De niña, asistía a clase resignada a pasar esos diez años de mi vida, hasta que me fuese posible abandonar aquel lugar para ir a donde quiera que fuesen los que terminaban COU. Unas clases eran más amenas que otras porque pronto empezaron a gustarme más las lenguas y a aburrir otras, como las matemáticas. En sexto de primaria, la asignatura de lengua castellana empezó a gustarme más. La impartía una monja, Merche, venía de Madrid, creo. La primera redacción que nos mandó fue describir rasgo a rasgo a un amigo. Mi redacción fue algo así : "Es moreno, alto, de pelo negro, ojos marrones y pequeños, y todo lo demás es normal". Y como yo, el resto de la clase. Fue la primera que me hizo entender la variedad del léxico. Recuerdo incluso, que me dejó ayudarla a corregir exámenes. Más tarde, me los quitó porque empecé a amenazar con suspensos a mis compañeros de clase.
Aunque sin duda, el mejor profesor que tuve fue Mark. Era neoyorquino, o eso me gustaba a mí decir. Nació allí y vivió los primeros años de su vida, por circunstancias que desconozco. Llegamos al colegio el mismo día, los dos nos mudamos de ciudad. Yo venía de las afueras y él, no lo sé.
Entró en clase y dio un portazo. Inmediatamente nos sentamos en nuestras sillas y sacamos el libro de castellano.
- Buenos días. - dijo con una voz firme.
Ahora, con el tiempo, me atrevo a decir que era una voz férrea para reafirmarse a sí mismo, para intimidar. Nos pidió que le habláramos de usted porque no íbamos a ser compañeros.
Nos hizo escribir historias de miedo, separar lexemas y analizar sintácticamente una oración. Contrariamente a la educación que se imparte hoy en día, nos separó en tres grupos, según nuestra capacidad: A, B y C. El grupo A tenía exámenes más difíciles, con más temario y, al final de curso, se le subía un punto la nota final, ya que había tenido que estudiar más. Aquel hecho causó revuelo y, al mes y poco, tuvo que hacer un sólo grupo de clases.
Fue él quien me hizo apreciar el poder del arte y, en especial, la literatura, leyéndonos poemas de Rubén Darío las tardes de verano. En invierno, los jueves tormentosos nos sentaba en el suelo de la clase y con las luces apagadas nos narraba las leyendas de Bécquer. Debió ser el momento en el que me di cuenta de que las matemáticas se quedaban rezagadas en la carrera de fondo que debiera ser luego mi futuro.
4 garabatos:
con un profesorado así no resulta difícil enamorarse de una asignatura... y esos amores a edades tempranas son eternos
yo también he tenido suerte con mis profesores de lengua, a ellos le debo mi interés por la literatura
un beso
Pues a mí casi que me ha pasado al revés. Todos me parecían superfluos y que habían leído lo que todo el mundo lee. Excepto raras ocasiones odio al los profesores. Soy alguien que siempre tiene que tener enemigos y si no me los creo.
Un Saludo :9
A ver, no te voy a engañar, lo de separar una clase dependiendo de sus aptitudes no me parece muy adecuado, pero supongo que profesores distintos fueron siempre los que movieron las inquietudes del resto y me alegra que las tuyas fueran por este camino.
Excelente bordado de recuerdos en el fluir de las palabras...
¿Matemáticas? ¿Qué es eso? A mí me interesa saber más de tus profesores. Los voy sumando, has hablado de dos :)
Besos
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