(relato también conocido como: "La extraordinaria aventura del hijo de un asesino que sabe que podría acabar adoptando las costumbres malsanas de su polémico y peligroso padre" por Jordi)
Mi padre era un asesino. Puede que parezca demasiado contundente y fácil resultaría, para un psiquiatra, elucubrar que tuve una infancia traumática. Pero no fue realmente así. Crecí como cualquier otro niño, con las rodillas peladas y canicas en el bolsillo, soñando con pelear contra piratas. Como todos, iba al colegio a regañadientes y del mismo modo acompañaba a mi madre a la iglesia los domingos.
Mi padre era un asesino común, que no seguía ningún tipo de ritual, ni tenía un estilo personal. Tampoco se creía artífice de un juego que la policía debía descifrar, ni inspiraba esa admiración oculta que provocan algunos maestros del rebuscado arte de la aniquilación. Tan sólo mataba. De una forma tosca y ruda, sin la destreza de un carnicero o la minuciosidad de un ajedrecista.
Aunque jamás indeciso, era vulgar en el planteamiento y torpe en la ejecución.
No sé muy bien qué fue lo que le llevó a empuñar un cuchillo, ni quién fue su primera víctima. Fue precisamente su instinto animal lo que lo condenó, pues nunca se molestó en encubrirse. Sospecho que nunca le importó lo más mínimo. Incluso el día que lo detuvieron no se mostró contrariado ni sorprendido. Se dejó maniatar resignadamente y desfiló delante de mí por última vez, con la mirada perdida en algún mundo lejano que tan sólo él conocía.
Su vida era completamente normal, salpicada por algunas muertes, pero monótona y aburrida como todas. Era jardinero y acudía a una de las mansiones del Barrio Grande. Era aquella una casa de jardines regios, con altos cipreses y rosales, que mi padre cuidaba con la desmesurada atención de quien disfruta de su oficio.
No destacaba tampoco por su agresividad, más bien era un enclenque silencioso y sin carácter que dejaba pasar la vida sin más sobresaltos que los estrictamente necesarios. No era maniático, ni tenía ninguna extraña afición. Tampoco leía demasiado y, si lo hacía, solía recurrir a banales novelas de segunda.
Aún así, todos sospechaban de él. Había habido dos asesinatos – la quiosquera Jacinta y, poco tiempo después, Luis, hijo del cartero – y, como en todos los pueblos, se sabía de su culpabilidad, a pesar de no tener con qué justificarla. Se hablaba de ello constantemente en cada esquina y en cada rincón. Mi padre siempre fue alguien distante, por lo que siguió con su vida, podando cipreses, regando gardenias y matando a alguien de vez en cuando. Mi madre lo sobrellevaba con tanta dignidad como su vergüenza le permitía. Yo todavía no era plenamente consciente de ello, pues poco me importaban los cuchicheos y las risotadas al fresco de la noche, cuando las señoras sacaban sus sillas a la acera.
Se lo llevaron apenas unos días después del Viernes Santo de hace quince años, tras la muerte del señor Blas. Mi padre nunca nos acompañaba a la iglesia; su ateísmo era prácticamente una obligación, dadas las circunstancias. Volvíamos de misa y, tal y como mandaba la tradición, madre lucía velo negro. Mientras regresábamos, yo iba recordando el sermón del párroco. En él, el cura había descrito la agonía de Jesucristo y su crucifixión detalladamente. Me fascinaba aquel fragmento de las Escrituras y era aquel el único día que acudía a la iglesia sin el mal gesto que acostumbraba.
Vivíamos en un edificio destartalado de dos pisos que ocupaba un triste rincón de una plaza en las afueras. Se alzaba cansado de soportar los años, amenazando con no resistir los años que se reflejaban en cada grieta. Parecía haber estado allí mucho antes que la propia iglesia del pueblo.
En el piso de abajo, vivía un anciano viudo, el señor Blas, que no había salido de casa desde que murió su mujer. Los sábados, madre me obligaba a bajarle un plato de lentejas que preparaba de más para él. Me asqueaba tener que llevárselo pues entreabría la puerta, cogía el plato y dejaba escapar, con el esfuerzo de quien no suele hablar, un gracias que removía mis entrañas. El señor Blas era tan sólo una sombra que había ido disminuyendo con los años con la misma rapidez con la que crecía yo. Al abrir la puerta, el ambiente se oscurecía y el hedor me producía náuseas.
Subíamos madre y yo las escaleras en silencio, y seguía yo pensando en el sermón cuando, al llegar al rellano de su casa, tropecé con el primero de los escalones que llevaban a nuestro piso.
- Madre, ¿ha visto qué sale de la puerta del señor Blas?
Giró la cabeza y contempló, como había hecho yo, cómo la sangre iba empapando el rellano del primer piso, deslizante y viscosa. Su rostro se descompuso.
- Hijo, vamos.
- ¿Y qué hay de la sangre que…?
- Yo no he visto nada. – dijo tajante mientras subía atropellada las escaleras.
Se apresuró por meter la llave en la cerradura de casa, me hizo entrar y una vez cerró la puerta tras de sí, respiró hondo tratando de controlar la tensión.
- Vete a hacer tus tareas.
- Pero yo no…
- He dicho que vayas.
- Madre… ¿cree que al infierno van todos los que matan?
Fue aquella una de las muchas preguntas a las que mi madre nunca dio respuesta. Fue también el último día que volvimos a la iglesia.
Se rumoreaba más que nunca que había un asesino en el pueblo, y todo apuntaba a que era mi padre quien lo había matado pues, parecía obvio, que él era quien más facilidad tenía para acceder a casa del señor Blas. Mi padre hacía caso omiso del asunto y aquel tipo blandengue y callado seguía regando las plantas de casa con la misma parsimonia que de costumbre. Desde su detención, mi padre se desvaneció de mi vida.
Mi padre era un asesino común, que no seguía ningún tipo de ritual, ni tenía un estilo personal. Tampoco se creía artífice de un juego que la policía debía descifrar, ni inspiraba esa admiración oculta que provocan algunos maestros del rebuscado arte de la aniquilación. Tan sólo mataba. De una forma tosca y ruda, sin la destreza de un carnicero o la minuciosidad de un ajedrecista.
Aunque jamás indeciso, era vulgar en el planteamiento y torpe en la ejecución.
No sé muy bien qué fue lo que le llevó a empuñar un cuchillo, ni quién fue su primera víctima. Fue precisamente su instinto animal lo que lo condenó, pues nunca se molestó en encubrirse. Sospecho que nunca le importó lo más mínimo. Incluso el día que lo detuvieron no se mostró contrariado ni sorprendido. Se dejó maniatar resignadamente y desfiló delante de mí por última vez, con la mirada perdida en algún mundo lejano que tan sólo él conocía.
Su vida era completamente normal, salpicada por algunas muertes, pero monótona y aburrida como todas. Era jardinero y acudía a una de las mansiones del Barrio Grande. Era aquella una casa de jardines regios, con altos cipreses y rosales, que mi padre cuidaba con la desmesurada atención de quien disfruta de su oficio.
No destacaba tampoco por su agresividad, más bien era un enclenque silencioso y sin carácter que dejaba pasar la vida sin más sobresaltos que los estrictamente necesarios. No era maniático, ni tenía ninguna extraña afición. Tampoco leía demasiado y, si lo hacía, solía recurrir a banales novelas de segunda.
Aún así, todos sospechaban de él. Había habido dos asesinatos – la quiosquera Jacinta y, poco tiempo después, Luis, hijo del cartero – y, como en todos los pueblos, se sabía de su culpabilidad, a pesar de no tener con qué justificarla. Se hablaba de ello constantemente en cada esquina y en cada rincón. Mi padre siempre fue alguien distante, por lo que siguió con su vida, podando cipreses, regando gardenias y matando a alguien de vez en cuando. Mi madre lo sobrellevaba con tanta dignidad como su vergüenza le permitía. Yo todavía no era plenamente consciente de ello, pues poco me importaban los cuchicheos y las risotadas al fresco de la noche, cuando las señoras sacaban sus sillas a la acera.
Se lo llevaron apenas unos días después del Viernes Santo de hace quince años, tras la muerte del señor Blas. Mi padre nunca nos acompañaba a la iglesia; su ateísmo era prácticamente una obligación, dadas las circunstancias. Volvíamos de misa y, tal y como mandaba la tradición, madre lucía velo negro. Mientras regresábamos, yo iba recordando el sermón del párroco. En él, el cura había descrito la agonía de Jesucristo y su crucifixión detalladamente. Me fascinaba aquel fragmento de las Escrituras y era aquel el único día que acudía a la iglesia sin el mal gesto que acostumbraba.
Vivíamos en un edificio destartalado de dos pisos que ocupaba un triste rincón de una plaza en las afueras. Se alzaba cansado de soportar los años, amenazando con no resistir los años que se reflejaban en cada grieta. Parecía haber estado allí mucho antes que la propia iglesia del pueblo.
En el piso de abajo, vivía un anciano viudo, el señor Blas, que no había salido de casa desde que murió su mujer. Los sábados, madre me obligaba a bajarle un plato de lentejas que preparaba de más para él. Me asqueaba tener que llevárselo pues entreabría la puerta, cogía el plato y dejaba escapar, con el esfuerzo de quien no suele hablar, un gracias que removía mis entrañas. El señor Blas era tan sólo una sombra que había ido disminuyendo con los años con la misma rapidez con la que crecía yo. Al abrir la puerta, el ambiente se oscurecía y el hedor me producía náuseas.
Subíamos madre y yo las escaleras en silencio, y seguía yo pensando en el sermón cuando, al llegar al rellano de su casa, tropecé con el primero de los escalones que llevaban a nuestro piso.
- Madre, ¿ha visto qué sale de la puerta del señor Blas?
Giró la cabeza y contempló, como había hecho yo, cómo la sangre iba empapando el rellano del primer piso, deslizante y viscosa. Su rostro se descompuso.
- Hijo, vamos.
- ¿Y qué hay de la sangre que…?
- Yo no he visto nada. – dijo tajante mientras subía atropellada las escaleras.
Se apresuró por meter la llave en la cerradura de casa, me hizo entrar y una vez cerró la puerta tras de sí, respiró hondo tratando de controlar la tensión.
- Vete a hacer tus tareas.
- Pero yo no…
- He dicho que vayas.
- Madre… ¿cree que al infierno van todos los que matan?
Fue aquella una de las muchas preguntas a las que mi madre nunca dio respuesta. Fue también el último día que volvimos a la iglesia.
Se rumoreaba más que nunca que había un asesino en el pueblo, y todo apuntaba a que era mi padre quien lo había matado pues, parecía obvio, que él era quien más facilidad tenía para acceder a casa del señor Blas. Mi padre hacía caso omiso del asunto y aquel tipo blandengue y callado seguía regando las plantas de casa con la misma parsimonia que de costumbre. Desde su detención, mi padre se desvaneció de mi vida.
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Mucho ha pasado desde entonces. Lo que realmente diferencia un pueblo de una ciudad es la rapidez con la que se extienden las habladurías. Me admiran por haber superado aquella terrible infancia y porque creen sentir en mí un halo de vergüenza y culpabilidad hacia lo que fue mi padre. Creen que un par de palmaditas en la espalda y un “no te preocupes, chaval” ya es suficiente. Entonces, sus corazones antes compungidos vuelven a bombear sangre a su frívolo y hueco cerebro. En parte, tienen razón. Me avergüenzo de mi padre. Estaba sin duda demasiado atado a sus instintos.
Mi madre siempre dice con orgullo que yo soy un hombre de oficio, que soy carnicero. Pero sé, que en ese mismo instante, una punzada de temor le invade. Teme que pueda llegar a ser como era mi padre, y no la culpo. Aunque sé, que lo que verdaderamente le aterra es ser objeto de chisme. Otra vez.
Empleo todos mis esfuerzos y mi tiempo en reprimir mis impulsos. Adoro seccionar un costillar de cordero, o cercenar una pierna de cerdo, y ver la sangre resbalar lentamente por entre mis dedos hasta que forma una pequeña mancha en el puño de mi jersey. Trabajando es el único lugar donde encuentro una tranquilidad feroz y absoluta, mientras la ira cual yugo que llevo al cuello se afloja con cada golpe que da el cuchillo contra la carne inerte. Cada día trabajo más, el afán de rebanar me sosiega y salir de allí sólo me causa una cólera que puedo contener unas horas hasta que vuelvo feliz a reencontrarme con el olor a sangre y la carne animal.
La cuaresma es la época del año más tensa, especialmente al acercarse la Semana Santa. La carnicería está más vacía que nunca, y me paseo de un lado a otro, como animal enjaulado, sin trozos de carne que convertir en filetes. Hay días, como hoy, en los que creo que no seré capaz de controlarme y, cual bestia hambrienta, me lanzaré a la calle, con sed de venganza.
Y entonces, recuerdo. Recuerdo la sangre del señor Blas resbalando por el rellano del primer piso y también la estampa que había detrás de aquella puerta. El pobre anciano balbuceando estúpidas palabras sin sentido. Y aquel plato de lentejas, el último, el que no probó, esperando a su lado. Aquel día no hubo el aterrador gracias de rigor. Serás como tu padre. Y la cólera me obcecó.
Mato el tiempo como puedo. Mañana es Viernes Santo y la carne está prohibida. No sé si podré resistir la tentación.
Mi madre siempre dice con orgullo que yo soy un hombre de oficio, que soy carnicero. Pero sé, que en ese mismo instante, una punzada de temor le invade. Teme que pueda llegar a ser como era mi padre, y no la culpo. Aunque sé, que lo que verdaderamente le aterra es ser objeto de chisme. Otra vez.
Empleo todos mis esfuerzos y mi tiempo en reprimir mis impulsos. Adoro seccionar un costillar de cordero, o cercenar una pierna de cerdo, y ver la sangre resbalar lentamente por entre mis dedos hasta que forma una pequeña mancha en el puño de mi jersey. Trabajando es el único lugar donde encuentro una tranquilidad feroz y absoluta, mientras la ira cual yugo que llevo al cuello se afloja con cada golpe que da el cuchillo contra la carne inerte. Cada día trabajo más, el afán de rebanar me sosiega y salir de allí sólo me causa una cólera que puedo contener unas horas hasta que vuelvo feliz a reencontrarme con el olor a sangre y la carne animal.
La cuaresma es la época del año más tensa, especialmente al acercarse la Semana Santa. La carnicería está más vacía que nunca, y me paseo de un lado a otro, como animal enjaulado, sin trozos de carne que convertir en filetes. Hay días, como hoy, en los que creo que no seré capaz de controlarme y, cual bestia hambrienta, me lanzaré a la calle, con sed de venganza.
Y entonces, recuerdo. Recuerdo la sangre del señor Blas resbalando por el rellano del primer piso y también la estampa que había detrás de aquella puerta. El pobre anciano balbuceando estúpidas palabras sin sentido. Y aquel plato de lentejas, el último, el que no probó, esperando a su lado. Aquel día no hubo el aterrador gracias de rigor. Serás como tu padre. Y la cólera me obcecó.
Mato el tiempo como puedo. Mañana es Viernes Santo y la carne está prohibida. No sé si podré resistir la tentación.
12 garabatos:
Que escabroso por dios xD Por lo menos comparado con lo que nos tenias acostumbrados. Pobre señor Blas...
Ya veo que me has hecho caso y has puesto una foto tuya en el blog :D
Hay vocaciones que se llevan en la sangre ;)
Un relato bien tramado y con el sentido de humor negro que me gusta.
Estupendo relato!
Una de las claves de cuando eres pequeño claramente son las preguntas sin resolver, siempre se te quedan ahí esperando...
En cuanto a los títulos, no se se me ocurre alguno un tanto irreverente como "El cordero de Dios", o Whre is blas?, no se...
Saludos
El título tiene que ser conciso y desconcertante, ya sabes.. :)
Esperamos ansiosos el proximo..
me encanta cómo escribes
y este relato me ha seducido
muy bien llevada la trama y el sentido del humor...
un beso
Me ha gustado.
En cuanto al título, decirte que no está mal.
Evoca al tiempo previo de Cuaresma y la abstinencia de comer carne que la acompaña.
Y como no, el ayuno prescrito para ese día (y si no, simplemente la abstinencia antes referida).
¡Dónde se ponga un buen plato de lentejas! ;D
Un abrazo.
Los genios van de traje blanco, con gabardina de piel, las miradas pierden sentido al pie del abismo, escabroso pero cierto, amargo pero dulce como la miel, lirico poetico, ironico, pero real.
hola gracias por visitar mi blog. me gusta el tuyo.
muak, nos leemos.
Hola:
agradesco tu comentario, y si tienes razon, hay faltas de ortografia, y en ocaciones intento arreglarselas, pero no siempre se puede. cuando publique mis libros tuve un editor que me cuido los detalles. ahora mismo cuando pongo algo en el blog lo pongo como sale, y si a veces me equivoco, ni me percato hasta despues que lo leo. pero descuida intentare cuidar ese detalle pata ti.
saludo.
si sigues buscando título, te propongo la palabra que ha revoloteado por mi mente mientras avanzaba por el texto:
culpable
n a c o
notguilty
Como título, y para contradecirme te sugiero: "La extraordinaria aventura del hijo de un asesino que sabe que podría acabar adoptando las costumbres malsanas de su polémico y peligroso padre"
Describes muy bien y haces que el personaje (y por ende, el lector) vea el acto criminal del asesinato como un arte.
Gracias por pasarte por Scriptoria :)
Saludos
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