viernes 6 de agosto de 2010

A-Zeta Revista

La autora de este blog se ha ido por otros derroteros de Internet. Os invito a todos a pasar por la Revista cultural online que llevamos yo y unos compañeros.

www.azetarevista.com

Si quereis colaborar en A-Zeta, mandad un e-mail al revista.azeta@gmail.com

jueves 19 de marzo de 2009


(4 de mayo 2006 - 2 de noviembre de 2008)

domingo 2 de noviembre de 2008

III

Farfullan sin parar.
Banalidades cual enjambre de abejas
que vaga a mi alrededor. De nada sirve
mi cazamariposas: una gota de agua
tratando de sosegar mil llamas.
Y a pesar de todo, ¿qué es mi red?
Son sólo palabras, tal vez igual sinsentido.
Imposible acallar su zumbido al pasar.
Incesante revoloteo.


No me avergüenzo:
Hoy quemaría el mundo.

II

Imprime su alma en el papel, pienso,
mientras maldigo la estupidez que atardece
en mi entorno. Escucho conversaciones superfluas.
Hubiera preferido la pena de
muerte, el suicidio, un mendigo.
Hablen de eso. Direcciones de correo
de gente insulsa. Amigos, contactos:
plástico. O callen.
Versos que saben a carne fresca y sinceridad,
discursos que descolocan. Aquí he llegado,
¿cómo ha sido?

viernes 31 de octubre de 2008

I

Lo que había brillado hacía unos días,
desteñía mohína. Latón envejecido:
su mundo.
Sin embargo ella ardía,
era una canica en un montón de perlas.
Los colores marchitos deslizaban su vida.
Venían aires nuevos,
quién sabe si tal vez más fríos.

miércoles 29 de octubre de 2008

¿Qué queda?



- Supon por un instante que no existe dios, que nada de lo que te contaron es cierto. Supon incluso que es un cuento que quisimos creer hace mucho tiempo, cuando la hambruna consumía nuestras almas. Supon que jamás existió institución que abanderando nuestra salvación se hiciera con el poder. Que nunca se luchó con una cruz en el pecho. Supon que nadie se escudara ya en la fe, que aceptaran su sino y no creyesen en un mañana después de la muerte. Supon que en lugar de creer en el paraíso, creyeran en la vida, en lo que existe, lo tangible, lo real. Supon que la gente se aceptara y se supiera como persona finita. Eh, ¿qué opinas? ¿qué mundo nos queda?

- No sería mucho mejor... Sería el mismo jodido mundo de siempre: guerras, asesinatos y abusos, ignorancia, injusticia y ambición, sensacionalismo, incultura y violaciones.
- Dime pues, ¿de qué sirve entonces la religión?



Canción: Imogen Heap - Hide and Seek

jueves 9 de octubre de 2008

Insignificante

"Polvo somos y en polvo nos convertiremos."


Denle al play...
Kiss From A Rose (Piano) - Seal



Lo más probable es que tu nombre no trascienda más allá de la esquela el día que tu mueras. Tal vez, pudriéndose en alguna hemeroteca de la ciudad esté tu nombre junto a una cruz y el cariño marchito de tus familiares durante algunas décadas. Piénsalo bien. Lo más trascendente que habrás logrado hacer en tu mísera vida habrá sido morir, y eso si tus familiares tienen la amabilidad de informar del hecho. Si no, jamás habrás existido. Jamás más allá de los pocos conocidos a los que les suene tu cara, los menos que recuerden tu nombre y los cuatro o cinco que te echen de menos. Fundido en negro. Fin.

Da igual lo bueno que hayas sido en vida, las muchas abuelitas a las que hayas ayudado con la compra o los céntimos que has dado al mendigo de la esquina, no te vas a librar, chaval. Así que piénsalo: puede que haya un más allá o que tan sólo esté el más aquí, pero indudablemente vas a caer en el olvido. Dudo incluso que, en un arrebato de protagonismo, lograras atraer la atención de este mundo frenético durante mucho tiempo. Pero cualquier intento será inútil. No tienes el poder de cambiar el curso de la historia. Ya no es época de Newtons, Hitlers y Jesucristos. (¿Sabes acaso quién inventó Internet?) Así que desiste, chaval, aférrate a la vida, si te place, pero ten en cuenta que una vez ella te deje ir, serás pasto del olvido.
________________

Ayer dije digo, hoy digo Diego: aquí tienen un nuevo post.
Hasta cuando la musa vuelva...

martes 7 de octubre de 2008

Disculpen las molestias...

Fotografía: Patrick Demarchelier
Siento que últimamente el blog ha estado goteando posts muy de vez en cuando. Además, no he podido pasar por vuestros blogs tan a menudo como quisiera. En cuanto pueda actualizaré.

lunes 22 de septiembre de 2008

Anónimos


Lejos del romanticismo de los versos de Bécquer. No fue breve y bueno, como decía Gracián. No fue en una cárcel de Argel, ni en una villa a las afueras de Florencia. Ni yo era Dido, ni tú Eneas. Lejos de querer zarpar a bordo del Espaniola, lejos de viajar ochenta largos días. Ni protagonistas de un enredo de Poncela, ni secundarios del drama de Shakespeare. Ni infancias truncadas de Dickens, ni trastadas de adolescente a lo Tom Sawyer. Nadie ha escrito sobre nosotros. Reconozcámoslo: Nadie lo hará.

jueves 4 de septiembre de 2008

Un reloj de bolsillo

A Alejandro.
- Antiguamente no había tanto afán por el dinero, hijo. Imagínate un mundo sin prisas, donde el ser humano era lo más importante, sin que ello significase que debíamos poseer el mundo. El dinero era el medio, no el fin. Y usábamos el reloj para no llegar tarde, no para controlar el tiempo... Acércate, niño. Este reloj de bolsillo perteneció a tu tatarabuelo y a tu bisabuelo. Ahora es tuyo. - dijo y mis ojos se abrieron. Tenía entre mis manos el reloj de bolsillo que siempre había visto en el bolsillo del pantalón de mi abuelo. Estaba grabado por una cara con mis iniciales, es decir, con todas las de mis antepasados. En la otra cara, las florecillas se enredaban formando la filigrana grabada en la plata.
- Gracias, abuelo...
- Atiende, niño, que esto es importante. No es un simple regalo. Este reloj marca la hora de antaño - dijo en un susurro y, ante mi cara de perplejidad, añadió -: Quiero decir que debes permacer fiel a tus antepasados. Ser un hombre como Dios manda.

No entendía qué era lo que mi abuelo me estaba pidiendo.

- ¿Cómo era el mundo entonces, abuelo?
- Palabras como dignidad, honor y honradez eran las mejores cualidades de un hombre, y bueno todavía no significaba imbécil. - dijo. Absorto en sus cavilaciones, parecía haber iniciado un monólogo, pues ni me miraba. -La educación y la cortesía eran ostentados por aquellos que las poseían, y fingidos por quienes carecían de ellas. La ignorancia se escondía por los rincones. ¡Aquello era decencia!
Mi abuelo leyó en mi cara el desconcierto.
- ¿Entiendes lo que te digo, Alejandro? Que no seas tonto. Lee, niño, y aprende. Eso es importante. Y sé bueno, pero no demasiado. ¿Oyes? Y si un día llega que te das cuenta que sí eres un ignorante, calla. El silencio es el mejor maestro. ¿Has entendido?

Callé.
______________________
Sonando: Fall - KT Tunstall

jueves 31 de julio de 2008

En lugar de mil palabras (XIV)

Intentaré actualizar cuanto antes. Mientras tanto, les dejo unos días con esta canción (cortesía de naco). No hace falta que comenten nada. Sólo escuchen.

The Queen Symphony (III) Adagio - Royal Philharmonic Orchestra

jueves 24 de julio de 2008

Primero primera


Compartimos rellano. Yo vivo en el primero primera y ella en el primero segunda. Cuando me vine aquí a vivir, esperaba encontrarme a la típica vecinita, tópico de cierto tipo de películas. Rubia, alta, guapa. En fin, tú y yo ya tenemos la imagen perfecta, no hay que tener mucha imaginación para ello, ¿verdad? No, claro. Y borra esa sonrisa de tu cara porque mi vecina no es así, cosa que tampoco es de extrañar porque en este edificio no iba a vivir una chica así. De hecho, no hay casi nada vivo. Todo lo que hay aquí tiene una fecha de caducidad muy próxima. Todo son ancianos, o enfermos, o gente que un día u otro saldrá en la prensa porque se ha suicidado. Y a nadie de la finca le extrañará. Y tampoco iremos a su entierro. Y tampoco vendrían al mío. Cada uno tiene sus problemas, y allá se pudra.

Pensándolo bien, vivo en un edificio bastante honesto, comparado con los que hay por ahí, en otros barrios, en la otra punta de la ciudad. Aquí no hay cortesía del tipo: "Bienvenido a la finca, te traigo estas galletas caseras". Esto no es Estados Unidos, y mucho menos Hollywood. Aquí nadie saluda a nadie, así que ya puedes contentarte con un gruñido si te cruzas con alguien en las escaleras. Y no, no hay ascensor.

Nuestro edificio un lugar done esperarías que sucediera cualquier cosa, donde se desmantelan negocios ilegales, se detienen asesinos en las novelas policíacas. Lo rutinario, lo que sale en los telediarios, pero muy lejos de tu casa. Un lugar por el que no desearías andar perdido solo una noche cualquiera. Te haces una idea, ¿no? Un edificio donde la mugre es una vecina más a la que gruñir cuando entras, donde las sombras son eternas porque sólo hay ventanucos estrechos y ennegrecidos. Ahí vivo yo.
Y mi vecina. Comparto rellano con ella. Ella vive en el primero segunda y yo en el primero primera. Querría matarla. Sí, querría, pero no lo haré. No soy un maníaco, ni estoy dispuesto a salir esposado tapándome la cara en el telediario. Porque eso es lo que se esperaría de mí, ¿no? En un barrio así, gente así, ya sabes. Pues no. Porque esto no es Estados Unidos. Si piensas que va a ir por ahí la cosa, mejor déjalo correr.

No es que esté todo el día dándome la lata - mi vecina, digo -, ni que el volumen de su televisión o su aparato de música no me dejen dormir. No es que se queje de cualquier ruido que oiga, ni que me robe el correo. No trata de hacerme la vida imposible, ni de echarme del bloque. No, más bien al contrario.

Lo que hace esta mujer es dejarme notitas anónimas en el buzón, papel perfumado de color de rosa: Te quiero. Y cree que no sé quién es. Te deseo. Está obsesionada conmigo. Tu admiradora secreta que está locamente enamorada. Y no es un secreto. La señora del primero segunda sueña conmigo todas las noches.

Tampoco creáis que es cansina, al menos no al principio. Escribe una o dos notas al mes, y llama a casa un par de veces a casa. Llama, oye mi "¿diga?", y cuelga. A eso se resume su nivel de actuación, así que tampoco podría molestarme. Pero lo hace.
Sentirse deprimido y hundido en la mierda no es fácil. Todo tiene que ir mal, no tienes que tener éxito en ningún campo de tu vida, no debes sentirte querido. Eso conduciría fácilmente al suicidio. No tengo trabajo, ese es un buen primer punto. Pero el problema es que no lo tengo porque no quiero, porque los he dejado. Y no porque me explotaran, ni me pagaran mal, sino porque cada uno tiene su misión en el mundo. Y yo debo ser infeliz. La infelicidad facilita las cosas, te ahorra años de sufrimiento si decides suicidarte. Así que sí, quiero ser infeliz. Me aterra mucho más el hecho de poder llegar a ser feliz, saber qué es eso, probarlo, para perderlo todo después. Mi plan consiste en no ser feliz para no sufrir nada. Nunca he tenido dinero, así que es mejor no tenerlo nunca.
Una vez sí fui feliz, una vez conseguí el trabajo perfecto. Era vigilante nocturno en una empresa. Sólo tenía que limitarme a pasear por aquel gran edificio, y caminar cientos de veces por aquellos pasillos, sin nada más que hacer. O quedarme en el garito donde había cámaras de seguridad y ver la televisión. La gloria, me pagaban lo suficiente y empecé a hacer planes. Iba a ahorrar para comprarme un coche, para luego viajar y conocer todos los bares y moteles de unos cientos de kilómetros a la redonda. Empecé a soñar. Y me echaron: recorte de plantilla.
Y ahí empezó a torcerse todo. No quise volver a sentirme afortunado, porque cuando gira otra vez la ruleta, y te toca perder, es más chungo. El casino de la vida en el que no quiero jugar. Por si acaso.

Por eso es más fácil no tener como meta la felicidad. Y yo lo he sustituido: No quiero ser feliz. Al contrario, cuánto más jodido, mejor. No quiero un trabajo, no quiero amigos, quiero estar enamorado y que no me correspondan. Quiero estar deprimido, sentirme un deshecho humano. Para poder quejarme, para odiar a todos y para irme al otro barrio.
Pero eso tampoco es fácil. El hecho de que esta mujer me adule, me cabrea. No he hecho nada para atraerla. Lo cierto es que yo la he visto apenas un par de veces y por la mirilla, cuando viene a dejarme una de sus cartitas quincenales. No sé cómo me conoce, pero sabe mucho de mí. Y me cabrea.
Sentirme querido hace que me sienta incómodo. Me repugna y a la vez hace que no esté a gusto con mi banal y estúpida vida. No puedo odiar al mundo si alguien me quiere. No quiero que lloren en mi entierro, ni que esta mujer llame a la policia porque hace días que no me ve entrar y salir. No quiero atención. Quiero ser alguien al que el mundo ha dado la espalda. Y así, cuando rindan cuentas en el juicio final, yo seré un atenuante. "Pecados: Lujuria, Soberbia, Estupidez, Egoísmo. ¡Ah! Y mató a aquel tío. ¡Al infierno!"
Esa estúpida mujer, cándida e ingenua, estropea mi plan y no me deja vivir. O morir, mejor dicho. Y por eso querría matarla. ¡Si tan sólo dejase de enviarme esas infantiles declaraciones de amor! Estoy en mi piso mugriento, oliendo a podredumbre, ideando cómo deshacerme de ella. Podría mudarme de piso, y así la perdería de vista, aunque eso es mucho trabajo. O encargar a alguien que hiciese el trabajo sucio por mí. Pero también puedo simplemente esperar a que muera. Y esa es la mejor opción: su fecha de caducidad.
Llaman a la puerta. Por la mirilla se ve a la mujer rechoncha. Bata verde a rayas con machas por toda la pechera. Pelo rizado en un moño. Se ha pintado. Para verme. Para que la vea. Le gruño sin abrir la puerta.
- Abre, por favor.
Abro la puerta y me la encuentro, a la mujer que no se parece ni de lejos a la idea que tenía yo de vecinita. Ni de lejos. No es alta, ni rubia, ni guapa. Ni siquiera es joven.
- Eeeeh... Esto... Samuel...
- ¿Qué quieres?
- ¿Tienes un par de huevos?
- ¿Qué dices?
- Eeeh, no me malinterpretes. Quiero decir, esto... ¿tienes un poco de sal?
- ¿Quieres sal o huevos?
- Lo que tengas. No, quiero decir. ¿Tienes algo de eso? Que... Bueno...
- A ver...
- Sí... Necesito... Bueno, necesito huevos. Dos huevos. Un pastel. Estoy haciendo un pastel.
- ¿Y la sal?
- ¿Qué? No, no. Sólo un par de huevos. Dos. Dos huevos.
Patética. Qué asco. Pero lo peor de todo es que me resulta tierna. No, tal vez no sea esa la palabra. Me repugna, pero la compadezco. Sí, es compasión.
- No tengo huevos.
- Aaah, eh, bueno, esto... Pues, vale, gracias. Y, eh, lo siento. Por molestar, y eso...
- Adiós.
Y cierro la puerta. Es cierto que no tengo huevos. De ningún tipo. Ni de los que piensas tampoco. Si no, ya me hubiese suicidado hace tiempo. Pero el hecho de no sentirme ninguneado, hace que lo evite. No soy infeliz. Probablemente sea sólo una excusa. Pero es eso, no me puedo suicidar, porque la mujer que me repugna, me quiere. O eso dice. Pero no me puedo suicidar.
Por hache o por be, no me voy a suicidar, de la misma forma que no voy a matar a mi vecina. A la vecina que está en una edad del pavo demasiado tardía. Y así vivo: esperando a que suceda algo que justifique mi suicidio. Sería estúpido suicidarse así, con una sola persona, mi vecina, llorando en mi tumba.
____________________

Y han pasado las semanas tediosas. Hace ya unas tres semanas que no recibo una de las cartas perfumadas. Hace mucho tiempo que debería haber recibido una llamada, una señal de vida de mi vecina, diciéndome que todavía me quiere. Pero no. Se habrá olvidado, me digo. Sigue queriéndome, sí, seguro. Y vino a por huevos, aunque no tenía.
Ahora soy yo quien no deja de mirar por la mirilla cuando oigo ruido. Sé que me observaba, de vez en cuando. Porque me quiere, y me manda notas rosas. La he visto pasar, como de costumbre, a comprar, a recoger el correo. Y no hay notitas en mi buzón.
Si - por fin - ha dejado de quererme, podré ser feliz. Feliz en mi infelicidad, quiero decir. Podré suicidarme y ser víctima del mundo asqueroso y conseguiré lo que quiero. Así que debería estar contento, o deprimido. No sé muy bien cómo debería sentirme, pero sé que no me siento como debería. Supongo que me encontraré en el buzón la carta. Mañana, seguro. Porque suicidarme sería una tontería. Ella vendría a mi tumba y sería penoso.
Entonces oigo ruidos, una conversación. Y miro por la mirilla. La vecina, mi vecina, va del brazo de un abuelo. Ya no me quiere. Entonces soy libre, ¿no? Ya soy libre y puedo suicidarme. Supongo que debo suicidarme. Ella no vendrá a mi tumba porque no está enamorada de mí. Debería usar ya la cuerda que tenía desde hacía tiempo en el cajón de la mesa de la entrada.
No estoy convencido del todo, pero estoy montando todo el espectáculo, tal y como lo tenía pensado. Pongo una de las sillas de madera y tela ajadas en medio del salón. ¿Y si mañana aparece la carta? Me subo a ella y ato la cuerda a la lámpara. ¿Y si sigue siendo estúpido que me suicide? He comprobado que con mi peso no caería. Sería idiota que intentase suicidarme y se rompiese la lámpara. Y no quiero ser idiota. ¿Me voy a suicidar? Ya lo decidí. Soy infeliz y no tengo a nadie. Y me suicidaré, porque la vida es una mierda, y es el único sentido que tiene todo esto. He colocado alta la cuerda, así que no me costará. ¿Quiero suicidarme?
Estoy subido a la silla de puntillas, con la cuerda en el cuello. Es más aterrador de lo que creía. Sólo tengo que tirar la silla. Pero no quiero, creo. ¿Quiero? Me siento totalmente estúpido. Pero así es cómo debía ser. No tengo a nadie, me repito. Estoy solo, me digo. Todo es una mierda. Qué sentido tiene vivir: ninguno. Morir es la solución, ¿no? Estoy de cara a la ventana, con la soga alrededor del cuello. A un paso de la muerte. Si yo quiero, claro está. Voy a hacerlo, sí, es lo coherente. Tampoco pierdo nada, ¿no? Empiezo a notar la cuerda en el cuello. Me canso de estar de puntillas. No echaré de menos nada, porque no tengo nada. Por mala que sea la muerte… Aunque tampoco vivo tan mal. Soy infeliz, pero no estoy tan mal, ¿no? ¡Soy tan estúpido! Me siento imbécil.
Llaman a la puerta. Oigo ruido. Y ruido de papel. ¿Será una carta? Si es una carta, no podré suicidarme. Me giro lentamente, sin poder liberarme de la soga. He tenido que subirme a la mesa para entrar la cabeza en el lazo. La silla empieza a tambalearse, pero seguro que no me caigo. Porque no voy a morir. Y eso es una carta rosa perfumada de la vecina. Seguro. Se tambalea y pierdo el equilibrio. La silla cae. Pero eso es una carta rosa perfumada, lo es y ahora la veo. No podré leerla pero era una carta. Y sí, voy morir. Involuntariamente. Quedarán segundos... Y soy penoso. Vendrá a verme a la tumba y soy estúpido. Estoy a punto de morir. Por accidente. Me quiere. Y eso es una carta rosa perfu…

viernes 18 de julio de 2008

Mundo absurdo


- Mire, le voy a hacer a usted una oferta. ¿Qué le parece?
- ¿A mí? ¡Magnífico, señor!
- Sí, ¿quiere usted dinero?
- ¡Hasta el más tonto lo quiere!
- Sí, eso es cierto. Una vez, el doctor Charles Bovary, que es uno de los zopencos más distinguidos de mi tierra, me dijo...
- ¿El doctor Bovary? ¿El de Rouen?
- En efecto. Ese hombre, que no tiene muchas luces, estaba en mi casa aquel día...
- ¡Oh! ¡Yo le conozco!
- Me alegro. En el alma. Pero yo estaba a punto de relatarle un episodio anecdótico que aconteció hará poco más de un año.
- Señor, pero es que yo que quería que me diese algo de dinero. Si no me va a decir que me lo va a dar, hágamelo saber. No puedo pasarme todo el día de cháchara. De lo contrario, cuando llegue a casa - una casucha de mala muerte, no crea usted - mi mujerzuela me recibirá con los brazos abiertos.
- Eso es bueno. El cariño de una mujer...
- No estaría yo tan seguro de que usted quisiera un abrazo de mi señora mujer. Aún así, no me recibiría con los brazos llenos de amor. Solamente de avaricia.
- ¡Oh! Pues la avaricia rompe el saco.
- Y la paciencia de uno, señor, y la paciencia de uno.
- Pues hablando de avaricia: Un día me encontraba yo con el señor Scrooge...
- ¡Íntimo de mi mujer! Le conozco.
- ¡Yo también!
- Me lo acaba de decir, señor.
- Ya. Usted también me dice a todos los que conoce.
- Pero no dos veces.
- En eso no le llevo la contraria...
- Pero yo no soy avaro.
- ¿De qué me habla?
- Del dinero que me va a dar. Digo, que yo no soy avaro.
- Lo sé, es usted un pobre hombre.
- Yo más bien diría que soy un hombre pobre.
- Pues yo le daré a usted dinero.
- ¡Oh! ¡Qué fantástico!
- Aunque tal vez luego no lo haga.
- ¿Porque no tiene el dinero?
- No, porque no quiero gastarlo en ello.
-¡Ah! Pero usted lo promete. La intención es lo que cuenta.
- ¿Sí?
- En efecto.
- Pues también voy a decir que mejoraré su calidad de vida. ¡Le voy a hacer a usted millonario!
- ¡Pero qué bueno es usted! ¡Cuántas promesas! ¡Le honra!
- ¿Y si luego no soy capaz de cumplirlo?
- ¡Oh, eso no importa! Aquí, en el reino del Tonto del Haba, lo importante es prometer.
- ¿De veras?
- Sin lugar a dudas.
- ¡Espléndido! Puede que haga de este reino mi hogar.
- Me alegro. Va a estar como pez en el agua. La estulticia hace naciones.
- ¿En el agua?
- No.
- ¡Ah! ¿Qué quiere usted decir?
- Que a un señor de su talla y potencial...
- Sí, soy un gran señor. En mayúsculas.
- No lo dudo.
- Pero, ¿qué estaba diciendo? ¿Iba usted a halagarme?
- Decía, que a un hombre...
- Gran señor.
- Que a un gran señor de su talla y potencial le puedo prometer que aquí todo le irá maravillosamente.
- ¿Puedo fiarme de su palabra?
- ¡Claro!
- ¿Está seguro?
- ¡Tan seguro como que usted va a darme todo el oro del mundo!

miércoles 9 de julio de 2008

El reino del Tonto del Haba


- Me enerva la situación actual. Vivimos en el reino del Tonto del Haba, donde la ignorancia es la norma suprema.
- ¿Eh?
- Que sí. ¿No lo ves? En todos sitios: la televisión, el gobierno…la gente en general.
- No sé a qué te refieres...
- A ver, hoy en día, la estupidez se ondea como estandarte. Odio esta forma de actuar de todo el mundo, su egoísmo y el eterno capitalismo. Deberíamos hacer algo, ¿no crees? Luchar contra este sistema que se está imponiendo. Sería lo mejor. Deberíamos pelear, en lugar de resignarnos. Al menos nos sentiríamos útiles.
- Yo no me siento inútil. Para nada.
- Deberías. Ves que todo se va al carajo y no haces nada.
- Hombre, tampoco se va al carajo… Simplemente cambia de forma, la moral y la ética… Los valores cambian. Es normal.
- ¿Pero es que no te importa que la dignidad, el respeto, la sabiduría estén perdiendo valor?
- Todo eso son conceptos vacíos.
- Perdona, ¿he oído "conceptos vacíos"? ¿Estás diciendo que el saber, por ejemplo, es un concepto vacío?
- Sí. Es un concepto vacío porque eso no te va a dar más dinero, ni te va a conseguir un mejor empleo, ni te va a ser útil - al menos, no demasiado - en esta sociedad. ¿Crees que son los más sabios los que gobiernan el mundo?
- Obviamente no.
- Entonces, por lo que a mí respecta, son conceptos vacíos. Que ya no sirven. Yo no arriesgo lo mío por valores insulsos.
- No entiendes nada.
-Sí, sí que entiendo. Eres un idealista. Entiendo tu forma de verlo pero no hay nada que hacer. ¿Qué pretendes? ¿Cómo vas a imponer eso que crees perdido? ¿Vas a volverte un anarquista y volar un edificio de alguna multinacional?
- Podría hacerlo…
- ¡No digas bobadas! Eso no serviría de nada.
- Claro, yo digo bobadas... Pero tu excusa ante esta situación es que no puedes hacer nada para solventarlo.
- Exacto. Tú lo has dicho. No puedo hacer nada. Y prefiero vivir sin atormentarme por algo que yo no puedo solucionar.
- Sabes que no es cierto.
- Mira, yo tengo mi trabajo, contribuyo a la sociedad pagando mis impuestos, ejerzo mis derechos y obligaciones. A partir de ahí, lo demás me resbala.
- Pero no puede darte todo igual… No puedes simplemente evadirte. ¿No ves que…?
- ¿Que qué?
- …¿que si esto se va a la mierda, tú también te hundirás en ella?
- Entonces nadie podrá hacer nada para evitarlo. Y tú tampoco.

lunes 7 de julio de 2008

En lugar de mil palabras (XIII)

Había pretendido comentar el vídeo que cuelgo y la película de la cual proviene (American Beauty), pero creo que es mejor que no diga nada - que para eso esta entrada lleva el título que lleva -. A los que ya la han visto - que serán la mayoría -, para que refresquen. A los demás, corran a un videoclub y alquílenla.



Versión original


En español

jueves 26 de junio de 2008

Carta de un libro cualquiera


Queridos lectores (en este momento tengo el placer de llamaros así, por una vez):

Los que escribís (no, no todos sois escritores) os limitáis a decir lo que dijeron otros antes pero cambiando las palabras de forma que parezca algo nuevo (también hay algunos que incluso lo decís de la misma forma). Pero lejos de avergonzaros, muchos sois los que queréis tener este oficio, aunque sepáis que no aportaréis nada nuevo al mundo. ¡Es esa voluntad que os nace del egoísmo! Os enorgullece ver vuestro nombre escrito en la portada de alguno de nosotros, por poco talento que hayáis derramado sobre él. Ansiáis que algún lector se tome el tiempo de sumergirse en vuestras palabras y escuche aquello que ansiáis decir.
Aunque lo que queréis en realidad es dejar rastro de vuestra existencia en algo que probablemente sea más longevo: Nosotros. Afirmáis que necesitáis escribir, pero con eso no nos lleváis al equívoco, sabemos que deseáis que se os escuche, sin importar qué o cómo lo digáis. Anheláis que el universo se centre por un mísero instante en un ser ínfimo que tan sólo es más egoísta que los demás. Que tan sólo quiere que admiren su destreza. Pero de lo que no os dais cuenta es que sin nosotros no vivís. Nosotros somos las estrellas de este pequeño cabaret y vosotros tan sólo el que abre y cierra el telón. Nosotros somos quienes os hacemos grandes, o quienes os arruinan esa fama efímera. Somos quienes manejamos los hilos de vuestra carrera y vuestro futuro. Los que atesoraremos vuestras sucias palabras cuando vosotros ya no estéis aquí para ensanchar vuestro ego al releerlas. Estamos hartos de que inundéis con vuestro discurso estúpido nuestras páginas y que creáis que, al deslumbrar al lector, nos embaucáis a nosotros. Sabemos bien que nuestra tarea es convivir con esa verborrea insulsa en nuestro interior y cargar con él sabiendo que en lugar de Virgilio o Quevedo, llevamos a un aprendiz que se creyó maestro. No, por mucho que lo creáis, a nosotros no nos engañáis.


Un libro cualquiera de un autor cualquiera

lunes 23 de junio de 2008

Esclavos

De camino al mercado, no pude evitar curiosear. Llevábamos dos días de fiesta ya y yo apenas había visto cómo era el gran anfiteatro del que todos me habían hablado. Era enorme, como jamás había habido otro, con tres pisos de arcos que se sucedían formando un óvalo. Colosal.

Me acerqué allí y traté de ojear qué se cocía dentro. Me asomé por una de las grandes arcadas, lejos de las puertas que custodiaban los soldados. Apenas veía la acción, pero podía oler el olor de la sangre derramada sobre la arena y oía el rugir de las fieras, cuando el clamor popular cesaba y todos contenían el aliento.

Tras el solemne saludo Ave Hadrianus, el metálico silbido de las armas al desenvainar. En las primeras filas, los senadores repartían su atención entre el espectáculo y cualquier gesto del emperador Adriano. A éste no podía verlo desde aquel hueco y tan sólo podía contemplar cómo un senador estaba siempre vuelto hacia su izquierda, dando la espalda a otro pobre que trataba también de colmar de gracia al susodicho. Más arriba, la clase alta de la ciudad se agrupaba soberbio y triunfante. Las mujeres, ataviadas con sus mejores galas, agarraban el brazo del hombre que tenían a su lado, exagerando el gesto. Éstos, a su vez, contenían la emoción del espectáculo, mostrándose impasibles y capaces.

- Quita de ahí, esclavo. - dijo un soldado, propinándome un golpe, ya que me había visto husmear.

Cogí el fardo y me dispuse a continuar mi camino cuando un anciano mendigo se interpuso en mi camino.

- No te compadezcas, esclavo. La vida es una lucha contínua para todos. - dijo mirando hacia el lugar donde se celebraban los juegos.
- No para todo el mundo igual.
- No hay camino fácil de la tierra a las estrellas. Los gladiadores son héroes para el pueblo... ¿Recién llegado a Roma, esclavo? - dijo con desdén. Como única respuesta obtuvo un parpadeo. - Aún así, esclavo, eso que ves no es lo que era. Cuando era joven, se celebraban los juegos durante decenas de días. Los de Trajano duraron cien días.

Debí abrir los ojos de tal manera que esbozó media sonrisa, sabiendo que había conseguido mi atención, y dijo:

- Yo fui gladiador. - dijo con orgullo, y mis ojos aún se abrieron más - Pero el éxito es efímero, ya me ves. A uno la vida le parece corta cuando es afortunado y larga cuando no lo es...

- ¿Era un esclavo?

- Lo fui. En Roma hay oportunidades para todos. Si eres listo, sabrás buscarte la tuya, esclavo.

Ante mi gesto incrédulo, concluyó:

- Muchacho, ¡no sabes cuán grande es Roma!

martes 10 de junio de 2008

En lugar de mil palabras (XII)

Desembarco en Ostia de Paula Romana - Claude Lorrain
Museo del Prado, Madrid
Algo tiene este paisajista barroco que me encanta. La foto pequeña de arriba, es la misma pero en grande (Los colores son más difusos que en la realidad, pero es lo mejor que he encontrado). Es uno de mis cuadros preferidos. ¿Qué les parece?
___________________
Claudio de Lorena, nombre por el que se conoce en España al gran paisajista del Barroco francés Claude Gellée, apodado Le Lorrain, nació en el castillo de Chamagne, cerca de Nancy, en 1600. Dicen que trabajó como pastelero de niño, pero a los trece años se trasladó a Italia, trabajando para el Cavaliere d´Arpino en Roma, el mismo que protegió a Caravaggio. Después se marchó a Nápoles, regresando a Roma a los dos años para convertirse en el ayudante del paisajista Agostino Tassi. Al finalizar la década de 1630, Lorena tenía una excelente reputación, realizando unos paisajes muy románticos, inspirados en los manieristas italianos y nórdicos como Elsheimer.
Los paisajes de Lorena consiguen unos maravillosos efectos poéticos gracias a la atmósfera con dorada niebla producida por la luz solar. Normalmente, son muy similares, siguiendo una composición predispuesta, muy idealizada. Sus composiciones resultan sumamente equilibradas, y sientan el modelo que se tomará durante todo el paisajismo posterior, especialmente en la pintura inglesa y alemana. Su estructura es la de un horizonte bajo, a un tercio, con dos tercios de cielo, lo cual le permite grandiosos efectos atmosféricos de luz y agua (nubes, reflejos, mar). Para dotar de simetría y equilibrio a las imágenes colocaba en el centro geométrico del lienzo un claro de luz, provocado por el sol o el mar, al cual rodeaba de masas oscuras: nubes, masas vegetales a los lados, y tierra abajo. Su obra tendrá mucha influencia en Turner. Su fama mundial provocó la aparición de múltiples falsificaciones de sus obras, por lo que el propio Lorena inició una carpeta de dibujos en la cual recogía todas sus composiciones. Esta carpeta se conoce como el Liber Veritatis, y no se publicó hasta 1777.

lunes 2 de junio de 2008

Nueva casa


Laura iba en busca del arcoiris. Aquel día lloviznaba levemente, hecho poco frecuente en aquella ciudad burguesa de tintes góticos. Las nubes era pocas y de un blanco puro. Coronando el cielo, el sol brillante hubiese quemado la piel de no ser por la lluvia. En la ciudad no podía alcanzar a ver más que un pedazo de la bóveda azul que tenía sobre su cabeza. A pesar de que las calles que se alzaban a su alrededor le impedían verlo, Laura sabía que en algún lugar del cielo debía haber un tímido arcoiris.

- ¿Dónde está?
- Ya llegamos, Laura.
- No. Que dónde está el arcoiris.
- ¿Qué arcoiris, Laura?
- El que debería haber. Llueve y hace sol. ¿Dónde está el arcoiris?
- Pues no lo sé, la verdad. Quizás no llueva lo suficiente...

Laura torció el gesto, enfadada. Hoy tampoco iba a poder ver un arcoiris. Ahora ya no miraba al cielo y, cabizbaja arrastraba los pies por aquellas calles señoriales de edificios bajos y ajardinados. A pesar de que trataba ocultarlo, estaba nerviosa.

- ¿No te gusta el barrio? Es precioso, ¿no crees?
- Me da igual.

La niña caminaba cada vez más lento, con la mirada fija en el suelo. La señora que la acompañaba siguió mirando la ficha que había sacado de su carpetilla negra sin prestarle mucha atención.

- Es aquí, Laura. Calle Freixà, número 40. ¡Qué casa más encantadora!
En efecto, aquella era una casa especial. En medio de todos aquellos bloques de pisos, se alzaba aquella casa, con enredaderas envolviendo toda la fachada posterior. A través de una celosía verde de madera, podía entreverse un columpio hecho de cuerdas, atado a dos árboles. Pintada de ocre, con tejas rojas en la cubierta a dos aguas, aquella casa prometía ser refugio de los juegos más misteriosos y fascinantes que aquella niña jamás hubiera imaginado. Algunos adornos florales decoraban las esquinas de las paredes.

- ¿Qué te parece, Laura?
- Normal. - dijo la niña sin una pizca de entusiasmo.
- Pero, Laura, deberías estar contenta. Vas a vivir aquí... No podría existir casa mejor para...
- ¿Cuanto tiempo estaré en esta?
- Eeh... Pues si todo va bien, Laura, un año. Es bastante, ¿no?
- A Daniela la quisieron para siempre.
- Sí, Laura. Hay veces en las que la familia adopta al niño... Pero no siempre es así, Laura. Piensa que...bueno... Que las familias sólo pueden... ¿Qué miras?
-Quiero ver un arcoiris. No debería ser tan difícil.

En sus ojos, la inocencia desteñía amargura. La madurez iba apoderándose de ella antes de lo previsto.
____________________
Niños en acogida
Si tienen ocasión, pasen por la calle Freixà en Barcelona...

martes 20 de mayo de 2008

Navegando

"Sólo sé que no se nada" Sócrates
Tejía el destino, enredando en el mañana sus sueños, prendiendo cuidadosamente con alfileres cada ilusión. Tras de sí, cual navío surcando el mar, dejaba tan sólo una estela de vivencias olvidadas, que retendría débilmente en su memoria en forma de recuerdos cada vez menos vívidos. No se preguntaba qué le reservaban los hados, y ni siquiera miraba de reojo la estela de su velero. Mantenía la vista al frente, contemplando erguida la línea fina del horizonte sin tratar de comprender por qué seguía aquel rumbo, en qué dirección soplaría el viento o si lograría cruzar aquel mar. Los miedos no atenazaban su estómago. Era valiente, aunque jamás temeraria. Ignorante para muchos, era más sabia que los que así la consideraban. Al menos, ella conocía los lindes de su saber.

sábado 17 de mayo de 2008

En rojo

El Azar, gran dios de los que no creen en el destino, le abordó caprichoso aquella mañana. Desafiándola la miraba. ¿Serás capaz de burlarme? Nadie lo es y lo sabes. Contuvo el aliento y él entornó a su vez los ojos. Y entonces, ella echó a correr. Iba a conseguir burlarlo, nada iba a detenerla, se dijo. Pero escabulléndose sólo encontró la senda de la que pretendía huir. Aquello no era un teatro y en su escena tragicómica no podía simplemente esconderse entre bambalinas. Sabía qué camino debía tomar pero no quería hacerlo, y tenía sus motivos, fuesen cuales fueran; a pesar de que retrasarlo no iba a cambiar su destino, o azar, llámalo como quieras que al final todo se resume en formas de verlo.

Era tan sólo un cruce en el que ella se había detenido. Con el pelo agitado y el pulso acelerado, miraba fijamente el semáforo en rojo. Que estuviese en rojo no quería decir que la luz verde no fuese a aparecer. Ella lo sabía. En aquella fracción de segundo en que ambas luces estaban apagadas, lo comprendió. Comprendió cuál era su propósito y por qué debía bajar de aquella acera y simplemente avanzar. Todo cambiaba en aquel instante, no se sabía por qué ni cómo, pero ya no trataba de huir, se sabía incapaz. Ella no había tenido la misma suerte que Medea, y ningún dios iba a bajar a ayudarla. Pesarosa, sabiendo que los deus ex machina no sucedían en el teatro de la vida real, cruzó la calle y, como una heroina de las tragedias griegas, aceptó su destino.

martes 13 de mayo de 2008

Viernes Santo

(relato también conocido como: "La extraordinaria aventura del hijo de un asesino que sabe que podría acabar adoptando las costumbres malsanas de su polémico y peligroso padre" por Jordi)


Mi padre era un asesino. Puede que parezca demasiado contundente y fácil resultaría, para un psiquiatra, elucubrar que tuve una infancia traumática. Pero no fue realmente así. Crecí como cualquier otro niño, con las rodillas peladas y canicas en el bolsillo, soñando con pelear contra piratas. Como todos, iba al colegio a regañadientes y del mismo modo acompañaba a mi madre a la iglesia los domingos.

Mi padre era un asesino común, que no seguía ningún tipo de ritual, ni tenía un estilo personal. Tampoco se creía artífice de un juego que la policía debía descifrar, ni inspiraba esa admiración oculta que provocan algunos maestros del rebuscado arte de la aniquilación. Tan sólo mataba. De una forma tosca y ruda, sin la destreza de un carnicero o la minuciosidad de un ajedrecista.

Aunque jamás indeciso, era vulgar en el planteamiento y torpe en la ejecución.
No sé muy bien qué fue lo que le llevó a empuñar un cuchillo, ni quién fue su primera víctima. Fue precisamente su instinto animal lo que lo condenó, pues nunca se molestó en encubrirse. Sospecho que nunca le importó lo más mínimo. Incluso el día que lo detuvieron no se mostró contrariado ni sorprendido. Se dejó maniatar resignadamente y desfiló delante de mí por última vez, con la mirada perdida en algún mundo lejano que tan sólo él conocía.

Su vida era completamente normal, salpicada por algunas muertes, pero monótona y aburrida como todas. Era jardinero y acudía a una de las mansiones del Barrio Grande. Era aquella una casa de jardines regios, con altos cipreses y rosales, que mi padre cuidaba con la desmesurada atención de quien disfruta de su oficio.

No destacaba tampoco por su agresividad, más bien era un enclenque silencioso y sin carácter que dejaba pasar la vida sin más sobresaltos que los estrictamente necesarios. No era maniático, ni tenía ninguna extraña afición. Tampoco leía demasiado y, si lo hacía, solía recurrir a banales novelas de segunda.

Aún así, todos sospechaban de él. Había habido dos asesinatos – la quiosquera Jacinta y, poco tiempo después, Luis, hijo del cartero – y, como en todos los pueblos, se sabía de su culpabilidad, a pesar de no tener con qué justificarla. Se hablaba de ello constantemente en cada esquina y en cada rincón. Mi padre siempre fue alguien distante, por lo que siguió con su vida, podando cipreses, regando gardenias y matando a alguien de vez en cuando. Mi madre lo sobrellevaba con tanta dignidad como su vergüenza le permitía. Yo todavía no era plenamente consciente de ello, pues poco me importaban los cuchicheos y las risotadas al fresco de la noche, cuando las señoras sacaban sus sillas a la acera.

Se lo llevaron apenas unos días después del Viernes Santo de hace quince años, tras la muerte del señor Blas. Mi padre nunca nos acompañaba a la iglesia; su ateísmo era prácticamente una obligación, dadas las circunstancias. Volvíamos de misa y, tal y como mandaba la tradición, madre lucía velo negro. Mientras regresábamos, yo iba recordando el sermón del párroco. En él, el cura había descrito la agonía de Jesucristo y su crucifixión detalladamente. Me fascinaba aquel fragmento de las Escrituras y era aquel el único día que acudía a la iglesia sin el mal gesto que acostumbraba.

Vivíamos en un edificio destartalado de dos pisos que ocupaba un triste rincón de una plaza en las afueras. Se alzaba cansado de soportar los años, amenazando con no resistir los años que se reflejaban en cada grieta. Parecía haber estado allí mucho antes que la propia iglesia del pueblo.

En el piso de abajo, vivía un anciano viudo, el señor Blas, que no había salido de casa desde que murió su mujer. Los sábados, madre me obligaba a bajarle un plato de lentejas que preparaba de más para él. Me asqueaba tener que llevárselo pues entreabría la puerta, cogía el plato y dejaba escapar, con el esfuerzo de quien no suele hablar, un gracias que removía mis entrañas. El señor Blas era tan sólo una sombra que había ido disminuyendo con los años con la misma rapidez con la que crecía yo. Al abrir la puerta, el ambiente se oscurecía y el hedor me producía náuseas.

Subíamos madre y yo las escaleras en silencio, y seguía yo pensando en el sermón cuando, al llegar al rellano de su casa, tropecé con el primero de los escalones que llevaban a nuestro piso.

- Madre, ¿ha visto qué sale de la puerta del señor Blas?

Giró la cabeza y contempló, como había hecho yo, cómo la sangre iba empapando el rellano del primer piso, deslizante y viscosa. Su rostro se descompuso.

- Hijo, vamos.
- ¿Y qué hay de la sangre que…?
- Yo no he visto nada. – dijo tajante mientras subía atropellada las escaleras.

Se apresuró por meter la llave en la cerradura de casa, me hizo entrar y una vez cerró la puerta tras de sí, respiró hondo tratando de controlar la tensión.

- Vete a hacer tus tareas.
- Pero yo no…
- He dicho que vayas.
- Madre… ¿cree que al infierno van todos los que matan?

Fue aquella una de las muchas preguntas a las que mi madre nunca dio respuesta. Fue también el último día que volvimos a la iglesia.

Se rumoreaba más que nunca que había un asesino en el pueblo, y todo apuntaba a que era mi padre quien lo había matado pues, parecía obvio, que él era quien más facilidad tenía para acceder a casa del señor Blas. Mi padre hacía caso omiso del asunto y aquel tipo blandengue y callado seguía regando las plantas de casa con la misma parsimonia que de costumbre. Desde su detención, mi padre se desvaneció de mi vida.
_______________

Mucho ha pasado desde entonces. Lo que realmente diferencia un pueblo de una ciudad es la rapidez con la que se extienden las habladurías. Me admiran por haber superado aquella terrible infancia y porque creen sentir en mí un halo de vergüenza y culpabilidad hacia lo que fue mi padre. Creen que un par de palmaditas en la espalda y un “no te preocupes, chaval” ya es suficiente. Entonces, sus corazones antes compungidos vuelven a bombear sangre a su frívolo y hueco cerebro. En parte, tienen razón. Me avergüenzo de mi padre. Estaba sin duda demasiado atado a sus instintos.

Mi madre siempre dice con orgullo que yo soy un hombre de oficio, que soy carnicero. Pero sé, que en ese mismo instante, una punzada de temor le invade. Teme que pueda llegar a ser como era mi padre, y no la culpo. Aunque sé, que lo que verdaderamente le aterra es ser objeto de chisme. Otra vez.

Empleo todos mis esfuerzos y mi tiempo en reprimir mis impulsos. Adoro seccionar un costillar de cordero, o cercenar una pierna de cerdo, y ver la sangre resbalar lentamente por entre mis dedos hasta que forma una pequeña mancha en el puño de mi jersey. Trabajando es el único lugar donde encuentro una tranquilidad feroz y absoluta, mientras la ira cual yugo que llevo al cuello se afloja con cada golpe que da el cuchillo contra la carne inerte. Cada día trabajo más, el afán de rebanar me sosiega y salir de allí sólo me causa una cólera que puedo contener unas horas hasta que vuelvo feliz a reencontrarme con el olor a sangre y la carne animal.

La cuaresma es la época del año más tensa, especialmente al acercarse la Semana Santa. La carnicería está más vacía que nunca, y me paseo de un lado a otro, como animal enjaulado, sin trozos de carne que convertir en filetes. Hay días, como hoy, en los que creo que no seré capaz de controlarme y, cual bestia hambrienta, me lanzaré a la calle, con sed de venganza.

Y entonces, recuerdo. Recuerdo la sangre del señor Blas resbalando por el rellano del primer piso y también la estampa que había detrás de aquella puerta. El pobre anciano balbuceando estúpidas palabras sin sentido. Y aquel plato de lentejas, el último, el que no probó, esperando a su lado. Aquel día no hubo el aterrador gracias de rigor. Serás como tu padre. Y la cólera me obcecó.

Mato el tiempo como puedo. Mañana es Viernes Santo y la carne está prohibida. No sé si podré resistir la tentación.

domingo 4 de mayo de 2008

Azul, verde y gris


Los dioses, al nacer, pintaron su mundo de otros colores. Fueron a buscar aquellos más vistosos que encontraran. Sus bosques no eran del color verde que acostumbraban. Para ella, escogieron el verde de la esmeralda más radiante del lugar donde jamás nadie había osado ir. Sus montes no eran del color de la piedra caliza que los formaba, ese color tosco y mate. Para ella, escogieron un marrón atornasolado, con reflejos dorados, como el cabello de las ninfas al relucir el sol. El mar no era grisáceo en los días nublados, ni verdoso cuando estaba revuelto. Bajaron el azul intenso que posee tan sólo el cielo segundos antes de que amanezca y tiñieron sus mares de tal color. Tornaron las luciérnagas brillantes como mil estrellas, y la luna nácar, para que así, en la noche su reflejo sobre el mar cristalino deslumbrase a las sirenas.

Veía el mundo que los dioses le habían regalado, que se reflejaba en aquellos ojos marrones como la piedra caliza, verdosos como el mar revuelto y grisáceos como el agua nublada.

domingo 20 de abril de 2008

¡Hasta luego!


No quería admitirlo, esperando que me llegase la inspiración, o un poquillo de tiempo para escribir, y publicar. Pero no, no tengo ni lo uno ni lo otro. Para los pocos que sigan pasando por aquí esperando que les comente o postee, aparco el blog unas semanas, hasta que tenga tiempo de retomarlo.

miércoles 26 de marzo de 2008

Marrakech

La primera impresión tal vez no fue buena. Tuve que acostumbrarme a las calles estrechas abarrotadas de gente, con mobilettes que las atravesaban a golpe de bocina a 20 km/h y las carretas tiradas por burros que se hacían hueco entre los tenderetes y la gente que circulaba. Tuve que acostumbrarme para poder ver de otra manera aquel lugar tan diferente al nuestro. Es una ciudad interesante, que destila un aroma propio - no en sentido literal, aunque también -, llena de gente amable que te indica por dónde ir al verte tan perdido en aquel mar de gentes que es el zoco. Regatear y pedir una propina es el pan de cada día de los vendedores de vasijas, bolsos de esparto, blusas bordadas de colores y mil especias.
Lo que más me gusta de viajar es la gente. En Marrakech, podía apreciarse perfectamente un enfrentamiento de tradiciones. Mientras las jóvenes vestían a la occidental, tal vez con shador, las mujeres más mayores tan sólo mostraban sus ojos oscuros.
Es una ciudad genial a la que hay que ir con la mente abierta, con ganas de conocer otra cultura diferente a la tuya, amoldándote a las costumbres de ese país. Con esta mentalidad, es imposible volverte con una mala impresión de esta maravillosa ciudad.

El Palmeral



Cascadas de Ouzud

Koutubia y tenderetes con souvenirs


Plaza Jemma el-Fna (arriba y abajo)



















martes 26 de febrero de 2008

De poesía y latín

No acostumbro a publicar textos que no haya escrito yo pero, dado que no escribo poesía y que nos estamos refiriendo a Horacio, creo que me puedo permitir este lujo. Es el locus amoenus, el tópico literario que describe un lugar idílico y efímero. Si tienen un minuto, léanlo, Horacio es uno de los genios y base de la literatura.
"Se fueron las nieves, ya vuelve la yerba a los campos y al árbol,
su cabellera; cambia
de modos la tierra y los ríos decrecen corriendo de nuevo
por los cauces de siempre;
la Gracia y las Ninfas, hermanas gemelas, desnudas se atreven
a dirigir sus coros.
'No esperes nada inmortal' aconsejan el año y las horas
que al nuevo día raptan.
Expulsan el frío los Zéfiros*; la primavera al verano
cede, que, por su parte,
morirá al traer su fruto el pomífero otoño; y al punto la inerte
bruma vendrá. Pero ágil
repara la luna en el cielo sus menguas; nosotros, en cambio
allí una vez caídos
donde Eneas** el padre se encuentra con Tulo el dichoso y con Anco,
polvo y sombra ya somos.
¿Quién sabe si van a agregar un mañana a la edad transcurrida
los dioses de allá arriba? "
Quinto Horacio Flaco
(65 aC - 8 aC)
Oda IV, 7
(*) Zéfiro: el viento del oeste que da paso a la primavera.
(**) Eneas: héroe de la guerra de Troya y fundador de Roma (Eneida de Virgilio) en las leyendas griegas y romanas.

sábado 16 de febrero de 2008

"Mientras hablamos, el tiempo celoso huyó.
Atiende al día presente, y no te fíes lo más mínimo del porvenir."
Horacio, Carmina I, 11

Ves la vida escondido tras el reflejo de cristal del enésimo trago, manchado del poso de ayer. Hueles a humo y a fracaso; y crees enterrar tus penas tras la desgana de la indiferencia. Arrastras tus pies por la vida, cabeza gacha y rostro marchito, dejando escapar de entre tus dedos las sonrisas y el gesto amigo.

Captura el día, que dicen, atrapa las riendas del desbocado caballo que robó tu vida. Porque, tal vez mañana, se apague el sol.

______________________

Versión del tópico Carpe diem de Horacio

jueves 7 de febrero de 2008

Sola conmigo misma


Hay momentos en los que te invade una felicidad instantánea de usar y tirar, cuando sientes que serás capaz de cambiar el mundo y olvidas la maldad. No sé si les pasará, pero cuando me ocurre es cuando toma vida propia aquella frase de "Aquellas pequeñas cosas" de Serrat. Sientes realmente que vale la pena vivir. Momentos en los que deseas estar a solas contemplando aquello que te emociona, en silencio, con demasiados sentimientos se arremolinan para transcribirlos a un folio o siquiera contarlo.

martes 22 de enero de 2008

Soga

Es ardua tarea el asumir que la mitad de tu ser proviene de alguien que es capaz de degollar y despedazar a cualquiera que se interponga en su camino. Es cierto que yo soy completamente inocente pero mi historia y mi existencia estarán siempre teñidas de escarlata.
Mi padre no seguía ningún tipo de ritual, ni tenía un estilo personal. Tampoco se creía artífice de un juego que la policía debía descifrar, ni inspiraba esa admiración oculta que provocan algunos maestros del rebuscado arte de la aniquilación. Tan sólo mataba. De una forma tosca y ruda, sin la destreza de un carnicero ni la minuciosidad de un ajedrecista. No sé tampoco muy bien qué fue lo que le llevó a empuñar un cuchillo, ni por qué mató a aquel anciano que vivía en el piso de abajo.
Su vida era completamente normal, salpicada por algunas muertes, pero monótona y aburrida como todas. No destacaba por su agresividad, más bien era un enclenque sin carácter que dejaba pasar la vida sin más sobresaltos que los estrictamente necesarios. No era maniático, ni tenía ninguna extraña afición. Tampoco leía demasiado y, si lo hacía, solía recurrir a banales novelas de segunda.
Decía que es una ardua tarea reconocer que tu padre es un asesino. Dicho así suena demasiado contundente y fácil sería, para un psiquiatra, elucubrar que tuve una infancia difícil. Pero no es así. Crecí como cualquier otro niño, con las rodillas peladas y canicas en el bolsillo.
Quizás, la diferencia con cualquier otro niño empezó más tarde. Hasta hace poco no me di cuenta de lo que realmente me afectaba esa faceta un tanto extraña de mi padre. Cuando lo encerraron, mi padre se desvaneció de mi vida y nunca eché de menos a aquel tipo blandengue que regaba las plantas de casa con tanta parsimonia. De hecho, creía que lo de asesino lo decía mi madre para redecorar su aburrida vida.
Empecé a hablar más de mi padre al ver el efecto que hacía en mis amigos. Vi que les infundía respeto, incluso miedo, y aquello me gustó. Hasta que se enteraron sus madres y el profesor me impidió volver a aquel colegio porque, según él, yo era un niño problemático.
Ahora me he dado cuenta cuán jodido es que todo el mundo sepa de tu padre. Sé que mi futuro estará estrechamente ligado a aquel hecho. No porque lo esté para mí, sino porque la gente no olvida algo así. Pongamos que logro ser un escritorzucho de medio pelo de novelitas de terror. ¿Qué diría la gente? Que me vi influenciado por la doble vida de mi padre. Si fuese de novelas de amor, que vivir en un entorno tan hostil desarrolló mi lado más sensible. Imagínense qué deben decir de mi verdadero oficio.
En realidad, aquel hecho no condicionó mi vida porque yo no fui consciente. Pero ahora sí, ahora me ahoga como si fuese una soga que va, poco a poco, amoratando mi cuello y restringiéndome las bocanadas de aire. Sé que creerán que me siento culpable, o que fui víctima de aquello. Me compadecerán o me culparán, y será el fin. Mis manos tratarán de cortar la soga, manchando de sangre todo lo que me rodea.
Soy carnicero, soy un hombre con oficio, muy lejos del asesino que era mi padre; o al menos eso afirma mi madre. Pero lo cierto es que me gusta seccionar un costillar de cordero, o una pierna de cerdo, y ver la sangre resbalar por entre mis dedos hasta que forma una pequeña mancha en el puño de mi jersey. Trabajando es el único lugar donde alivio mis tensiones y la soga cual yugo que llevo al cuello se afloja con cada golpe que da el cuchillo contra la carne inerte. Cada día trabajo más, el afán de rebanar me sosiega y salir de allí sólo me causa una furia que puedo contener unas horas hasta que vuelvo feliz a reencontrarme con el olor a sangre y la carne animal.

domingo 13 de enero de 2008

¡Viva México!

Punta Allen, Sian Ka'án

Observatorio de Chichén Itzá

Playa del Carmen
________________________________________
En Punta Allen están las playas más paradisíacas de la Riviera Maya. En cuanto al observatorio, he decidido colgarlo porque es menos conocido que el templo. Chichén Itzá, considerada una de las Nuevas Maravillas del Mundo fue una población maya con más de 5.000 m2. El bar de Playa del Carmen es simplemente para que vean cómo vive la gente en esa ciudad tan turística.

jueves 20 de diciembre de 2007

7 deseos

Fuerza a los emprendedores para cumplir sus sueños.
Sueños a los desesperanzados.
Segundas oportunidades.
Honestidad.
Humildad.
Dignidad.
Justicia.

_________________________________
Mi regalo de Navidad: Maestro de Hans Zimmer

miércoles 12 de diciembre de 2007

En lugar de mil palabras (VII)


Porque hay veces en las que en lugar
de letras, salen trazos.
Por cierto, a ver si encontráis la palabra "oculta"
(no está muy oculta...)

lunes 10 de diciembre de 2007

Clase de lengua

De niña, asistía a clase resignada a pasar esos diez años de mi vida, hasta que me fuese posible abandonar aquel lugar para ir a donde quiera que fuesen los que terminaban COU. Unas clases eran más amenas que otras porque pronto empezaron a gustarme más las lenguas y a aburrir otras, como las matemáticas. En sexto de primaria, la asignatura de lengua castellana empezó a gustarme más. La impartía una monja, Merche, venía de Madrid, creo. La primera redacción que nos mandó fue describir rasgo a rasgo a un amigo. Mi redacción fue algo así : "Es moreno, alto, de pelo negro, ojos marrones y pequeños, y todo lo demás es normal". Y como yo, el resto de la clase. Fue la primera que me hizo entender la variedad del léxico. Recuerdo incluso, que me dejó ayudarla a corregir exámenes. Más tarde, me los quitó porque empecé a amenazar con suspensos a mis compañeros de clase.
Aunque sin duda, el mejor profesor que tuve fue Mark. Era neoyorquino, o eso me gustaba a mí decir. Nació allí y vivió los primeros años de su vida, por circunstancias que desconozco. Llegamos al colegio el mismo día, los dos nos mudamos de ciudad. Yo venía de las afueras y él, no lo sé.

Entró en clase y dio un portazo. Inmediatamente nos sentamos en nuestras sillas y sacamos el libro de castellano.

- Buenos días. - dijo con una voz firme.

Ahora, con el tiempo, me atrevo a decir que era una voz férrea para reafirmarse a sí mismo, para intimidar. Nos pidió que le habláramos de usted porque no íbamos a ser compañeros.

Nos hizo escribir historias de miedo, separar lexemas y analizar sintácticamente una oración. Contrariamente a la educación que se imparte hoy en día, nos separó en tres grupos, según nuestra capacidad: A, B y C. El grupo A tenía exámenes más difíciles, con más temario y, al final de curso, se le subía un punto la nota final, ya que había tenido que estudiar más. Aquel hecho causó revuelo y, al mes y poco, tuvo que hacer un sólo grupo de clases.
Fue él quien me hizo apreciar el poder del arte y, en especial, la literatura, leyéndonos poemas de Rubén Darío las tardes de verano. En invierno, los jueves tormentosos nos sentaba en el suelo de la clase y con las luces apagadas nos narraba las leyendas de Bécquer. Debió ser el momento en el que me di cuenta de que las matemáticas se quedaban rezagadas en la carrera de fondo que debiera ser luego mi futuro.

martes 4 de diciembre de 2007

La leyenda de Carlota

Para Paula

Aunque los jóvenes no lo recuerden y los mayores no quieran hacerlo, siempre se cernirá la sombra de la leyenda de Carlota en aquel bosque. Se dice que las encontró un día de otoño, en un claro del monte. Carlota vivía en la falda de la montaña. Su casa estaba situada al final del estrecho camino que unía el monte con el pueblo de Urús. Estaba custodiado a ambos lados por esbeltas hayas que intimidaban al curioso y mantenían lejos sus ganas de adentrarse en el bosque.

Carlota era la única que danzaba por aquellos parajes a sus anchas. Fuese cual fuese la época del año, vagaba entre los árboles. Hacía muñecos de nieve alrededor de su casa y se tiraba en trineo ladera abajo; llenaba de flores silvestres todos los jarrones de su casa; saltaba charcos con sus botas de agua o acudía alborozada a mojarse los pies en alguno de los arroyos que ella conocía tan bien.

Un día de finales de verano, se estiró en una roca lisa que se encontraba bajo un claro. Carlota, con los ojos cerrados, oía el ruido del agua del riachuelo deslizarse montaña abajo mientras sentía los rayos de sol en su piel. No se sabe muy bien cuánto tiempo debió pasar en aquella posición pero, cuando abrió los ojos, ya había bajado el sol y pudo ver, descendiendo lentamente hacia ella leves motas doradas. Se frotó los ojos y parpadeó, luego volvió a mirar. Aquellas motas, ahora más cerca, eran pequeñas mariposas. Cuando las tuvo prácticamente ante ella, pudo comprobar que tenían silueta humana, además de alas. La boca de Carlota fue entreabriéndose mientras revoloteaban a su alrededor, dejando un rastro brillante tras de sí. Aquel día, todo Urús supo de la historia de Carlota y el Monte de las Hadas.
A raíz de aquello, muchos niños lo visitaban con la esperanza de verlas e incluso varios aseguraban haberlas visto. Pero hace algún tiempo, un niño desapareció. Había entrado en el bosque con cuatro amigos pero nunca salió de allí. Los otros niños dicen que unas motas doradas empezaron a rodearlo. Entonces, empezó a correr hacia las profundidades del bosque. Nunca lo encontraron.
Y desde entonces, la leyenda de Carlota no se le cuenta a los niños. Nadie excepto algún viajero fisgón se atreve a cruzar el límite del bosque. Las malas lenguas acusan de aquella desaparición a la brujería y la magia negra.
Ahora, se le llama el Monte de las Hayas.

_______________________


1918 en Inglaterra

jueves 29 de noviembre de 2007

Negro con pintas rojas


- Sí, esto... Quisiera hacerle una pregunta, usted sabe... No sabría yo cómo empezar.
- Vaya al grano, caballero, sin tapujos.
- De acuerdo, entonces. ¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?
- No estoy muy seguro... Quizás blanco.
- En efecto, era blanco pero... ¿Sabe usted de qué color eran las riendas?
- ¿Cómo iba a saberlo yo?
- Debería, señor, debería.
- Pues... No lo sé, supongo que de piel. De piel... ¿negra tal vez?
- Ni idea, señor. Yo nunca vi ese caballo. De hecho, ni siquiera sabía que Santiago tuviese un caballo.
- Claro que lo tenía. Era negro y con pintas rojas.
- ¿No es blanco? ¡Qué gran quimera! ¡Oh, tragedia!
- Pues sí.
- Qué curioso... Nunca he visto un caballo con pintas rojas.
- Pues debería verlo, señor, debería. Son muy apuestos y como muy... coquetos. Dibujárselas cada día... Imagínese.
- Me figuro que sí. ¿Me enseña alguno?
- Pues no se dónde están. Nunca vi caballo tal.
__________________________________
Leyendo 3 sombreros de copa.

domingo 18 de noviembre de 2007

Nunca jamás


- ¿Y qué hay allí?
- De todo, Naeem.
- ¿Hay jirafas?
- Sí. Todos los animales que puedas imaginar.
- ¿Y camellos como aquí?
- Supongo...
- ¿Y niños?
- Pues claro.
- ¿Como yo?
- Bueno... Serán casi igual que tú pero hablarán sólo en francés.
- Bah, yo hablo francés... ¿Y qué haremos allí?
- Pues viviremos en una casa grande y bonita. Y papá tendrá un buen trabajo.
- ¿Y yo qué haré?
- Tú irás a una escuela preciosa, donde te enseñarán a leer y a escribir, y también matemáticas.
- ¿Tú sabes leer y escribir?
- No, hijo no.
- Pues cuando aprenda yo, te enseñaré. Te enseñaré a leer y a escribir, ¿vale?
- Sí, todo será distinto en Europa.
- ¿Y cómo iremos?
- Pues en barco. Es muy caro viajar a Europa, seguro que son unos barcos grandes y lujosos.
- ¿Y está muy lejos?
- No, ¡qué va! Papá ha hablado con unos señores y dicen que tardaremos sólo un día. Hemos estado ahorrando mucho tiempo, ya lo sabes Naeem.
- ¿Está más lejos que Kife?
- Sí, claro, pero Kife está muy cerca. Si es donde vive la abuela.
- ¿Y ella vendrá?
- ¿La abuela? No... Ella es mayor para viajar y... Y no teníamos dinero para que viniese. Cuando yo tenga un taller, nos traeremos a la abuela, ¿te parece bien?
- Sí, pero... Mamá, el tío de Keon fue a Eur...Euro...
- Europa.
- Sí, el tío de Keon fue también y Keon dice que no saben nada de él. Y se fue hace muchos, muchos días.
- Naeem, tú sabes que aquí en Kaédi también hay ricos. Muchos ricos que antes eran pobres se olvidan de los demás como él. Seguro que al tío de Keon le pasó lo mismo.
- A nosotros no nos pasará, ¿verdad mamá? Nosotros no podríamos olvidarnos de la abuela. ¿A que no?
- ¡Claro que no!
- ¿Tienes miedo, mamá?
- No, Naeem, no. Europa es un lugar donde seremos felices. No hay injusticias, ni pobres. Es un pueblo donde todo el mundo puede trabajar y ganar dinero sin importar su tribu. Tendremos una casa y todo lo que puedas imaginar.
- Vale, mamá, ahora ya sí que quiero ir. Lo pasaremos muy bien en Europa, ¿verdad, mamá?

viernes 9 de noviembre de 2007

Verde desesperanza

Hacía años que esperaba que llegara su oportunidad, esa que dicen que viene en un tren, a toda velocidad, para llevarte a través de la niebla, más allá de las nubes. Ya te tocará algún día; le decían la mayoría como por inercia, suponiendo que era aquello lo que debían decir. Entre humo, alcohol y la medianoche en algún tugurio, era donde conseguía algunos resquicios de sinceridad. Era la sinceridad de los perdedores, de los que sabían qué era esa mentira de ganarte la suerte, a los que estaban abonados los de siempre.
Esos miserables le decían que se subiese en cualquier tren, antes de que fuese tarde. Porque, al fin y al cabo, en eso consistía la vida, en arriesgarse, en no ser de aquellas personas sin color, que ve la vida pasar y la deja escaparse entre sus dedos, rozándola, casi poseyéndola pero sin lograrlo.
Y él seguía en la estación, igual que los perdedores. Su sueño era olvidar el pasado, tener una novia, o tal vez saber quién era. Coleccionaba sueños, esperanzas y proyectos. Y todos por cumplir. Porque quizás era demasiado joven. Quizás no estaba preparado. Quizás no era su momento, y decidió que debía serlo. Y quiso subir alto, muy alto, para cruzar la niebla, atrapar su vida y oler las nubes de una maldita vez.

Pero supongo que hay veces en las que la vida te deja sentado en el banco verde de la estación, porque ese es tu cometido, esperar junto a los otros, sin que nunca llegue tu tren. Convirtiéndote en un eterno soñador, espectador de otras vidas que no fueron escritas para ti.

domingo 4 de noviembre de 2007

Pide un deseo

Cierra los ojos. Ciérralos, venga, venga. No los abras, que te veo, mamá. Así... ¡Te he dicho que no los abras! Si no te los cierro yo, ¿eh, mamá? Ahora desea algo con todas tus fuerzas. Pide un deseo. Y no me digas qué has deseado, ¡no se puede decir! ¡que sino no se cumple! Sopla, sopla, ahora. Yo te ayudo a soplarlas, mamá. Yo te ayudo. Puedo, ¿verdad? ¿Puedo? ¿Puedo? El deseo se cumplirá igual, ¿no? Es que yo quiero soplarlas... Por favor....

Cuando termina de ayudar a su madre a soplar las velas, por la mejilla de ésta resbala una lágrima. ¿Por qué lloras, mamá? ¿No se cumple? Y ella le cala más la gorra que lleva el niño para cubrir su cabeza pelona mientras el niño le sonríe. Pero no llores, mamá.


________________________________
¿Un deseo? Que nunca haya cumpleaños así.

Gracias a todos por leer Garabatos durante estos meses.
Año y medio del blog.

lunes 29 de octubre de 2007

En lugar de mil palabras (VI)

No suele gustarme publicar imágenes o vídeos en el blog - de hecho, es la primera vez que cuelgo uno - , pero creo que vale la pena. Es una selección de imágenes de la película TIERRA. Hace unos días se pidió que se publicaran posts incentivando el desarrollo sostenible. Este no es mi propósito. Si tienen un rato, veánlo y saquen sus propias conclusiones.
También os dejo el vínculo con el artículo de Pérez Reverte de esta semana que casualmente tiene que ver.

viernes 26 de octubre de 2007

Cual montaña rusa

Se está desconchando. Poco a poco va oxidándose todo que, por otra parte, nunca llegó a funcionar. Porque cada vez hay más socavones. Como ya ha pasado otras veces, se está desplomando. Y quizás sólo nos demos cuenta cuando miramos el telediario. Y puede que esto sea el principio del fin, como una montaña rusa que se detiene segundos antes de caer en picado.

Y esos segundos antes son que Barcelona parece un queso gruyère, la educación va en caída libre y puede que estemos al borde de una crisis económica. Y a nivel mundial, hace tiempo que nos estamos cargando el planeta: viviremos sin árboles, sin agua, sin oxígeno... Y sólo mencionarlo dan ganas de vomitar de lo aburrido que lo tenemos. Reciclar, reusar, ahorrar. Bla, bla, bla. Cómo cuesta impactarnos hoy en día. Qué fácil es vivir dentro de la caverna, viendo sombras de la realidad.

Y para colmo, no queremos votar. Porque es obvio, unos son malos y los otros, peores. Y para eso se nos pone Ciudadanía. Y, ¿qué hacemos? Porque quedarnos sentados y abstenernos de votar no creo que sea la solución. Dicen que somos una juventud que no tiene nada por lo que luchar. Eso dicen; pero yo discrepo.

jueves 18 de octubre de 2007

Angola



Puse el pie en el peldaño de la escalera, contuve el aire y salí. Ya estaba allí y no había vuelta atrás. Todo lo que me rodeaba era de un verde que jamás había contemplado, el de los bosques frondosos del África subsahariana. La hélice de la avioneta cesó y mi pulso se aceleró. Al caminar, la cámara golpeaba contra mi barriga. Tal como me dijeron, no me sentía capaz. Yo no había tenido la muerte frente a frente, nunca había visto morir a nadie y si se cruzaba en mi camino, ahora debería fotografiarla.

A las afueras de un poblado, sentado en el suelo árido jugaba un niño con dos piedras, babeando y metiéndoselas en la boca. Su piel oscura brillaba con el sol. Hice una fotografía a aquel niño que jugaba, ajeno a todo lo que pasaba su familia, su país. Nunca había visto aquello de una forma tan cercana y ahora me parecía irreal. Por fin había conseguido mi sueño: que me destinaran para cubrir las noticias de un lugar como aquel para denunciar todo lo que hacía a mi país desarrollado y a África miserable.

Mientras tanto, la madre del niño pedía algo de comer a unos periodistas que iban conmigo y que, a diferencia de mí, ya habían manchado de sangre y polvo el objetivo de su cámara. Le dieron algo de lo que llevaban encima para evitar que siguiese contándoles su historia. Huía de su marido para que su hijo no tuviese tan mala vida como la que le había tocado vivir a ella.

Pensándolo bien, aquel niño tenía suerte, estaba vivo y tenía familia, una madre que lo dejaba todo por su hijo. Con suerte aprendería a leer y tendría, en el futuro, algún oficio. Se casaría joven y tendría hijos que se parecerían a él. Ya no viviría tanto sufrimiento porque la guerra había terminado. Aquello me hizo sonreír. Al menos aquel niño podría tener momentos felices. Hice otra fotografía de la madre cogiendo en brazos al niño y mirándome. Lo enrolló contra sí con una tela y se marchó caminando. Los vi alejarse, recortándose su pequeña silueta en la lejanía. Sonreí y cerré los ojos para sentir el aire caliente en su piel, el olor áspero de Angola.

Al abrir los ojos, el humo cubría el lugar que segundos antes ocupaban aquellas dos personas. La explosión me había cogido desprevenida y tardé unos segundos en reaccionar. Cuando me di cuenta, los periodistas que habían dado de comer a la madre, con sus cámaras, la fotografiaban llorando mientras sangraba, sin soltar a su niño inmóvil.
______________________