tengo que ir al mercao con Martín. Podrías venir a ayudarme, Luisa. ¡Adiós, Paco!
LUISA (riéndose) ¡Ay, no! Que… esto… ¡tengo que hacer las maletas! ¡Adiós mamá!

(ANGUSTIAS y MARTÍN se van. PACO le da a LUISA un fajo pequeño de billetes. LUISA le da un sonoro beso en la mejilla.)

LUISA ¡Cuánto te quiero, papá! Hala, me voy a hablar con Pierre. ¡Hasta luego! (Se va dando un portazo)
PACO Si así se fuese y allí fuera feliz…

Escena III

(Están en la mesa cenando PACO, ANGUSTIAS, MARTÍN y TOMASA)

ANGUSTIAS Ojalá se marchara… ¡Ojalá! Volvería a creer en Dios…
PACO Haz el favor, Angustias, haz el favor.
(Entra LUISA y va directamente a su habitación.)
MARTÍN ¡Luisa, ven aquí! ¿Te vas mañana o no?
LUISA No, no me voy.
ANGUSTIAS ¿Y el flautista?
LUISA Se ha ido…
PACO (despierta de su ensimismamiento) Se lo diste, ¿no es cierto?
LUISA Sí, papá. Se marchó a Alemania con el dinero.
ANGUSTIAS ¿Con qué dinero?
LUISA Ehm… Con el que habíamos ganado tocando por ahí. (Mira significativamente a PACO)
ANGUSTIAS ¡Sinvergüenza! ¡Te lo dije! ¡Un canalla! ¡Eso es lo que es! Y eso te pasa por tonta. Si te hubieses casado con el hijo del alcalde…
LUISA ¡Ay, calla mamá!
MARTÍN ¡A mamá no la hagas callar, Luisa! Te está bien empleado lo que te ha pasado.
LUISA (sollozando) ¡No sois justos conmigo!
PACO No somos justos, no. No deberíamos haber dejado que derrocharas el dinero. Llevamos toda la vida aguantando tus caprichos, Luisa. ¡Y ya está bien!

(TODOS se quedan en silencio. LUISA y ANGUSTIAS llorando en silencio. PACO y MARTÍN mirando a LUISA. TOMASA dándole la mano a MARTÍN.)

MARTÍN Usa el billete, Luisa. Úsalo, ve a París y empieza a ganarte la vida por ti misma, lejos de aquí. Por tu bien y por el bien de todos.
(TOMASA tira de la manga de MARTÍN)
MARTÍN Tomasa, ahora no es el momento, ¿no crees?
TOMASA Es que no puedo aguantar más, MARTÍN. El niño ya nace. ¡Ya nace!
ANGUSTIAS (Deja de llorar. Cogiéndole la cara a TOMASA) ¡Ay, hija mía! Paco, llama a la comadrona. Martín prepara la cama. ¡Ya nace, ya nace! (A TOMASA que inspira y expira nerviosa) Tú tranquila, hijita, que todo irá bien.

(PACO se va a la calle. TOMASA acompañada por MARTÍN y ANGUSTIAS la llevan a la cama. En silencio, se les ve preparándolo todo. LUISA se queda sola en el salón iluminada por un foco.)

LUISA (Aparte) ¡Como si no existiera! ¡Necios! En menuda familia me ha tocado vivir. Si me fuese, lo pasarían mal. Dicen eso porque saben que no lo haré. En cuanto viesen que hago las maletas, se preocuparían muchísimo. ¡Debería hacerlo! En cuanto vean que me he ido, vendrán a buscarme a París para traerme, para convencerme de que vuelva porque me quieren mucho. Se arrepentirán y me harán volver, seguro. (Sonríe contenta) Y cuando me traigan aquí, seré la hija pródiga. Echarán toda la culpa a Martín. Y mamá me pedirá disculpas por haberme tratado así.

Escena IV

(PACO, MARTÍN, ANGUSTIAS alrededor de la cama donde TOMASA abraza al recién nacido.)

ANGUSTIAS ¡Es precioso! Has tenido un hijo muy guapo, Tomasa. Se parece a mi Martín.
PACO Haz el favor, Angustias, haz el favor.
ANGUSTIAS Sí, sí. (A TOMASA) Lo siento, hija. También se parece a ti. Tiene tu nariz. Es demasiado grande, ¿no creéis?
MARTÍN ¡Mamá!
ANGUSTIAS Sólo decía que… (PACO y MARTÍN la miran recriminándola en silencio) Una ya no puede decir nada.
TOMASA Es muy gordito… (sonriendo) ¿Y Luisa? Martín, dile que venga.

(MARTÍN se va al salón. LUISA se asoma a la ventana desde fuera, sin que la vean. Sostiene un saco mientras contempla a su familia en el interior. MARTÍN vuelve a entrar.)

MARTÍN No está, ni sus cosas tampoco.
ANGUSTIAS ¡Ah! ¡Gracias a Dios! (Hacia el cielo) ¡Has iluminado a mi hija! ¡Gracias! (Cambiando de tema) ¿A que es guapo mi nieto?

(MARTÍN, TOMASA y PACO asienten y todos siguen haciendo carantoñas al niño. Desde la ventana, se ve a LUISA marcharse)

Un día en la radio

6h30. Suena el despertador del móvil. Miro la hora. ¿Qué? ¿Las seis y media? ¡No puede ser que me haya vuelto a poner el despertador tan pronto! Miro la fecha. 23 de abril del 2007. Sant Jordi (Jorge para los amigos) : libros y rosas. Las conexiones entre mis neuronas están tan cerradas como mis párpados. Radio. Sí, ya me acuerdo. Hoy toca ir a la radio. Me levanto sobresaltada y voy al baño. Cara limpia y crema hidratante. Mientras se calienta la leche en el microondas me visto con los vaqueros "negros, hija, que al menos no se nota tanto que siempre vas tan tiradilla". Hoy no me pongo las converse sino unas bailarinas, no sea que vaya yo demasiado informal.

En el fondo, son estupideces. Eso, al fin y al cabo, no importa. Los modales, hoy en día, no tienen ningún tipo de importancia. "No me llame de usted, por favor, ¡que no soy una vieja!" me suelen decir. "Si usted lo dice..." me gustaría contestar. Ser viejo, hace mucho que dejó de verse como señal de experiencia y autoridad y se ve como ridículo y absurdo. No debería ser así. Ahora arrinconamos a los ancianos, "es que ya no rigen". Los adultos parecen no querer ser tratados con respeto porque eso les hace ver que ya no son jóvenes y eso es mucho peor. Pero luego, señores, la juventud está mal educada y no muestra respeto hacia los ancianos o contestan como si hablaran con colegas en vez de sus padres. Coherencia, les diría yo. Esa cortesía de la que antes abundaba, ahora es inexistente. Todas esas maneras innecesarias y poco prácticas están desapareciendo. Precisamente por no ser útiles, por no dar beneficio alguno en esta sociedad del chollo y la oferta. (Véanse artículos periodísticos de Arturo Pérez-Reverte)
7h30. Suena mi móvil. Llamada perdida; señal para decirme que está abajo esperando. Disimulo el sueño con una capa de colorete y bajo. Metro hasta Provenza. Caminamos hasta el gran edificio. Perdón, ¿el programa de radio? Sí, gracias. Accedemos a una pequeña sala - pequeña para albergar a unas cien personas - por un parque que hace olvidarte enseguida de los ríos de gente que ya desfilan por paseo de Gracia un día como hoy. "En Cataluña, se mueven millones de euros, un día como hoy. Y laborable." Hemos llegado justas. Había asientos vacíos aún. "Programa nº no-sé-cuántos mil"

Estaba emocionada. Luis del Olmo gesticulaba dando órdenes a los técnicos mientras leía el saludo - la editorial de los programas de radio - con esa dicción tan característica de los locutores. Me era incapaz de escuchar su voz monótona porque no dejaban de entrar abuelos que, al estar más sordos, no dejaban de hacer ruido al entrar y hablar a voz en grito.
Las palabras se arrastraban arremolinándose en mi cabeza mientras debatían acerca de la situación política de Francia. Me era imposible escuchar todo. Quisiera haberlo retenido todo en mi memoria.

miércoles 18 de abril de 2007

Una noche de locos (parte II)


Pasé aquella semana comprando ropa y apuntando citas en mi agenda para el próximo mes. Estaba anestesiada con tanto ir y venir que no pensaba en nada más: el libro salía a la calle en un par días. ¡Estaba emocionada!

Cuando no estaba ocupada me invadía la conciencia y me sentía culpable por aquel tal Foster. Busqué en Internet, pensando que vería que, en realidad, Foster era un escritor de prestigio y no quería firmar aquel libro mediocre, pero no fue así y aún me sentí peor. Seguro que era algún joven que trataba de abrirse paso en el difícil mundo editorial. Era demasiado dramática, lo sabía, pero ¿por qué no firmaba él? ¿Y por qué Steward no me respondía al teléfono? Se había ido a Londres a una feria de libros durante un mes, o eso dijo su ayudante.

Siempre había pensado que si publicaba un libro estaría muy orgullosa y, en cambio, me sentía como una farsante. Como lo que era. Por las noches me despertaba sudando porque soñaba con Foster en televisión reclamando la autoría de su novela. Esto me estaba trayendo más problemas de los que pensaba. Tendía a decidir demasiado rápido. Debí decirle que no. ¡Qué tonta era!

Mientras, yo seguía trabajando de correctora de libros, de lo que soy realmente, mucho antes de que Steward me liara con toda esta mierda. Además, me pasaba las horas escuchando los programas literarios radiofónicos para ver si mencionaban la novela. Sólo tenía que esperar que se vendiesen ejemplares de Mi Supuesto y dejar que la culpabilidad hiciese el resto con mi cadáver.

Una mañana, tecleando un informe sobre unas galeradas de una novela policíaca, escuché: “Y en unos instantes Paul nos hablará de los libros “Una noche de locos” y “El día del crimen”. ¡Los tertulianos de aquel programa iban a comentarlo! Se me acereleró el corazón cuando dijeron mi nombre. ¡Me habían citado en la radio! Sonreí para mis adentros. El capullo de Steward hacía bien su trabajo; un mes después de que saliese el libro de una – supuesta, o sea yo –autora nobel, ya lo comentaban en la radio y esto de los libros iba muy lento. Estaba impresionada.

- Bien. ¡Hola Paul! ¿Qué nos traes hoy?
- Mira, empezaremos por una novela escrita por una tal Anna Durham, nueva en esto. La novela augura ya un final trágico pero nunca tan inesperado. Creo que es genial. Parece empezar como una novela romántica como tantas otras pero está muy bien. A ver qué opinan los oyentes. Sí, precisamente tenemos alguien al otro lado. ¡Hola Mike! Cuéntanos.
- Sí, hola. Antes que nada agradeceros que me alegráis todas las mañanas.
- Gracias Mike.
- Con todos mis respetos, Paul, no estoy nada de acuerdo contigo. Siempre había pensado que eras un buen profesional y que leías todo lo que recomendabas.
- ¿Por qué lo dices, Mike? – dijo el locutor, cuya voz se iba tensando como si de una guitarra se tratase.
- Porque me parece mentira – ahora era Mike quien empezaba a increpar y a levantar el tono de voz – que digas lo del trágico final, cuando de trágico nada e inesperado, mucho menos. Es otra maldita novela romanticona de color de rosa.
- Me parece que eres tú quien no ha leído el libro. Siento mucho decirte que el tiempo de las intervenciones es limitado. Esperamos que lea bien el libro otra segunda vez.
- Ahora me hacéis callar! Como digo la verdad… Que sepáis que no volveré a escuchar este programa de pacotilla porque…
- Sentimos este altercado. – dijo Paul que debía estar con los auriculares puestos, hablándole al micrófono sonrojado y revolviéndose en su silla – Como saben, respetamos todas las opiniones pero…

Apagué la radio. ¡Qué pasada! Había mal rollito en torno al libro. Era la mejor manera de promocionarlo. Hojeé uno de los ejemplares de su novela, busqué la última página y leí: “se casaron en un pequeño rincón de la Toscana”. ¿Inesperado? ¿Trágico? Aquel locutor de radio veía mal que se casaran y no se lo esperaba. Qué pocas novelas románticas leía. Pero yo estaba muy contenta, a más polémica, más publicidad, luego más ventas.

Al día siguiente, a la hora de comer, salí del cubículo donde trabajaba de vez en cuando – una de las ventajas de mi trabajo es que podía leer los manuscritos en casa – y bajé a comer al bar de al lado. Nancy, amiga y compañera de trabajo, se sentó conmigo en la mesa. Nancy era la típica chica rubia, de pelo liso y lacio, con demasiado maquillaje esparcido a manchurrones. Era de las pocas que les seguía la corriente a Steward y daba la sensación que vestían a juego, solían llevar prendas rosa, azul turquesa y verde médico. Yo creía que eran tal para cual pero Steward aún no se había dado cuenta, estaba muy ocupado mirándose el ombligo y su blanca dentadura. Nancy era una chica simpática y tan lista como lo podía ser su calco de plástico – las Barbies –. Siempre pensé que sus padres, al comprarla en la juguetería, leyeron mal el nombre de la caja.

- ¿Oíste ayer la radio? Hablaban de “Una noche de locos”… - dije yo, rezando para que lo hubiese hecho y pudiésemos comentarlo. Solía estar ocupada y no tenía mucha más vida social que los compañeros de trabajo.
- Sí, sí. Me avisó Steward que saldría. ¡Ha sido buenísimo! Tía, Paul Rowland no tenía ni idea de qué iba… - decía riéndose con una sonrisa artificial como los labios que la recortaban.
- Ya, ya… Pobre. Me extraña de él. ¿Has hablado con Steward? A mí no me contesta las llamadas.
- Sí, sí. Entiéndelo, sólo puede hablar con las personas importantes. – dijo orgullosa mientras yo forzaba mi sonrisa – Pero tranquila, volverá la semana que viene. Y por cierto, ¿sabes el tío que llamó para quejarse de Paul? Pues, ¡qué fuerte! Irá hoy al programa ese que dan por las noches, que sale aquella tía tan bajita con el pelo rojo.
- Sí… No me acuerdo del nombre pero sí.
- Pues va a ir a ese sitio para criticar al locutor… a Paul Rowland.
- ¡Ja! De maravilla. Eso es bueno.
- Sí…Bueno para ti. Pobre tío…

Nancy podía ser todo lo estúpida que quisieses pero si buscabas a alguien que lo supiese todo, cualquier cotilleo o noticia, ésa era ella.
imagen: garabato

miércoles 4 de abril de 2007

Una noche de locos


A los majaderos con pasta les encanta hacer experimentos y probar a la sociedad. Mi jefe, Thomas Steward, director de la editorial Steward & Jones, es uno de esos. El perfil de estos especimenes suele ser parecido. Éste es alto, de pelo cano, ojos claros, con esa expresión varonil con la que cree volverse irresistible para el otro sexo. Suele vestir con colores pastel mal combinados, como si fuese a ir al golf –sólo lo hace los viernes –después de pasearse por la oficina. Nunca quiere decir su edad pero calculo que debe rondar cerca de los cincuenta y cinco y su postura chulesca me recuerda un poco a David Hasselhoff, el de los vigilantes de la playa, como si creyese estar salvando a chicas en bikini todo el día.

Lo que más me saca de quicio es su sonrisa burlona cuando ve que sus bromas no me hacen gracia. ¿Lo último? Llamar a su iguana con mi nombre. La iguana Anna, dijo mientras enseñaba su blanca dentadura, riéndose burlón. El colmo fue que se le metió entre ceja y ceja ir al restaurante más caro de la ciudad, el O’Malleys, a cenar con Anna – la iguana –. Yo, como buena empleada y ejerciendo de secretaria – cosa que no soy –, llamé para reservar mesa para dos, obviando el asunto del animalejo. Se ve que al llegar, el metre creyó que Steward quería que le cocinaran el bicho y todo el restaurante se puso patas arriba. Al saber que sólo quería que cenara con él, aún se sintieron aliviados. Son muchos años conociendo a Steward, y mucha la fama que lleva detrás. Porque, claro, si todo el mundo le respeta, es por algo. No creo que fuese en agradecimiento, porque él no es así, pero el caso es que el restaurante O’Malleys salió como Mejor Restaurante de la ciudad en la guía gastronómica de Steward & Jones.

Aquella mañana, Steward llegó antes de las once, cosa rara en él. Me llamó a su despacho, tenía que hablar conmigo de algo muy interesante. De camino, fui tratando de averiguar qué podía habérsele ocurrido: llevarse de viaje a la iguana, organizar una reunión con los chinos sin ningún traductor, lanzar al mercado algún libro escrito por él sobre reptiles, etc. Pero desistí, supuse que jamás lograría adivinar lo que aquel hombre podía llevar entre manos.

- Anna, he decidido que vamos a escribir un libro. – dijo mi jefe sonriendo.
- Muy bien… No, no. Bien, no. Espera, espera. ¿Has dicho vamos? ¿Vamos, quién? – dije yo. Esperaba estar equivocándome.
- Pues tú… En realidad, yo te daré la idea y tú lo escribes.
- Mmm… De verdad, de verdad que no creo que funcione. ¿Estás seguro de lo que dices? ¿Por qué tengo que escribirlo yo?
- Sí. Quiero que lo escribas tú.
- ¿No podría hacerlo algún otro? Yo no soy escritora.
- Pues ya va siendo hora. Todos los escritores con los que trabajamos están escribiendo alguna novela o promocionándola. Tiene que ser alguien nuevo, sin reputación y nada que perder. – dijo entusiasmado.

Yo no quería participar en sus locuras. Además, insinuaba que no tenía reputación y nada que perder. ¿Qué quería decir con aquello? Quizás nadie me conociera pero yo tenía un currículum impoluto que tendría que manchar porque a un tarado le apetecía que escribiera un libro. No podía creérmelo. Iba a tener que escribir un libro.

- Pero, ¿tú crees que voy a poder escribir un libro? Tardaré años.
- No, no. Escribirlo no. Sólo retocarlo, cambiar algunos trozos…

Durante un buen rato, trató de convencerme de que era una idea genial que yo firmara un libro que no escribiría, tan sólo lo “retocaría”. Tuve que aceptar el reto, como él lo llamaba, sin estar un ápice convencida, pero él seguía creyendo en su poder de persuasión. Ingenuo. Dijo que tenía que escribir varios finales alternativos así que, cogí el manuscrito y me marché a casa.

Al llegar, empecé a pensar en lo que me había ocurrido. No podía ser cierto. Aún no me había dicho para qué quería que lo hiciese. Me veía en la cárcel, por plagio o lo que fuese. Me senté en el sofá y comencé a leerlo.

“Una noche de locos” por K. Foster

No me sonaba para nada aquel nombre. Blasfemaba en silencio contra Steward. ¿Por qué no podía firmar la novela el tal Foster?

La verdad es que era una novela entretenida. Tenía unas doscientas páginas y me la leí aquella misma noche. No me importaba firmar una novela así. Quizás tuviese razón Steward. Lo único malo de aquel libro era el final, abierto, sin conclusión. Decepcionaba bastante pero, lo normal en aquellos casos, hubiese sido decirle a K. Foster que cambiase el final y se vendería más y mejor. ¿Por qué hacerme escribir varios finales? ¿No era mejor que me dijese qué final quería, en vez de hacerme escribir varios? Daba igual, tenía que hacerlo y ya sabría después el porqué o, al menos, esperaba saberlo.

Hice borradores con finales alternativos: uno triste y dramático; otro feliz, muy típico de Hollywood, etc. Me había pedido que, como mínimo, escribiese cinco finales. También me había dado manga ancha para cambiar, según el final, alguna parte de la novela.
Pude acabarlos todos en poco más de un mes y me sorprendí a mí misma disfrutando de aquel trabajo. Aún iba a gustarme escribir y todo. Al dárselo a Steward, le gustaron, cambió algún pequeño detalle y dijo que estaban bien. Lo que más me sorprendió es que no me dijese cual iba a publicar. "Es una sorpresa" me dijo.
Yo continué trabajando y me olvidé del libro. La verdad es que pasó tiempo, mucho tiempo, cuando Steward volvió a reclamarme en su despacho.
- Ahora la promoción. Debías tener ganas, ¿eh?
- ¿Qué qué?
- Sí, sí. Mira, las próximas semanas olvídate de trabajar en lo que quiera que estés trabajando. Dale las indicaciones a Miranda y que ella lo haga. Tú tienes que dar entrevistas, hacerte fotos... Tienes mucho trabajo por delante. Para que salga bien, el libro tiene que ser famoso famoso.
- ¿Salga bien el qué? A ver, a ver. ¡Yo ni siquiera he firmado ningún contrato! ¿Por qué no firma Foster? Seguro que él quiere...
- Demasiado tarde. Sí que firmaste un contrato diciendo que tú eras la autora del libro. ¿No recuerdas? Además, la edición está terminada y llevan tu nombre. I'm sorry, darling. Ahora ves a arreglarte y toma un taxi a esta dirección. - dijo mientras me daba una tarjeta.
Me vino a la memoria algo de un contrato, pero lo recordaba vagamente. Qué estúpida. En cuanto saliese de aquel despacho, iría a buscar el contrato. ¿Qué narices había firmado? Mi jefe es un capullo. Estaba aturdida. Sin apenas darme cuenta me maquillé, busqué el contrato que estaba en uno de los cajones de mi mesa, lo metí en el bolso y me subí a un taxi.
Una vez dentro, traté de relajarme y leer el contrato. Sí, simplemente decía que yo era la autora de la novela "Una noche de locos" y me comprometía a la promoción que la editorial me sugiriese. Bien, tampoco podía ser tan malo. Al leer mi nombre como autora del libro, la conciencia me atenazó el estómago. Me juré que la próxima vez que hablara con Steward le preguntaría por él.
El taxi me dejó delante de un enorme edificio blanco del centro. El fotógrafo era un francés refinado que hablaba con un acento muy fuerte y como si estuviera de vuelta de todo. Las fotós quedagon pegfectas.
Al volver al despacho, fui directamente a buscar a Steward. Para variar, no se encontraba allí. No iba a ser aquel día cuando le preguntara quien era Foster.
CONTINUARÁ....

martes 3 de abril de 2007

Paseando por la ermita del Mirón


Machado solía llevarla a la ermita del Mirón para que le diese el sol y respirara aire puro. Sin hablar, en un sepulcral silencio, el poeta, con cariño, empujaba el cochecito de madera que había encargado hacer. La muchacha, bajando los ojos para ocultar su mirada, le tomaba la mano y el nudo de los sentimientos que él intentaba tener amarrado, fundían en lágrimas su serenidad. Pálidos los dos rostros, ojerosos, con profunda amargura uno y el otro con la inocencia de un ser puro que se apagaba día a día. Una inocencia que iba a desvancerse antes de madurar, una flor temprana estrujada en las manos de un niño, un tímido rayo de luz tintineante cegado por la más tenebrosa oscuridad, una blanca mariposa encerrada en un tarro y, débil, sin poder apenas volar, agita las alas lentamente, muy lentamente, cesando para recuperar unas fuerzas que nunca llegan, una esperanza que va muriendo al tiempo que la tímida mariposa.



Él siempre pensaba qué daría por evitar su destino, qué no entregaría por ella, qué no haría por su vida. Si pudiese regalarle el resto de sus días, él, donde quiera que fuese después, ¡sería tan feliz!. Si él tan sólo viviese la mitad del tiempo que restaba, compartiendo con ella sus días, más valdría la pena vivir. Sin tan sólo pudiese. Si tan sólo... Sentía una impotencia desgarradora y, a pesar de su carácter tranquilo, en aquellos momentos hubiese gritado y destrozado todo cuanto tenía. Pero, al ver la sosegada mirada de su niña, resignada, rezando por él y no por su propia vida, toda esa rabia se refrenaba, recobraba esa calma y esa paz de la que ella impregnaba el ambiente y recobraba las fuerzas suficientes para resistir un día más, por los momentos que les quedaban juntos, por ella.


________________________________
Fragmento de Tardes de Soria, un relato que escribí acerca de un mendigo en Soria, en tiempos de Antonio Machado.

lunes 26 de marzo de 2007

Una pequeña parcela de placer


Cada día, al llegar del colegio, abro la puerta como puedo, cargada con los libros; cierro la puerta de un empujón, apenas rozándola con la yema de los dedos, con la fuerza calculada para no dar un portazo y tiro las llaves sobre la mesita metálica del recibidor. Tengo la costumbre de saludar, gritando un hola, a pesar de que, habiendo dado dos vueltas de llave a la cerradura, tengo la certeza de que no hay nadie. La carpeta sobre la cajonera y el bolso tirado sobre la cama. Me quito las bambas sonriendo ante la gran diferencia entre mi manera de arrojar las zapatillas y la de las mujeres glamourosas de las pelis que se quitan los tacones y deshacen el moño que habían llevado a una fiesta.

Es pronto para haber terminado mi jornada laboral particular y disfruto de este placer porque, en unos años, sé que tendré que olvidarme de llegar a casa hasta que el sol no caliente en la otra parte del planeta. Pensando en eso, dejo mi habitación para cuando tenga que hacer los deberes – cosa que retraso al máximo – y me dirijo al sofá. No procuro delicadeza, no tengo invitados y nadie me ve; no hay por qué sobreactuar ni mostrar corrección, es mi pequeño momento a solas. Debería emplearlo en algo mejor, lo sé, pero mi cara pálida y cansada que veo en el espejo de mi habitación, está pidiendo a gritos un descanso.

Una vez en el sofá, cada día me bato en mi lucha contra la pequeña manta. Sé que es demasiado pequeña para cubrirme los pies y los hombros y, aún así, cada día intento estirarla en mi duelo personal contra ella. En realidad, es un pequeño placer efímero porque sé que, en cuanto encuentre la posición perfecta y mis ojos empiecen a entrecerrarse: entrará por la puerta mi madre, echándome de su sofá; me llamará una amiga, preguntando por los deberes o llegará mi hermana, cantando y botando, como de costumbre, todo para interrumpirme; es la ley de Murphy, dicen.

___________________________
Dibujo: Hecho por mí. Se nota, ¿eh?

domingo 18 de marzo de 2007

Entre la niebla

____________________________________________
Hoy, hago una excepción y, en lugar de escribir, dedico una entrada sólo a esta foto. Creo que lo merece. Castillo de Neuschwanstein, Alemania)

martes 27 de febrero de 2007

A dos miligramos del mundo


Y de repente, su corazón se estremeció. Ella volvía a pasar ante sus ojos, con la mirada azul perdida, el camisón blanco hasta las rodillas y su pelo rubio despeinado. Aún así estaba guapa. Siempre callada, vagaba por los pasillos mirando al cielo, danzando etérea, como si el hospital fuese un gran campo de flores. Luego volvía a los ojos hacia los que le rodeaban y hacia él con desprecio. Él no pertenecía a su mundo, al mundo de fantasía en el que ella vivía.

“Fermín, haz la ronda. Recuerda que a Ana son dos miligramos de Haloperidol."






lunes 19 de febrero de 2007

Carta a la vida



Es realmente difícil escribir esto. De frente, y sin rodeos. Sin mirar hacia abajo, con las orejas rojas y las manos entrelazadas, como se disculpa un niño que sí ha roto un plato. Porque he sido un imbécil, porque no me he querido dar cuenta de lo que te quería. Porque jugué contigo sin ver que te estaba perdiendo, poco a poco, día a día. Nunca había creído que te necesitara, porque te tenía y te estaba arriesgando por unos instantes de placer que, aunque intensos, siempre dejaron un sabor amargo. Tampoco había querido escuchar a quienes me decían que la factura de nuestra relación iba a venir pronto si seguía así.



Pero en aquellos momentos, entre emoción y alegría, me era imposible pensar que ibas a irte, que serías capaz de dejarme. Siempre estarás conmigo, pensaba yo ingenuo. Porque no te valoraba, porque te tenía en casa. Pero ahora que tú tienes la puerta de mi piso abierta y un pie fuera, creo que ya es tarde. Sinceramente, sé que he dejado pasar demasiado el tiempo y, ahora ya, todo carece de sentido, incluso esta carta. Es inútil. Porque no vas a volver, porque te despides con un beso húmedo en mi frente, compasiva, pensando: “cuántas cosas podríamos haber hecho juntos”. Y es cierto, aunque nunca tuve ningún proyecto de futuro, ahora pienso lo que podría haber disfrutado. Aquellos pequeños detalles de ti que no veía, que me parecían nimiedades, es lo que más me asusta, perderlos. Una tarde de cine, un beso a escondidas, un amor de medianoche o uno de muchas noches. Ahora veo todo lo que me pierdo. Y soy un estúpido, lo sé. Pero compréndeme… Aunque no tenga argumentos a mi favor. Nada que alegar. Sólo sé que ahora sí te quiero, ahora sí lo sé. Pero no tiene mérito. Ya no. Too late…



Haces que las lágrimas se asomen a mis ojos, cuando ya pensaba que nadie lo haría, cuando veo que nuestro final está a un paso, a ése último paso que te queda para cruzar el umbral pero, la cámara se ha parado, dándome un instante de lucidez, entre letargo y letargo, para reflexionar. Había estado en una nube de superficialidad, de risas y estupidez, en una sociedad que te anestesia contra todo mal, que te tapa la maldad, el sufrimiento. Pero en mi caso no, yo lo sabía, pero no lo quería ver. ¿Cuántas veces tendré que repetirlo para dejar de arrepentirme? Idiota, idiota, idiota. Ahora me parece tan obvio que no entiendo como podía dejar aquella venda en mis ojos, de aquellas que están mal colocadas, de las que ves por debajo los pies de alguien que se ríe mientras palpas quién debe ser. Pero entre risas, adormilado de placer, entrecierras los ojos pensado: “Quien sea, ya volverá a llamar”. Pero cuando vuelve a llamar es para llevarte a ti para siempre. Porque tú, vida, eres lo que siempre me ha faltado. Siempre he necesitado algo más que sólo tú, pura y sencilla.



Y ahora, que la muerte asoma, que me veo estirado, queriendo gritar y sin poder en una triste camilla de hospital, con olor a desinfectante, con unas blancas paredes que me hacen entornar los ojos, sin poderte decir qué estupido fui. Que ahora que me voy, veo que por haber querido conocerlo todo, me he quedado sin saber nada más, que por más sustancias que probase lo que realmente quería era tener algún motivo para vivir, algo que te diese sentido, porque yo, sí, yo, no tenía ningún sentido para continuar viviendo. Tenía una existencia vacía y estúpida y ahora veo lo profundamente enamorado que estoy de ti, de un amor platónico que he decidido zanjar sin querer. Antes de volver a dormirme, quizás esta vez para siempre, quería darte las gracias por todo cuanto me has dado. Lo que me asusta es el tiempo que pierdo de ti pues la muerte no me asusta.
__________________________________________________
Nota: En todo momento se supone que habla con la vida. Intento de alegoría.

domingo 18 de febrero de 2007

Los límites del universo

Alguna vez me había planteado dónde están los límites del espacio y el tiempo del universo pero, como nunca había encontrado solución, tampoco había reflexionado mucho. Así que, hagámoslo.
Antes de todo, miremos las definiciones: Tiempo es “la magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro” y espacio es “la extensión que contiene toda la materia existente”. Según esto, el tiempo y el espacio existirían aunque tuviese límite el universo porque aunque los tuviese, después de ello, habría algo. El simple hecho de no haber nada, ya sería algo.

Es extraño pensar que el universo tiene límites porque, de ser así, da la sensación de que vivimos en lo que sería una caja de zapatos de algo mayor que debe haber fuera. Científicamente, se dice que el universo tiene límites espaciales pero somos incapaces de comprenderlos porque son cuatridimensionales por lo que, nos podemos quedar con que “es muy grande”.

En cuanto al tiempo, yo creo que el tiempo sería tiempo igualmente aunque nuestro planeta no existiese o incluso el universo lo que, probablemente, se mediría en unidades muchísimo mayores que los años porque el tiempo se mide según la escala que, en nuestro caso, es nuestra vida. Si comparamos nuestra vida con la de un planeta, la nuestra es irrisoria.

En resumen, mi opinión es que sí que debe haber límites espaciales en el universo pero que debe haber más universos u otras cosas que no llegamos ni a imaginar. Somos demasiado ignorantes para el simple hecho de llegar a imaginar el espacio exterior. El tiempo no creo que tenga límites; quizás sí nuestro tiempo histórico o nuestra especie pero no el tiempo a gran escala, que seguirá pasando y pasando y pasando...
__________________________________________________
Redacción para filosofía. Enero o7

Solidaridad


Vivimos en una sociedad donde se pronuncian las palabras “paz” y “solidaridad” sin pensar, como una muletilla y nos convencemos de que queremos un mundo de paz y por eso, nos quejamos de los políticos y demás y decimos que si pudiésemos hacer algo, lo haríamos. Y cuando empezamos a pensar en lo que tendríamos que sacrificar para ayudar al mundo, empezamos a sentirnos culpables, olvidamos el tema, sin querer darle más vueltas.


Podría intentar convenceros de que deberíamos contribuir y ayudar a los demás, a los que tienen menos oportunidades como esos niños que tienen que trabajar desde bien pequeños para mantener a su familia o caminar 10 km. para conseguir apenas dos cubos de agua.

Pero, en realidad, no es, ni de lejos, la primera vez que nos hablan de esto. Sabemos lo mal que lo pasan y qué podemos hacer nosotros para ayudar. Deberíamos querer ayudar por nosotros mismos pero, en una sociedad tan cómoda, lo más fácil es quejarse y echar la culpa a otros.


Por una vez, deberíamos creer en un mundo mejor, en las muchas personas que dedican su vida a luchar, no por ellos mismos, por los demás. Porque, ¡hay mucha gente que lo hace! Nosotros, que tenemos mucha suerte, deberíamos hacer lo mismo. ¿Por qué? Porque podemos.

_________________________________
2 de febrero. Manifiesto por la solidaridad

Una charla cualquiera

(Escrito el 8 de febrero)



Me suelen decir, a menudo, que los chicos de nuestra edad tenemos muy poca ilusión y muy poca fe. Se quejan de la poca inocencia que tenemos, que no actuamos como si fuésemos menores que los adultos, que no mostramos respeto.

Pues bien, ¿cómo quieren que seamos inocentes, que tengamos ilusión, en este país que nos dejan? No podemos tener ilusión pues vosotros, los adultos, no mostráis ilusión por nuestra sociedad y sólo exclamáis la mierda de país en el que vivimos y, encima, nos decís que no podemos hacer nada para arreglar lo que habéis hecho que es demasiado tarde.

Hoy, en una charla de un catedrático de economía blablablá, nos ha hecho que nos demos cuenta con tanta infinidad de datos y estadísticas que podría escribir un libro, que España se hunde, sin exagerar. Bueno, yo no cuestiono que eso sea cierto o no, pues no me atrevo a contradecir a un doctor en economía pero sí de frustrar cualquier ilusión que nos quedara para mejorar este asco de sociedad.

Según este señor, no hay nada que podamos hacer ni nosotros ni el gobierno. Nada. Si realmente esto es tan extremo como nos plantea y no hay posible solución y ni siquiera el cree en que una España mejor es posible, creo que debería dejarnos vivir ignorantes mientras esto se hunde. Durante toda la ponencia esperaba oír una frase que nos diera coraje o ánimos para cambiar la situación o para tener esa ilusión. Pero no, nada se puede hacer al respecto. Entonces, si no era un revulsivo para que actuásemos, ¿qué objetivo tenía la charla? ¿Que nos llevemos las manos a la cabeza? ¿Que lloremos?

lunes 29 de enero de 2007

Gala de los Goya 'o7

Si el último artículo criticaba la película de Díaz-Yanes, los Goya han sido más duros. Sólo se llevó tres, y todos técnicos. Quien sí triunfó fue El Laberinto del Fauno, de Guillermo del Toro y ¡cómo no! Volver de Almodovar.
Pero no he venido a hablar de eso, no. Lo que me enerva es ver cuánta mala educación hay. Viggo Mortensen tuvo la amabilidad de venir a la gala de los Goya y, encima de que no le dieron el Goya, ni le propusieron dar alguno, una periodista lo trató sin respeto. Pero no es porque sea Viggo Mortensen. Tras pedirle a él y a Guillermo del Toro que dijeran su nombre si les tocaba - toda una osadía por el simple hecho de comentarlo- le pellizcó la mejilla al Actor Revelación Quim Gutiérrez. Y luego, una vez expuesto el reportaje, tiene la desfachatez de decir que la gala no tuvo glamour que, quitando que lo tuviese o no, ella no contribuyó precisamente a dar ese respetuosidad y elegancia a la entrega de los premios. Y lo que más rabia me da es que nadie se da cuenta de eso. Ni de cómo se trató a Mortensen porque, claro, es "yankee". Nos quejamos de los americanos pero para uno que se interesa por nuestra cultura...

domingo 3 de septiembre de 2006

El capitán Alatriste

Que conste que no escribo esto en caliente, sino que he leído muchas más de las opiniones que podáis pensaros acerca de la película.
Una gran decepción para los lectores de Alatriste. Como adaptación, la trama falla por todos lados, no tiene sentido y está mal hecho, hablando sin paños calientes. Como gran película del cine español, la ambientación excepcional: el vestuario perfecto, la fotografía genial, y banda sonora y los efectos especiales, pese a críticas, me han gustado bastante. El reparto, con sus más y sus menos, correcto.
Para los que busquen una crítica de la película: Sí, váyanla a ver pero sin esperarse un peliculón pues se van a perder aunque acaben más o menos satisfechos. Y dejen de leer aquí.
Se ve-digo "se ve" porque voy por el segundo libro de la saga del Sr. Pérez-Reverte- que Díaz-Yanes no se ha contentado con resumir en 2h15min nada más y nada menos que cinco libros sino que encima ha adelantado o imaginado cómo iría el desenlace de la saga. Lo siento, de todo lo que lea acerca de su película no serán muchos elogios, al menos por parte de los lectores. Si lo que ha pasado es que se ha tenido que recortar tanto la película que pierde el hilo, explíquelo, por favor, y ponga la versión extensa en un DVD y salve su persona de ser carne de cañón y a nosotros de esta decepción.
Viggo Mortensen es ALATRISTE sin lugar a dudas. Ha trabajado mucho para caracterizar el papel y lo borda pero, a pesar del esfuerzo del actor, el acento no está muy logrado y rechina hasta bien entrado el final. Echanove me encanta como Quevedo aunque faltó la mítica frase "No queda sino batirnos" y Lo Verso, a pesar de estar bien pero breve, como Quevedo, falta el "tirurí-ta-ta" y su acento árabe tampoco acaba de cuadrar. Las damas de la película, no me gustan: Anaya y Gil ni frío ni calor, aunque Anaya no encaja con la descripción de rubia con ojos azules de Angélica de Alquézar. La otra dama, por así decirlo, es la actriz que caracteriza fray Emilio Bocanegra, al que sigo viendo como la Blanca Portillo de 7vidas. Al Conde de Guadalmedina no lo he visto, sólo veía a Noriega de época y Cámara lo hace bien como Olivares. Y Ugalde como Íñigo me lo creo a medias. Sobre el reparto, las opiniones son más variadas aunque todo el mundo destaca que Mortensen es quien lleva toda la película a pesar de su extraño acento.
Han sido muchos medios, presupuesto, reparto y materia prima (los libros, del guión tengo mis dudas) para haberla dejado así. Para el público que ya la ha visto, los errores son obvios y la gran mayoría está conforme con que lo que fallan son el montaje y la trama. ¿Nadie lo vio antes de que saliera en los cines? ¿Ni siquiera Arturo? No me lo creo.

Aún así, como película, con las bazofias que se ven por ahí, está bien. Una más entre las americanas pero la única entre las españolas, tan grande.

domingo 20 de agosto de 2006

Desenterrando reliquias

Arena, niebla y sol


Albo palacio de oro y cuarzo,
Danzas y piel color arena,
Bazares de camellos
Y encantadores de serpientes.

Nobles castillos legendarios,
Valientes caballeros combatientes
Y vastas llanuras verdes
Bajo la bóveda gris crecen.

Tierras hermosas,
Patrias grandiosas,
Mas mi corazón,
en otra orilla se forjó:

El mar espumoso
Se rompe en perlas
Contra las barcas de algodón
A los marines mojando.

Aroma de jazmín y azahar,
Flotan brisa al compás
Y en los cerros alzadas

Viejas y hermosas ermitas.


___________________________________________________

Es una poesía que escribí en 2004, cuando tenía 13 o 14 años.


jueves 15 de junio de 2006

Desenredando Barcelona

Para el crédito de síntesis nos han pedido que escribamos sobre nuestra ciudad en los blogs. Podría hablaros de Gaudí y sus alucinantes edificios pero su obra es ya conocida por todos. En lugar de eso, descubriré un par de sitios conocidos de oídas por todos pero con el encanto de no ser muy conocidos por los turistas.

Les organizo una tarde recorriendo las callejuelas del centro. Bajen por Portal del Ángel hacia la Catedral, se irán del cosmopolitismo de una ciudad hasta principios del siglo pasado. Tras una visita a la catedral si la rodean, irán olvidando a los turistas y los compradores desenfrenados que se apelotonan en la plaza para dejar paso a un cuarteto o un tenor, según el día, deleitando al personal y, de paso, ganándose el jornal.
Alejándose del corrillo formado por los músicos y oyendo aún las notas del violín de turno, dejése llevar por los callejones de la ciudad hasta alcanzar una plaza olvidada por la modernidad en una ciudad como ésta.

Sin verla desde la sinuosa callejuela, tras pasar un arco que franquea la entrada, llegas allí. La plaza St. Felip Neri está justo en medio del tumulto de los barcelonenses y los turistas y cuando se llega a aquella plaza, un silencio se apodera de todos. No se oye nada de fuera. Nada. Tan sólo una fuente y algunos niños osan pertubar la tranquilidad de la gente. Es una evasión al mundo, donde, al mirar a la esquina, vuelves a unos años treinta que se clavan en forma de agujeros de balas de guerra en la pared de la pequeña iglesia.

Cuando ya haya evadido el mundo actual, vuelva a subir por Portal del Ángel y retroceda un poco más en el tiempo. El Café dels Quatre Gats está en otro callejón sinuoso y para ver ese magnífico edificio, se tiene que inclinar en la pared opuesta. Secretos así, no deben lucirse. Deben estar ocultos en medio de la ciudad para encontrarlos por casualidad. En ese café modernista, en esa silla donde vaya a sentarse, siéntase importante porque fue refugio de Albéniz, Picasso, Gaudí y otros genios del momento.

Si aún sigue con ganas de perderse y las tiendas no lo han absorbido con sus letreros luminosos de descuento y rebaja, diríjase hacia la calle de la izquierda de más arriba. ¿La ve? Bien, pues continue hasta que encuentre una plaza a su derecha, con una floristeria. Esa plaza, la de Santa Ana, es otro de mis lugares favoritos de Barcelona. Entenderá por qué. El empedrado, la iglesia y el intenso olor a flores la hace inigualable e irrepetible. Le dejo aquí y...disfrute.

viernes 9 de junio de 2006

tv series: HousE



El nuevo canal Cuatro, con Anatomía de Grey, House y Friends, cuenta con las mejores series de la televisión actual.

Gregory House es un nefrólogo amargado de armas tomar, que ignora las leyes y cuyo eslógan "brutalmente honesto" lo define a la perfección. Es honesto hasta ser ofensivo y su humor mordaz es divertidísimo. Tiene a su cargo al Dr. Foreman, un neurólogo afroamericano, Dr. Chase, el australiano y la Dra. Cameron. En cada caso se descubren las más raras enfermedades.

En cada capítulo, Cuatro recoge las frases más divertidas de este doctor.
Las mejores frases del Dr. House son:

(Sobre un paciente del que han descubierto su enfermedad): Enhorabuena Chase, es cáncer. Aseadlo y que se lo quede oncología, la fiesta es suya.

(House, tras ver el expediente de un paciente que acaba de ingresar): ¿Usted es Taddy? Me encanta el nombre, si alguna vez tengo un perro…

(House a un paciente al que están haciendo unas pruebas): "Enhorabuena, ha sido tumor".

(El equipo habla con admiración de un médico que lucha contra la tuberculosis en África): "Ni siquiera es un médico de verdad, éste es un telemaratón con patas".

(Cuddy está muy preocupada por los síntomas que presenta un obrero que tuvo un accidente en su casa y House le dice): "Ojalá hubiese caído de cabeza, así no tendríamos esos síntomas".

(House entra en el despacho de la directora del hospital) "¿Sigue siendo ilegal hacerle una autopsia a alguien vivo?"

(Wilson está en la consulta con una paciente y House quiere que salga): "¿Se muere? No, pues que espere".

(Su equipo le pregunta por qué va a arriesgar la vida de una niña con una nueva operación): "Es que Wilson está pesado con darle otro año de vida para despedirse de su mamá. Debe ser tartamuda, la pobre".

(House a la directora del hospital cuando ve que tiene un ayudante nuevo): "¿Para qué quieres un secretario, la agencia matrimonial no te funciona?"

(House se entera de que han asignado a otro doctor un caso que él quiere): "Bueno, no me gusta hablar mal de otros médicos, y menos de un borracho tan torpe."

(House lleva al hospital a un condenado a muerte para ocuparse de su dolencia): "Tengo que dejarlo nuevecito para que el Estado se lo cargue."

(Chase pregunta por qué es él quien tiene que ir a investigar a la prisión): "Como eres tan mono, los reclusos serán más cariñosos contigo."

jueves 8 de junio de 2006

Sobre libros y polémica


Seguro que al ver el cuadro de La Giocconda ya saben de qué voy a hablar. No es justo que este cuadro de Leonardo se vea ya como parte del merchandising y la publicidad, ya no del Louvre, sinó de un best-seller. Quería contenerme, quería de verdad, pero no he podido. Al final, voy a hablar de El código Da Vinci. El libro se estrenó en el 2003 y, desde entonces, ha sido el más polémico. El último libro de Dan Brown ha dado a conocer todos sus anteriores libros como La fortaleza digital (1996), Ángeles y demonios (2000) y La conspiración (2001).
No sólo ha despertado el interés de los lectores por otras novelas históricas sinó que ha conseguido inundar las librerías con libros mediocres que pretenden descubrir secretos ocultos sobre la religión católica y variantes. Según citó con orgullo Javier Sierras, escritor de La Cena Secreta que se ha hecho famoso gracias a la estela que dejó Dan Brown, El Código Da Vinci ha sido una puerta hacia el mundo de los secretos ocultos durante muchos siglos y novelas históricas. Tiene toda la razón, y maldita fuera la hora.
El libro de Brown te atrae al principio y va perdiendo progresivamente interés. El final es flojo para todo lo que parecen anticipar Robert Langdom y Sophie Neveu con sus descubrimientos. No va más allá de un libro entretenido escrito en el lugar y momento adecuados. Los lectores se han fascinado con las secretas historias reveladas en él. Lo que es incomprensible es que haya lectores que crean lo narrado en el libro. Deberían pararse a pensar, o a documentarse, si eso es real. Deberían ir más allá o, simplemente, no ir a ninguna parte y ver que lo que leen es tan sólo una novela.
La película que se ha estrenado hace poco más de dos semanas me decepcionó, como ya lo hizo en su momento la novela. Tom Hanks no encaja en el perfil del personaje, aunque no haga mal el papel, pero los demás están escogidos a la perfección. En la película se aprecia mejor que hay algo que falla en la trama. No falta acción, ni es lenta, pero se percibe un inexplicable vacío.
En resumen, es tan polémico tanto el libro como la película que, simplemente como conocimiento de la actualidad, vean o lean alguna de las dos cosas. Para que puedan opinar si realmente merece tanta publicidad y polémica. Yo creo que no.

martes 23 de mayo de 2006

tV series: F·R·I·E·N·D·S


Hace un año que finalizó la mítica serie Friends. Ganadora de un EMI y un Globo de Oro y con más de 200 capítulos ha arrancado carcajadas de medio mundo y ha contado con casi todo el reparto de Hollywood como sus invitados. La clave de su éxito está en su humor universal y la estructura de la serie, pues no necesitas seguir los capítulos y cada uno es individual aunque siga una historia, no necesitas saberla para que te divierta y te desternilles de risa. Narra la historia de seis neoyorquinos: Ross, Rachel, Phoebe, Chandler, Joey y Monica. Es imposible recomendarlo, lo hace por sí sola.

viernes 5 de mayo de 2006

divagando...




Vivimos esperando que nos pasen cosas maravillosas y deseando tener aquello que no tenemos. Lo queremos todo y cuando lo conseguimos, no nos llena. Vemos en los demás cualidades que nos faltan y regalos que no nos hicieron. Nunca miramos aquellos que nosotros sí tenemos y nos hace únicos. No nos damos cuenta que no buscamos ser como los demás sino encontrarnos bien con nosotros mismos. Mirarse al espejo y pensar: Soy feliz. Creamos expectativas creyendo que seríamos tan feliz como el otro si tuviésemos aquello que le hace feliz. Pero no, debemos buscar en aquellas pequeñas cosas que nos hacen feliz a nosotros mismos, momentos del día a día, migajas de una felicidad que no existe. No estoy siendo pesimista, al contrario. La felicidad está ahí, a la vuelta de la esquina. Si vas mirando más allá de esa esquina, te pierdes ese momento feliz. No deberíamos tener tantas aspiraciones. Está bien tener sueños pero es más importante ser feliz con lo que se tiene. Carpe diem.

de fondo: Uno para todas (película)

jueves 4 de mayo de 2006

Territorio Comanche

Si no escribo sobre Reverte me matan, sobretodo por la paliza que doy últimamente con sus libros... Si tuviese que parecerme a algún periodista, sin duda sería él. Escribiendo una columna de opinión sobre lo que él quiere en el XLSemanal, novelista y miembro de la RAE. Lo único que no sería capaz de hacer es ser reportera de guerra. No podría enfrentarme a algo así, hay que ser de una pasta especial, y además me frustraría ver esa injusticia tan de cerca. Estoy leyendo Territorio Comanche, que son sus experiencias de la guerra de Bosnia, y te puedes hacer una ligera idea de qué infierno se vive en una guerra.

Acerca de recomendar un libro, si esto se supone que es una reseña pues ¿qué deciros? Ya lo veis... Es rápido de leer, son sólo 125 páginas y no dejan indiferente a nadie. Supongo que pensaréis que entre éste y Vacaciones en Roma, me baño en actualidad, pero sería muy común recomendar novelas históricas ¡que hay tantas últimamente! La cena secreta, El código Da Vinci y tantos, tantos, tantos otros... Así que os recomiendo uno que nada tiene que ver con eso. Os recomiendo esta entrevista -previa al libro- a modo de introducción:

Usted ha sido dado por perdido dos veces, una en 1975 en el Sáhara y otra en Eritrea...
- Sí... Lo del Sáhara fue que empezaba entonces la guerra del Polisario, todavía no se sabía nada aquí, y crucé las líneas y me fui con el Polisario, y en Madrid me dieron por perdido durante mes y medio. Y en Eritrea fue peor: en aquella ocasión estaba en Tessenei, una ciudad eritrea, con la guerrilla, y tomamos la ciudad, bueno, la tomaron ellos, y después fuimos cercados por los etíopes, y, bueno, fue una masacre, hubo una matanza y tuvimos que irnos a la frontera con Sudán, huyendo de noche por la selva... Eso sí que fue una cosa mala, mala... En Madrid me dieron por muerto. Llegué a la frontera con disentería, hecho una porquería, medio muerto...
- Y usted pensó que también iba a morir.
- Sí, sí, fue una de esas veces que... Aparte de que llegué a la frontera con hemorragias intestinales, muy malo, muy malo. También fue la única vez en mi vida que... [levanta la mano, con el índice y el pulgar estirados].
- La única vez que ha llevado armas...
- Sí, por supuesto. Porque allí nadie cuidaba de ti más que tú mismo.
- ¿Sabe usted disparar?
- No, sólo lo que cualquiera que ha hecho la mili. Pero no me gustan las armas. La gente cree que porque eres corresponsal de guerra te tiene que gustar las armas y tienes que ser militarófilo, pero en mi caso no es así. Sólo he disparado en Eritrea, pero es que tenía que hacerlo, nadie cuidaba de mí y...
- ¿Le dio a alguien?
- No lo sé y espero que no. Afortunadamente no lo sé. Pero te diré una cosa: en esas circunstancias me hubiera dado igual el haber dado a alguien, tenías que hacerlo. A mí me han disparado muchas veces en mi vida, muchas veces, me han disparado para matarme y no me han dado, y, bueno..., si una vez he disparado yo y he dado a alguien, pues mala suerte, pero se trataba de mi piel. Pero, de todas formas, mejor es no saberlo. Al menos no tengo sobre la conciencia ningún muerto, que yo sepa.
-¿De qué maneras le han disparado -metafóricamente- y usted no lo hizo?
- Pues, pues... No sé, por ejemplo, yo nunca le he pegado a un tío con gafas, pero cuando yo llevaba gafas me las rompieron un montón de veces, y cuando empezaba en periodismo había un tío que me decía: «Hola, chaval», y yo pensaba: «Qué tío tan simpático», y luego resulta que me estaba haciendo una faena por detrás para que yo no fuera a hacer tal reportaje y así poder hacerlo él... Y entonces me di cuenta de que yo era un ingenuo, un auténtico pringao. La vida te va dejando marcas, y cuanto más te mueves, más riesgos corres. O sea, si eres un empleado de banca, a lo mejor los riesgos son menores, pero si tienes una vida más movida, pues hay riesgos en los que te juegas el alma, si el alma existe... Por eso, yo, mi alma... Yo he visto violar mujeres. Lo he visto. Tengo una de esas fotos de la memoria de que antes hablábamos, y tengo la foto de una ciudad ardiendo, que se llamaba Tessenei, y tíos saliendo de las casas con colchones, y radios, y vajillas; y hay gente corriendo, y muertos en las calles, y hay mujeres a las que están violando que están gritando en los portales. Y algunos de los que las están violando son mis amigos, gente que ha estado conmigo un montón de meses en la selva, y yo tengo 26 años, y estoy viendo eso. ¿Qué hago yo, las defiendo? Tendría que haber dicho: «Moriré por defenderlas». Teóricamente tendría que haber dicho eso, porque eso era lo que me pedía mi código personal. Pero, por otra parte, hay una cuestión práctica: no puedo defenderlas, no vale para nada lo que yo haga. Y después soy un periodista, un testigo, no un actor del suceso. Y de esas fotos tengo unas cuantas. Esas cosas te... No pasas impunemente por Tessenei.


Rosa Montero entrevista a Arturo Pérez-Reverte para EL PAÍS SEMANAL (18 de julio de 1993)

¡CinE!

Intentaré escribir almenos mensualmente la sección sobre películas que me hayan gustado. Últimamente me he aficionado a las películas en blanco y negro. De hecho, no debería ser una clasificación cinematográfica el color de las películas, pero ya me entienden.

Empecé con Vacaciones en Roma (Roman holidays) de Audrey Hepburn y Gregory Peck. Me gustan mucho más que las comedias actuales. Y los iconos del cine de entonces eran mucho más naturales y, desde luego, más elegantes.

Es muy entretenida y yo iba toda feliz expectando el anunciado final feliz, cuando la Princesa Ana se entera de que él es un periodista. Entonces, en la rueda de prensa, se van todos los periodistas y yo, ingenua y acostumbrada a los finales ideales del Hollywood de ahora, me quedé esperando a que ella saliese para que le dijese que vivirían para siempre juntos. Pero no, me quedé con las ganas y de piedra cuando salieron los títulos. Me sorprendí pero, aún así, fue un final mejor que si se hubiesen dado un peliculero último beso.